LIBRO RECOMENDADO: EMERGENCIA EDUCATIVA. Juventud…a pesar de todo… Manuel Araus

Esta vez me auto recomiendo. No porque me tenga en especial aprecio, sino porque me gustaría ofrecer este trabajo recopilatorio a todos los que de alguna manera estás siguiendo este blog. Un blog que nació con vocación de servicio a todos los nos sentimos de alguna manera vocacionados a ofrecer este servicio a los niños, a los jóvenes y a la sociedad.

He escrito un único manuscrito del que saldrán dos libros en ediciones Voz de los sin Voz, que es quien me ha animado a hacer este esfuerzo. El primero de ellos intenta tener una idea de los cambios que se están dando en las estructuras clásicas de socialización- educación en las que se desarrolla la vida de los jóvenes que, en algunas partes del mundo, nos llegan a la escuela obligatoria. Es una osadía querer abarcar un tema tan amplio, pero los actuales análisis e informes sobre la juventud o sobre la infancia, siendo en general muy buenos e interesantes, adolecen, a mi parecer, de ofrecer una perspectiva más global, más poliédrica. Lo que se pierde en «especialización», se gana (o eso espero) en cosmovisión general. Creo que lo digo claramente en el libro: cada persona (cada niño, cada joven) es un mundo, un ser único, irrepetible. Y, por lo tanto, no estamos determinados absolutamente por cualquiera de las circunstancias y experiencias que puedan describirse en él. Lo que si que estamos es muy influenciados y condicionados por ellas. Ya lo decía Ortega y Gasset en ese famoso aforismo: «Yo soy yo y mis circunstancias». Siendo el «yo» un principio de identidad de un ser, el ser humano, que es relacional- político, por naturaleza. Y siendo mis circunstancias algo no meramente externo ante lo que reaccionamos, al modo de un simple estímulo, sino algo que, desde el primer momento de nuestra concepción, forma parte de nuestra propia identidad.

Espero vuestra lectura, personal y si puede ser en grupo (aunque sea un grupo de dos o tres) pues mejor. Y espero vuestras colaboraciones. Porque estamos obligados a tener estos temas siempre actualizados en nuestro trabajo. Y aprovecho también este medio para mostrar mi más absoluto agradecimiento a todo y todos los que, en el transcurso de una vida asociada y llena de regalos, han hecho posible que me haya animado a realizar esta pequeña colaboración.

Os dejo con su introducción.

INTRODUCCIÓN

El material que tienes entre tus manos…

Hemos elaborado especialmente para esta editorial dos libros que giran en torno a un mismo hilo conductor: la emergencia educativa. Ambos están elaborados a partir de una larga trayectoria profesional, de cerca ya de cuarenta años, compartida en familia y en la asociación del Movimiento Cultural Cristiano. Un camino repleto de vivencias que se van reflexionando personal, familiar y colectivamente. A partir de ellas, presento los diversos textos que componen, de manera más o menos ordenada, este material. Un material poblado de rostros, de temores, de heridas, de sueños, de añoranzas, de angustias… pero sobre todo de esperanza, de una esperanza inquebrantable en que la verdad, el bien y la belleza tendrán la última palabra; de la esperanza en la capacidad que tiene el amor para transformar vidas y estructuras.

No son, por lo tanto, libros escritos del tirón, ni mucho menos. Son textos escritos a lo largo de por los menos los últimos cinco años, si no más. Cada uno de estos textos que lo componen son el fruto de momentos de estudios, o de pequeñas investigaciones y reflexiones que me han pedido hacer a mí mismo o en los que he colaborado con otros compañeros y amigos. También proceden de lecturas comentadas y dialogadas en grupo. En la mayoría de los casos se han expuesto en algún foro y han servido para contrastar las ideas, para trabajarlas en grupo, para completarlas o complementarlas. Ponerlos en primera persona sólo significa que me hago responsable enteramente de ellos.

