NEVE SHALOM. UNA ESCUELA PARA LA PAZ

Una aldea muy particular en Israel, donde se promueve la convivencia pacífica entre árabes y judíos israelíes.

 

Nevé Shalom ~ Wahat al-Salam (נְוֵה שָׁלוֹם‎ – واحة السلام‎, “Oasis de Paz”) es una aldea comunitaria en Israel establecida conjuntamente por ciudadanos israelíes judíos y árabes, cuyo cometido es educar para la tolerancia, la igualdad y el entendimiento y ofrecer un modelo de convivencia y pluralismo entre ambos pueblos.

Localizada en pleno centro geográfico de Israel, a mitad de camino entre Jerusalén y Tel Aviv, cuenta con una población de 50 familias que totalizan unas 200 personas, y en su lista de espera aguardan otras 300. Su nombre proviene de un pasaje del Libro del profeta Isaías (“Mi pueblo morará en un oasis de paz” – Isaías 32:18) y fue fundada a comienzos de 1970 por Wellesley Aron, abuelo del cantante David Broza, Bruno Hussar, sacerdote dominico egipcio de origen judío, y Anne Le Meignen.

La aldea alberga diversas instituciones educativas, entre las que destaca una escuela primaria multicultural y bilingüe, fundada en 1984 como la primera en su tipo en todo el país. En sus aulas, en las que estudian pequeños de Nevé Shalom y de toda la zona, la docencia es ejercida por maestras árabes y judías, cada cual en su respectiva lengua madre, en tanto los niños aprenden en conjunto las costumbres y festividades de sendos pueblos.
Además, desde 1979 funciona en la aldea la Escuela para la Paz, un centro educativo que ofrece talleres, seminarios y cursos de los que participaron más de 45.000 adolescentes y adultos. El Centro Pluralista Espiritual pretende por su parte fomentar la reflexión espiritual sobre el conflicto en Oriente Medio, y bregar por su solución pacífica y consensuada. El padre Bruno Hussar condensaba así su ideario: “La fe en la victoria del amor por sobre el encono, es el objetivo último y más profundo de Nevé Shalom.”

Neve Shalom, el milagro de la convivencia entre israelíes y palestinos

25.05.2011 · Carmen Rengel
Fuente: periodismohumano.com/

Existe un pequeño reducto donde sus habitantes decidieron llevar la contra al mundo: se llama Neve Shalom, en hebreo, o Wahat al-Salam, en árabe, “oasis de paz”, en cualquier caso.

Esta villa diminuta es el ejemplo de que, en la práctica, la convivencia es posible, de que la igualdad y el respeto no son inalcanzables. Un sueño hecho realidad.

La posibilidad de un único estado democrático y binacional para israelíes y palestinos ya nunca se pone sobre la mesa de negociación. Nadie se atreve. Los pocos que la defienden reciben el calificativo de cándidos, locos, idealistas. Los pensadores que un día lo defendieron en los tiempos de la partición, allá por 1948, están tan muertos y enterrados como sus propuestas, 63 años y varias guerras después. Apenas en las reediciones de Edward Said, que lo dejó escrito para la posteridad, puede aún encontrarse la encendida defensa de un país único para todos. Pero hay un pequeño reducto, en mitad de los campos de Latrún, donde sus habitantes decidieron llevar la contra al mundo: se llama Neve Shalom, en hebreo, o Wahat al-Salam, en árabe, “oasis de paz”, en cualquier caso. Esta villa diminuta es el ejemplo de que, en la práctica, la convivencia es posible, de que la igualdad y el respeto no son inalcanzables. Un sueño hecho realidad.

 

Neve Shalom se enclava en el centro de Israel, a mitad de camino entre Jerusalén y Tel Aviv, en una pequeña colona rodeada de olivares, tomateras y arroyos. El padre Bruno Hussar, un monje dominico de origen egipcio, tenía el empeño de crear un espacio en el que la distinción religiosa y política no existiera, así que no se lo pensó cuando, a principios de la década de los 70 del pasado siglo, recibió un puñado de tierras del cercano monasterio de Latrún. La villa se hizo realidad. Sólo un puñado de comerciantes beduinos vivían entonces en los alrededores. Hoy el pueblo tiene 140 casas -rodeadas de flores, parterres, columpios-, en las que viven permanentemente 50 familias, la mitad judías, la mitad árabes. Abdessalam Najjar, responsable de la oficina de comunicación de la villa, explica que todos aceptan los preceptos esenciales de la convivencia: “aceptación mutua, respeto y cooperación”. No hay adscripciones políticas, no hay partidismo, no hay roces. La gente que vive aquí quiere vivir aquí, quiere vivir así. Él mismo llegó hace 32 años “sin un motivo claro, pero con una fuerte certeza”: “Mi interior me decía que era mi lugar en el mundo”, resume.

