Babel está en Salamanca. (Experiencia del Colegio de la Inmaculada en Armenteros)

Ha muerto Juan Trujillano. Se entregó hasta la extenuación a la dignificación de los menores abandonados que nadie quería en sus Centros de Menores.  Vaya como homenaje este artículo en dónde se narra el fruto de su amor de predilección. 

En el pueblo salmantino de Armenteros se encuentra el colegio La Inmaculada, una peculiar torre de Babel donde viven y estudian 800 menores de 30 nacionalidades distintas. La mayoría quedaría excluida de la educación si no existiera este centro, al que el padre Juan ha dedicado toda su vida y su patrimonio.

 
Hay que recorrer kilómetros de intrincadas curvas y precario asfalto para alcanzar un páramo a unos 60 kilómetros de Salamanca, a los pies de la sierra de Gredos.
Allí, atravesando un pequeño pueblo llamado Armenteros, el visitante se topa con un inesperado espectáculo: una comunidad de cerca de 800 chicos de todas las nacionalidades y colores de piel. Los hay vallisoletanos, salmantinos o extremeños, pero también guineanos, colombianos, de Mali, Senegal, Honduras o Bulgaria… por citar solo algunos de los lugares de origen de los estudiantes del colegio La Inmaculada, donde el 70 por ciento de ellos es de origen extranjero. Una institución puesta en marcha hace más de 50 años por el padre Juan Trujillano, al que todos se refieren con un escueto y categórico «don Juan». Desde entonces han pasado por aquí más de 50.000 pequeños que han logrado algo que, de otra manera, les estaba vetado: una educación. Pero también mucho más: una cama para aquellos -la mayoría- que duermen en el centro, un plato caliente siempre en la mesa, una inmensa familia -con los roces inevitables de la convivencia-, unos profesores que son también padres y consejeros y que se turnan para que siempre haya adultos en las residencias donde duermen los estudiantes…