Parece claro, en consecuencia, que no estamos ante el resultado de una investigación sistematizada en un departamento de la universidad o de un trabajo tutorizado por un profesor guía, al modo de los trabajos de fin de grado, máster, tesinas o tesis doctorales. No desprecio en absoluto dichos trabajos y, con mucha frecuencia, nos beneficiamos de ellos. Pero ni la profesión que sigo ejerciendo, ni mis compromisos diarios cotidianos me permiten un margen suficiente de tiempo intensivo para el estudio y la investigación en esos parámetros. Espero que eso no sea motivo suficiente para no leerlo. Aclaro también que en la mayoría de las ocasiones no he querido poner notas a pie de página, aunque algunas hay. Las referencias a libros y artículos están en el propio texto esperando así facilitar en todo lo posible la lectura.

Tengo además que decir que ha sido el periodo de confinamiento suministrado por el Covid19, y algún que otro encierro parcial en tiempo de no docencia, lo que me ha permitido ordenar, seleccionar material, meditar y rescribir o corregir lo que ya estaba escrito. El parón obligado me espoleó a sentarme a escribir más tiempo del que suelo tener para hacerlo. Esto no quita que este periodo fuera una especie de estado de shock al que siguió un carrusel de emociones, incertidumbres y sufrimientos. En medio de él, los profesores tuvimos que mantener los programas escolares y los ánimos de nuestros alumnos. Tuvimos que improvisar una respuesta creativa que salvaguardara el mandato administrativo y la descomposición de nuestra salud mental. De ese mal pude sacar, entre otros muchos, este bien.

¿Por qué “emergencia educativa”?

No podemos menos de interesarnos por la formación de las nuevas generaciones, por su capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, y por su salud, no sólo física sino también moral. Ahora bien, educar jamás ha sido fácil, y hoy parece cada vez más difícil. Lo saben bien los padres de familia, los profesores, los sacerdotes y todos los que tienen responsabilidades educativas directas. Por eso, se habla de una gran «emergencia educativa», confirmada por los fracasos en los que muy a menudo terminan nuestros esfuerzos por formar personas sólidas, capaces de colaborar con los demás y de dar un sentido a su vida

Benedicto XVI

La expresión “emergencia educativa” la he tomado prestada. Es una expresión que ha sido utilizada por no pocos autores para definir el momento actual desde una de las coordenadas más relevantes y significativas:  la cultural- educativa. Un momento que no dudo en calificar, tampoco esto es original, de cambio de época (que no de “época de cambios”).

“Emergencia” significa, según el diccionario R.A.E, situación de peligro o desastre que requiere de una acción inmediata. Es decir, se trata de una situación que no admite demora, de una situación que, en caso de no intervención, acabará en desastre, en destrucción no sólo material sino de vidas humanas.

“Educativa”, que va como adjetivo, especifica que la situación a la que nos referimos hay que encuadrarla en el campo de eso que llamamos “educación”.

Y aquí es dónde conviene hacer un esfuerzo de clarificación ya que dicho concepto está lleno de múltiples interpretaciones. No vamos a especular con él ahora, no teman los lectores clases magistrales a lo largo de este libro, pero si vamos a aclarar en qué sentido hablamos de ella.

En enero de 2008, Benedicto XVI se dirigió a su diócesis de Roma con una Carta en la que empleó esta expresión que ahora me sirve de línea argumental. Tomando en consideración no sólo este escrito, sino otros en los que Benedicto XVI se refiere a la educación, ésta vendría a consistir en proporcionar una formación que abarque todas las dimensiones de la persona: individual y social, intelectual, técnica, científica, moral y religiosa. La educación trata de ayudar a las nuevas generaciones de tal manera que se “permita a cada joven tomar confianza en sí mismo, esperar en el futuro, preocuparse de sus hermanos y hermanas y asumir su papel en el crecimiento de la nación, con un sentimiento cada vez más agudo de preocupación por el prójimo”. Educar es, en definitiva, generar el espacio, el ámbito, las condiciones, las relaciones y los procesos necesarios para que las personas puedan madurar, crecer, escuchar la voz de su conciencia, ejercer la vocación a la que han sido llamadas.

