La sobreprotección parental: una epidemia

«La protección hacia los hijos es un sentimiento instintivo, pero sobrepasar los límites provoca que los menores se sientan frustrados, tengan baja autoestima y sean dependientes». Esta es la tesis principal del artículo que hemos seleccionado en esta ocasión. Pero el problema, cuando estamos en contacto permanente con las familias, es de profundo calado. En el artículo se analizan algunas de las consecuencias. Pero evidentemente falta un diagnóstico y un análisis de causas. No se trata de un problema puntual que afecte a un sector poco significativo de familias. Se trata de un perfil cada vez más mayoritario y que no admite tampoco una única categoría de padres. Es decir, como siempre, hablamos de un problema complejo. Hay sobreprotección en familias de alto nivel económico y cultural. Y hay sobreprotección en familias de bajo nivel económico (muy bajo) y cultural. Y en ambos casos, la sobreprotección tiene tintes muy distintos. El hecho de que atraviese capas sociales tan dispares nos pone en alerta.

Cómo criar sin sobreproteger
El niño debe saber comunicar sus emociones, ya que ante la frustración será necesario poner palabras a lo que sienta.NoSystem images (Getty Images)

El niño- altar, el niño rey-sol, que acaba siendo un tirano, no siempre es un niño mimado que lo tiene todo. Y el todo incluye demasiadas veces sólo lo material. Pero en otras ocasiones va acompañado también de una sobreactuación afectiva que nada tiene que ver con «quererlo y protegerlo». Lo «afectivo» se ha convertido también en «producto» de marketing. Es curioso que padres tan escrupulosos en que sus hijos no «sufran» ningún tipo de contratiempos (a los que siempre denominan agresiones de los demás) sean incapaces de percibir el daño que hace su sobreprotección. Nunca he visto a las familias más quisquillosas en la denuncia del «trato» que hacen a sus hijos, poner medidas realmente efectivas ante, por ejemplo, el fracaso académico del que resultan informados. Como si «carecer» de conocimientos tan básicos como leer o escribir a los 10 años, lo que tiene muy poco que ver con que eso no se enseñe en la escuela, no fuera tan nocivo como recibir un «empujón» (posiblemente accidental) de un compañero. Pero no se trata de descargar de responsabilidad a unos para cargársela a ellos. Estoy también de acuerdo en que muchas familias carecen de las condiciones adecuadas para ofrecer lo necesario (deseable) para sus hijos. Existen muchos progenitores culpabilizados o inconscientes de sus vulnerabilidades, en gran medida víctimas de injusticias sociolaborales, muy contradictorios (diría que neuróticos) en el comportamiento hacia sus hijos. Y existe también un clima de relaciones sociales cada vez más violentas y competitivas. Y existe también una mentalidad «mercantilista» por la que las exigencias y los deberes con los que presionamos a los demás parecen proceder de derechos propios que no se corresponden con las exigencias y deberes que tenemos nosotros mismos. En fin, un tema complejo. Pero muy preocupante. Una familia que «sobreprotege» es el síntoma de una sociedad desconfiada, insegura, muy vulnerable, con escasa confianza también en si misma, dependiente, infantil,… Y eso, nos debería preocupar. (manuelaraus)

Educar y acompañar la infancia de los hijos resulta muy complejo y complicado en muchas ocasiones. Las familias tratan de hacerlo del mejor modo que saben y pueden, desde su enfoque de crianza, su experiencia personal de vida y su modo de ver la crianza, además de su situación personal, que también influye en todo ello. En un inicio, antes de ser padres, quizás creyeron en un modelo de educación concreto, pero de la teoría a la práctica existe un gran abismo, y una vez se está en situación el pensamiento dista mucho de la realidad que se lleva finalmente a cabo. La protección hacia los hijos es un sentimiento instintivo que nace de manera natural, mamífera, que permite al padre, a la madre, a la familia, querer, cuidar, amar y ofrecer lo mejor que tiene a su criatura. Pero, en ocasiones, esta protección se torna en sobreprotección, convirtiéndose en todo lo contrario a lo que se deseaba alcanzar con dicha protección en un inicio.