Un grupo de alumnos expone su trabajo en un aula del colegio.

Un grupo de alumnos expone sutrabajo en un aula del colegio.
En Neve Shalom cada cual trabaja en lo que puede, como en cualquier otra ciudad: hay agricultores, herreros, maestros… Algunos trabajan en la villa, otros salen a los pueblos cercanos. El mayor foco de empleo -a excepción del hotel levantado en la entrada, una especie de rincón rural sumergido entre árboles- es el buque insignia de la villa: el colegio. Es el símbolo de su filosofía acogedora, el lugar en el que los niños, desde la base, comienzan a aprender que la diversidad es riqueza, que el conocimiento del otro es esencial para la vida en paz. El colegio abrió en 1984, cuando surgió la necesidad de formar a los hijos de los primeros pobladores. El primer año apenas tuvo una docena de alumnos en aquel parque de juegos, pero hoy hay más de 250, repartidos por cada uno de los 12 niveles de la educación obligatoria israelí.
Con los años, aquella sala donde se cuidaban niños se convirtió en jardín de infancia homologado y en escuela primaria oficial, “porque la educación es la base de la convivencia”, explica el portavoz. Casi el 90% de estos estudiantes, confirma Najjar, vienen cada día desde comunidades cercanas a Neve Shalom. Como en el caso de los pobladores, el censo de alumnos se reparte casi en un 50%-50% entre judíos y árabes. Cada familia paga entre 500 y 600 NIS al año (unos 120 euros) por la matrícula del chaval.

Una niña judía y dos amigas árabes juegan en el patio del centro escolar.

Una niña judía y dos amigas árabesjuegan en el patio del centro escolar.
Hay otros centros en Israel en los que, por vecindad, algunos niños árabes comparten aulas con niños judíos, pero son casos excepcionales, dado el grado de concentración y aislamiento de las poblaciones palestinas. “Las escuelas en otros lugares son como güetos”, reconoce Anwar Dawod, el director de la escuela, en la que lleva trabajando 22 años. Aquí ese roce -roce bueno- es constante, y además viene acompañado por el gran valor añadido de este centro, único en el país: la obligatoriedad de estudiar en los dos idiomas reconocidos como oficiales en Israel, el hebreo y el árabe, desde el primer curso. En los demás centros educativos israelíes, el árabe está relegado a unas cuantas horas en cursos superiores, al nivel del inglés. Aquí no: “comenzamos a aplicar el programa bilingüe desde la guardería, con lo que los niños aprenden de forma natural, tengan luego el refuerzo que tengan por el origen de sus familias”, explica Dawod. Los profesores árabes hablan exclusivamente en árabe para todos los alumbos y los judíos, exclusivamente en hebreo. En todas las aulas debe haber maestros de ambas comunidades para garantizar un aprendizaje equilibrado. Si no pueden estar dos personas todas las horas, al menos sí debe haber esta doble presencia durante la mitad de las horas lectivas, abunda Reem Nashef, una profesora palestina de Quinto grado; su compañera de aula, la docente judía Hadas Harel, acaba de salir precisamente para hacer un refuerzo en la clase de al lado. Nashef reconoce que, pese a los intentos de avanzar con la misma intensidad en ambos idiomas, el árabe siempre queda “algo relegado”. “Todos los profesores y alumnos árabes saben hebreo, porque es el idioma total de Israel, en el que se escriben los textos oficiales, el que se usa en la televisión y en los periódicos, en la calle… Así que los palestinos somos bilingües completamente. Sin embargo, no ocurre a la inversa. El árabe se ha mantenido en los hogares de los árabes pero no en la sociedad en general. En nuestro colegio, el 80% de los maestros judíos entienden a los alumnos si les preguntan algo en árabe, pero sólo el 1% lo habla con fluidez”, lamenta.

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