Educar no es ni primaria ni fundamentalmente la acción de “un sujeto”, depositario del saber y la tradición, de la cultura, sobre “otro sujeto”. Educar no es un verbo transitivo, que diría mi estimado José Luis Corzo Toral[i]. Ni aun cuando este primer sujeto “educador” fuera colectivo y estuviera institucionalizado. Educar alude a una intervención colectiva, basada en interrelaciones personales de donación y gratuidad. Cuenta para ello con medios específicos de transmisión y orientación que permiten que cada persona realice un camino, una trayectoria vital de experiencias reflexionadas que constituyen un proceso de humanización, de personalización, de desarrollo integral de su personalidad. Concibe, por tanto, una manera de entender la persona que estará incompleta, truncada, si no tiene como vector esencial en su desarrollo la responsabilidad con el mundo y con las personas con las que nos toca vivir. El culmen de la madurez se encuentra en el servicio al prójimo, en el servicio al bien común.

Así que cuando hablamos de “emergencia educativa”, hablamos del “fracaso” de la educación entendida en esta acepción que hemos expuesto. El fracaso en el proceso de humanización, de personalización comunitaria, solidaria. El fracaso en la construcción de personas “sólidas”, “capaces de colaborar con los demás y de dar un sentido a sus vidas”. Hablamos del fracaso de una organización social, política, económica y cultural que, lejos de construir personas así, las deconstruye y las utiliza reduciéndolas a individuos que compiten o negocian a impulsos de sus propios intereses, tanto más a salvo cuánto más medios tengan para ejercer su voluntad de poder. Una organización que incluso no duda en aniquilar o descartar aquellas vidas que no encajan en ella. En una cultura que no dudamos en calificar “de muerte”.

El trayecto que proponemos con su lectura.

El primero de los libros habla de los jóvenes y el segundo de la Escuela. Este es el orden en el que en principio proponemos la lectura de Emergencia Educativa.  Cada uno de estos dos libros tiene independencia, pero ambos se complementan. Aunque también es posible leer cada uno de los capítulos da cada uno de los libros por separado y tendrían en sí mismo sentido la mayoría de ellos.

En el primer libro abordamos, como decía, el análisis de la juventud. Partimos de un capítulo que presenta una especie de mapa en dónde se sitúan los diferentes factores que intervienen en la configuración de la personalidad de nuestros jóvenes. Se habla en él de los cambios que están teniendo lugar en los procesos de socialización (educación) tradicionales. Y se van dibujando los que consideramos que son los principales condicionantes, circunstancias, que están afectando a su proceso educativo.

A continuación aparece, casi como un listado, una serie de situaciones reales en las que transcurre la existencia de los jóvenes. Destacamos en ellas un elemento que ofrece lo que considero que es una clave de interpretación plausible para entender dicha situación: orfandad, explotación y esclavitud, migración, guerra y violencia, … En realidad, aunque se describen situaciones reales que afectan a las experiencias que fundamentan la vida de millones de jóvenes en el mundo, he querido poner de manifiesto un “signo”, un elemento que, en el fondo, en el sustrato de nuestro contexto educativo, está presente en todos y cada uno de nosotros, marcándonos a fuego, literal o -si se prefiere así para entendernos- metafóricamente. La orfandad, por ejemplo, es la condición literal de millones de jóvenes, que han perdido, la mayoría de las veces con violencia, a sus padres. Pero “la orfandad” es un rasgo que en general define muy bien a una juventud a la que se le ha abocado al individualismo, la competitividad y la soledad. Este mismo carácter, real y simbólico, tienen las demás situaciones presentadas. El resultado es una constelación que se presta, combinando situaciones, a presentar “mundos” de jóvenes en los que ellos se puedan reconocer.