Proteger proporciona todo lo que el niño precisa para vivir en cuanto a necesidades y a derechos básicos como son la salud, el hogar, la educación, el bienestar social y emocional, etcétera. El menor tiene que tenerlas cubiertas para su adecuado desarrollo. A veces se confunde la protección con la sobreprotección, que añade otros factores tales como evitarle situaciones de frustración, hacer por él todo aquello que suponga su esfuerzo y un largo etcétera que puede resultar interminable si los progenitores no son capaces de detectar la delgada línea que separa ambos términos.

La sobreprotección lleva a criar menores con un patrón de conducta muy marcado. Existen tres aspectos que se pueden destacar:

  • La autonomía personal se ve totalmente afectada. Son niños que no saben tomar decisiones por sí mismos, dudan de sus capacidades y necesitan de aprobación continua por parte de su entorno.
  • Falta de autoestima. Al no saber hacer por sí mismos aquellas tareas de la vida diaria, se sienten poco válidos, sienten que su sentido de pertenencia no es el adecuado, ya que no se sienten útiles ni funcionales en su entorno familiar o social. Esto hace que la confianza en sí mismos se vea afectada, y sientan que no son suficiente.
  • Baja tolerancia a la frustración. Al verse ante situaciones cotidianas de frustración, no saben reaccionar, gestionar y acompañar sus emociones y canalizarlas en buscar soluciones. Tienen baja exposición a la frustración y, por lo tanto, baja capacidad de resolución de conflictos.

¿Cómo se puede educar sin sobreproteger?

  1. Confianza en su capacidad. Es necesario e imprescindible darle libertad en sus elecciones, que desde que tenga 2 o 3 años aprenda a tomar decisiones de su día a día, tales como qué ropa va a llevar para dar un paseo o qué fruta va a tomar de postre. Las pequeñas decisiones que tome harán que adquiera dicha capacidad para poder ir generalizándola a lo largo de su vida.
  2. Favorecer la autonomía personal. Es importante acompañar al niño en sus aprendizajes a la vez que se le ofrece la confianza y la capacidad para realizar algo; es decir, necesita sentir que están junto a él del mismo modo que necesita que le alienten a alcanzar nuevos objetivos, creyendo en él y en sus capacidades. El ser humano es un ser social, pero también debe aprender a ser independiente y autónomo.
  3. Validar las emociones. Hablar de las emociones es básico y necesario para el ser humano en cualquier etapa. El menor necesita adquirir vocabulario emocional desde que comienza a comunicarse, ya que en momentos de frustración será necesario poner palabras a lo que sienta, verbalizar y expresar aquello que le suceda, a la vez que adquiera herramientas y estrategias de gestión y acompañamiento emocional para poder expresar sus emociones de manera funcional y adecuada.
  4. El error como parte del aprendizaje. Tratar de evitar la frustración a los hijos, creyendo que así serán más felices, cobijándoles bajo las alas de papá y mamá, los convierte en seres humanos que no se han expuesto nunca a los retos, al conflicto o a una negativa y, por lo tanto, no tienen capacidad de resolución ni búsqueda de respuestas ante situaciones de este tipo. Aprender del error es parte del aprendizaje y, por ello, del éxito.
  5. Los hijos no nos pertenecen. En algún momento tendrán que salir del nido y aprender a volar solos, y la sobreprotección no les prepara para la vida adulta, sino que les hace dependientes, genera inseguridad, baja autoconfianza y daña su autoconcepto.

Es evidente que el menor necesita de protección a lo largo de su infancia. Pero esta nunca debe ser excesiva, ya que si se sobreprotege los padres estarán exponiéndole a estar desprotegido durante su vida adulta. Esta protección debe ser sana, que le proporcione un vínculo de apego seguro hacia su familia, donde este acompañamiento le genere las raíces que necesita para poder volar cuando se sienta preparado, con el apoyo de quienes le aman de manera incondicional.

Alejandra Melús Matarredona es maestra de Educación Especial por la Universidad La Salle (UAM) y experta en Atención Temprana e Intervención Psicomotriz por el Centro Psicopraxis de Madrid

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