ATENCIÓN, O LA CAPACIDAD DE RETORNAR A LO RELEVANTE

El libro de «La escuela no es un parque de atracciones», de Gregorio Luri, y que en este mismo blog hemos recomendado, tiene, entre otros muchos capítulos interesantísimos, uno dedicado a la atención. Me gustaría extraer del libro algunas de sus ideas, las que considero más relevantes, sin demasiados comentarios, ya que no los necesitan. Aunque voy a cambiar el orden en el que aparecen para que se manifieste con mayor claridad el contexto en el que el propio libro hace esta reflexión.

Comienza su reflexión definiendo eso a lo que llamamos atención: «voluntad conscientemente orientada a un objeto o un fin». Y afina aún más: «es la voluntad que conscientemente se abre paso entre los diversos estímulos que compiten por distraerla». Sitúa así al gran enemigo de la atención: la distracción, aquello que en cuanto se relaja la atención cobra interés y relevancia, saltando al primer plano.

Cabe, siguiendo el razonamiento, definir la atención como una capacidad que hay que ejercitar y fortalecer (puesto que la lucha requiere estar «en forma») para retornar a lo relevante cuando descubrimos que nos hemos «distraído» con lo irrelevante.

El siguiente paso resulta lógico. No podrá educarse la atención sin una conciencia clara, actuante, de lo que en determinadas circunstancias debe ser considerado relevante.

De cara a seguir profundizando en la atención el autor repara en la actividad lúdica, en el juego. Pero conviene aclarar en qué sentido. El «juego en la escuela» no es ni muchísimo menos algo nuevo. Cita el autor a Erasmo de Róterdam hablando de la bondad del mismo hace cinco siglos. Pero si aquí se habla de la importancia del juego no es especialmente por su carácter motivador. Luri siempre ha dejado claro que la principal misión de la escuela no consiste en motivar a los alumnos con lo que les interesa (actuar a demanda), sino, sobre todo, en hacer nacer en ellos intereses valiosos. Estos sólo aparecen y se descubren a través de los que denomina «conocimientos rigurosos» o «conocimientos poderosos». A ellos dedica toda la segunda parte del libro, que es dónde se sitúa esta reflexión sobre la atención. Los obsesionados con la innovación y con el que la escuela «guste» y sea motivadora suelen perder de vista que cuando actuamos «a gusto del consumidor o el cliente» (en este caso el alumno), nos convertimos en cómplices activos y legitimadores de los detentores de la educación del deseo. Y perdemos de vista que es precisamente el «deseo» la principal mina de esta nueva fase del capitalismo depredador en la que nos encontramos. Esto último no lo dice él, lo digo yo. Y lo decía un «educador» al que tengo especial adhesión: D. Lorenzo Milani, el displicente cura de Barbiana.

Lo dicho no quita importancia al juego sino induce a analizarlo porque en él se dan tres factores interconectados según estudia la psicología cognitiva y la neurociencia:

  1. El reto de una carga cognitiva esforzada pero asequible
  2. Que la intensidad del esfuerzo de atención es placentero
  3. Que no necesita ser motivado. La actividad lúdica es connatural al ser humano.

Como la atención está obligada a elegir lo relevante, debemos caer en la cuenta de algo que todo el mundo entiende a la primera: que lo que convertimos en un hábito requiere de nosotros menos atención y descarga, a nuestra limitada capacidad, de una «carga cognitiva» (de esto ya hemos hablado en otros artículos también). Es esta descarga la que permitirá dirigirla hacia un nuevo foco que requiera de mayor concentración. La palabra clave es hábito. El hábito, al descargar la memoria de trabajo, facilita una nueva acción con mucha mayor atención. Aunque también puede facilitar una distracción. El ejemplo más claro lo vemos en la evolución en los reflejos que percibe claramente el conductor experimentado. Lo que al principio de la conducción requiere un esfuerzo extenuante (porque hay que estar atento a multitud de acciones que aún no hemos automatizado), más adelante deja de suponerlo.

La atención está obligada a dirigirse, con ayuda de la voluntad razonablemente orientada, a aquello que requiera su focalización, y a evitar a su gran enemigo: la distracción.

La distracción tiene, seguimos con el capítulo, varias fuentes: externas, internas y cognitivas.

  • La externas tienen que ver con la gran variedad de estímulos que hay a nuestro alrededor. En este sentido, pretender centrarla «sobreestimulándola», no es muy razonable. Los niños trabajan mucho mejor en un entorno que no esté sobrecargado de estímulos.
  • Las internas tienen más que ver con el dinamismo de nuestra «vida interior». Y no nos cabe duda que hay mucha «vida interior» en muchas vidas calladas.
  • Las que hemos denominado distracciones cognitivas son aquellas que proceden de una «sobreinformación» inasimilable. Tendrá tanta carga cognitiva, resultará tan pesada e intensa, que provocará cansancio y distracción. Si lo que se «enseña» está tan fuera del alcance del que aprende que no hay manera de aprehenderlo, termina sin receptor alguno. Es necesario por ello que haya un constante feedback.

El autor ejemplifica todos y cada uno de estos supuestos, lo que nos ayuda a que la carga cognitiva que estoy metiendo con este artículo se le haga más llevadera al lector (leerle directamente es lo mejor) y termina ofreciéndonos valiosos consejos que nos pueden ayudar a reavivar la atención en una clase:

  1. Reducir los motivos evidentes de distracción externa: paredes no recargadas, «silencios».
  2. Secuenciar bien el contenido que damos. Para evitar la distracción cognitiva
  3. Feedback permanente con los alumnos.
  4. Aprender, ante cualquier propuesta de trabajo (problema, situación conflictiva, lectura, reto,…) a distinguir lo relevante de lo no relevante. Lo podemos denominar hábitos categoriales, o jerarquización de las ideas.
  5. Generar también hábitos procedimentales (como cuando aprendemos a conducir), que permitan automatismos que no «llenen» nuestro depósito de memoria de trabajo. Por ejemplo, el conocimiento de las tablas de multiplicar, las normas de ortografía, …
  6. Aprender también a captar lo «relevante» en las situaciones vitales en los que la convivencia nos pone. Por ejemplo, no podemos dar a todas las normas la misma importancia.
  7. (Seguro que tu mismo tienes muchos más consejos en este sentido que, con la lectura de este artículo, se te han venido a la cabeza. No te los quedes. Nos vienen bien a todos)

Autor: manuelaraus (con la inestimable ayuda del libro de Gregorio Luri)

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