Acaba este primer libro con el intento de procurarme un clima de cercanía que me permita decir cosas sencillas pero que me parecen cruciales. Se trata de unas Cartas. Una se dirige a los jóvenes que se hayan tomado interés por leer este libro. La otra a las familias que, presas muchas veces de la inconsciencia, la ingenuidad o el pánico, están padeciendo como nadie el destrozo de sus hijos. Hechas con el máximo cariño, desde las entrañas más que desde la cabeza. Pensando en destinatarios muy concretos, de carne y alma.

El segundo libro de Emergencia Educativa, que fue la razón por la que me sugirieron que hiciera esta recopilación de escritos, pertenece al ámbito en donde desarrollo mi actividad profesional, la escuela.  Un espacio tremendamente ambiguo también en cuanto a significados.

De un lado, lo aprendí sufriendo, no puedo perder de vista que estoy hablando de una institución clave en un sistema organizativo concreto. Y, por lo tanto, de un cauce jurídico dotado de una filosofía, unas metas, una organización y unos medios muy específicos para llevarlas a cabo. De otro, es ese espacio en dónde veo llegar todos los días a personas concretas, a niños, con sus familias. Niños con los que pasamos muchas veces más horas del día que sus propios padres. Niños que pasarán con nosotros un periodo medio mínimo de 5- 7 años (y a veces hasta 15 o 16 años), un periodo que va de su infancia (desde bebés en nuestro caso) hasta su adolescencia. Niños (y familias) con los que asumiremos responsabilidades y tareas que van mucho más allá de lo que, con todo, estamos obligados a dar. Niños (y familias) con las que estableceremos lazos, relaciones, que en algunos casos se mantendrán mucho más tiempo que el que estarán en la Escuela. Niños ante los que, también con todo, nos sentimos a todas luces impotentes para ofrecerles lo que realmente percibimos que necesitan física, intelectual, afectiva, moral, espiritualmente.

Por eso, la gran pregunta que atraviesa esa segunda parte es una pregunta que me he hecho y me hago muchas veces para no perder el rumbo: ¿Al servicio de quién está esta escuela y al servicio de quién debería estar? Trato de esbozar una respuesta a ambas preguntas. Y, sabiéndome en la contradicción más desasosegante y angustiosa, la que se produce entre la dinámica institucional y el compromiso personal (a veces incluso de todo un grupo de educadores), apuesto por no renunciar a nuestra responsabilidad en este espacio. Y lo hago a sabiendas de que es necesario construir otros espacios, a ser posible también con dinámica institucional, en dónde lo poco que pueda intuirse de humanizador desde nuestra trinchera (y lo llamo trinchera conscientemente), tenga una visibilidad, una continuidad, en otros “lugares” de vida en la verdad, en la belleza, en el bien común.

Libros incompletos

No. No se trata de libros completos y cerrados. Son, como toda obra que se hace sudando, en camino, arrancando el tiempo que siempre te pide la urgencia, inconcluso, imperfecto, abierto a revisión. Por eso me gustaría, para finalizar, y antes de empezar, que los leyeras como una pro-vocación, como una petición de auxilio, como una apelación, como una llamada… Y que, como lector personal o colectivo, dedicaras algún tiempo a dialogarlo con otros, a criticarlo, a compartirlo, a completarlo con notas y sugerencias.

No es necesario que lo hagas conmigo. Pero si lo haces conmigo, te propongo que me lo hagas saber a través del Blog “Educación para la Solidaridad” (El libro tendrá una entrada en él que admite comentarios). O incluso que te pongas en contacto con Ediciones Voz de los sin Voz, a través de Solidaridad.net. 

Manuel Araus.

Autor del libro y autor de este blog

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