Don Juan, nacido en 1928, se pasea por los pasillos de La Inmaculada con su perenne sotana aderezada con un eterno gorro de astracán repartiendo halagos a unos y reprimendas a quien sobrepasa los límites. Alguno de los más pequeños se acerca a él y le da un gran abrazo; mientras los más mayores recorren el pasillo con la soltura que solo confiere la adolescencia. «Yo domino a todos los muchachos porque los quiero», resume quien puso todo esto en marcha. «Dentro de los muchos problemas que hay aquí -explica, enérgico, a sus 83 años-, el menor de todos es que haya muchas nacionalidades. El amor surge entre blancos y negros, eso da igual. El problema es que muchos de estos chavales no entienden que tienen que luchar por conseguir muchas cosas». Habla, ahora, don Juan en mitad del aula y la frase es en realidad un mensaje dirigido a los estudiantes. No en vano una de sus frases más repetidas, que ha tomado prestada de Kennedy, reza: «La inteligencia humana es nuestro principal recurso». Y a ella, a la inteligencia alimentada a través de la educación de los condenados a la exclusión, ha consagrado el padre Trujillano su vida y su patrimonio. Esta gran torre de Babel necesita para funcionar 600.000 euros anuales, muchos más fondos de los que recibe de parte del Estado -es un colegio concertado- y de los familiares de los pequeños que pueden permitirse pagar un monto mensual: aquí, no se dice a nadie que no. El que puede paga; el que no puede estudia, come y duerme en igualdad de condiciones. Que los pequeños llegados en cayuco a las Canarias no tienen dónde acudir, ahí están los responsables del centro ofreciendo su ayuda, que se traduce en cama, comida, educación y afecto. Que hay un seísmo como el que sacudió la localidad murciana de Lorca en mayo de este año, se ofrecen 100 plazas para que sus pequeños sigan estudiando mientras se recomponen las escuelas afectadas. Que alguien oye hablar del centro y reclama su ayuda, será escuchado y atendido. Pequeños y mayores.
«Aunque yo no estudié aquí, lo conocí de pequeño. Vinieron a estudiar algunos chicos de mi pueblo, Lumbrales, a unos 15 kilómetros», explica Jesús Herrero, que lleva nueve años en el centro y hoy es su jefe de estudios. «Pero me imaginaba otra cosa completamente distinta, algo así como un reformatorio. Luego he visto que es todo lo contrario: un centro con chicos y chicas que llegan con muchos problemas y necesitan una atención personalizada». Jesús describe la batalla diaria a la que se enfrentan los 50 profesores que dan clase en el centro: pequeños con mucho desfase curricular, con problemas de escritura, que incluso a menudo llegan sin hablar castellano… A base de tesón, clases de refuerzo y disciplina, los pequeños viven, crecen y estudian en el colegio La Inmaculada. Muchos llegan a la universidad -tienen un convenio con la Universidad de Salamanca-, otros optan por la formación profesional: técnico en electromecánica de vehículos, técnico en gestión administrativa… Hasta cuatro edificios destinados a las aulas ocupan las 18 hectáreas del recinto, junto con siete comedores, las instalaciones deportivas, los dormitorios plagados de literas donde duermen los internados… Armenteros fue el primer destino del padre Juan tras salir del seminario de Ávila. Todo empezó de manera improvisada, en los años 50, dando clases a los hijos de los lugareños en la diócesis o en casas alquiladas y contando con la colaboración desinteresada de algunos profesionales del lugar, a los que convenció para cambiar la tertulia en el bar tras el trabajo por las clases a los pequeños sin posibilidades de recibir otra educación. Poco a poco fue creciendo hasta convertirse en el vasto proyecto que es hoy.
Para los estudiantes, la jornada empieza a las 7:30 de la mañana. Desde esa hora y hasta las 9 que desayunan se dedican al aseo personal y a la limpieza de sus dormitorios. Ellos mismos barren y hacen las camas en unas habitaciones donde las maletas, algunas banderas y otros adornos recuerdan que la gran mayoría viene desde lejos, muy lejos, y en muchos casos pasan aquí los años escolares sin ser capaces de reunir el dinero necesario para pagar un billete de avión a su país de origen. Otros tienen más suerte y tienen a los suyos trabajando en Madrid, Salamanca, Toledo o Barcelona. Se encontrarán ahora recién `aterrizados´ en Armenteros tras pasar las fiestas navideñas con sus familiares. Este es el caso de Teodora, una joven búlgara de 15 años cuyo padre vive en Burgos. Lleva en España dos años y en el centro, solo cuatro meses -muchos de los chicos que pueblan sus aulas llevan ya varios años en el colegio-. Habla con una sorprendente madurez para su edad y se muestra dispuesta a aprovechar «una oportunidad que no tiene cualquiera. Hay muchos que quieren estudiar y no pueden».
Hablando con el propio padre Juan, así como con algunos de los 100 trabajadores del centro (al medio centenar de profesores hay que sumar una decena de cocineras, personal de administración, mantenimiento…), se palpa el miedo ante el futuro incierto de la institución. ¿Qué pasará en los próximos años? ¿Qué ocurrirá cuando el propio don Juan no esté? Él recalca que es la persona menos importante del lugar -«lo que importa son los pequeños»-, pero comparte con el resto la preocupación por esta excepcional comunidad. Entre tanto hay ya quien se ha empeñado en dejar todo registrado en un documental que empezó a andar hace unos meses y se encuentra recaudando fondos. Los responsables, entre ellos, el hijo de una antigua alumna, han creado un concurso para definir el título del documental a través de Facebook y de las páginas web 700fotogramas.com y elretodelpadrejuan.com. Sirvan algunas de las propuestas para cerrar este artículo: El reto del padre JuanUn ángel en ArmenterosPupitres sin fronterasArmenteros, el hogar soñado;Fotogramas de esperanza
CARLOS LUJÁN. Artículo publicado en el suplemento xl semanal del abc

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