Testimonio de la niña Nadia Ghulam

Bajo el turbante
las historias más grandes, duras e impactantes no las cuentan los grandes escritores. Las cuentan sus protagonistas, las personas que las han vivido. 

Es una persona extraordinaria. De los 10 a los 20 años se hizo pasar por chico para poder trabajar en el Kabul de los talibanes: así mantuvo a su familia. Nada es imposible para ella. Lleva aquí cuatro años y ya habla castellano, catalán e inglés, y adora a su familia catalana (Josep, Maria y Marta, su nueva hermana). El secreto de mi turbante cuenta la historia real de Nadia, una chica afgana que fue alcanzada por una bomba en su país natal y, tras la muerte de su hermano, tuvo que vestirse de hombre para poder subsistir en un país dónde sólo los hombres pueden trabajar fuera de casa. No se trata de un testimonio más sobre la opresión femenina en Afganistán, sino que ésta es la historia de una mujer singular que tiene que entrar en la piel de un hombre para sobrevivir, con todas las dificultades sociales y, sobre todo, personales que esta decisión comporta.

Entrevista a Nadia Ghulam, una mujer nacida en Afganistán que tuvo que hacerse pasar por su hermano fallecido Zelmai para poder trabajar y alimentar a su madre y a sus dos hermanas pequeñas. Los talibanes habían prohibido que las mujeres salieran solas de sus casas. Nadia viajó a España invitada para curarle varias heridas, y ya lleva cuatro años aquí. Junto a una amiga periodista, Agnès Rotger, ha escrito un libro sobre su vida en Afganistán, El secreto de mi turbante .

“Me decidí a escribir la novela porque muchos jóvenes se rinden ante los problemas, pero yo siempre luché por mi libertad y mis estudios’, ha añadido Ghulam.”

Fue en 1993, cuando el mundo feliz de Nadia saltó por los aires. Una bomba destruyó su casa y le alcanzó a ella de lleno. Pasó seis meses en coma en un hospital de Kabul. Apenas recuperada, con el rostro deformado por las quemaduras y las heridas todavía abiertas, tuvo que dejar el hospital y ponerse a salvo, con el resto de su familia, de una guerra que hacia estragos por todas partes. No había dónde refugiarse ni qué comer. Su madre y ella peregrinaron como fantasmas por la ciudad en ruinas, mientras sus dos hermanas pequeñas quedaban a cargo de una tía. Su padre y el hermano mayor, Zelmai, estuvieron perdidos mucho tiempo en el caos infernal de Kabul. Un día, su hermano salió a la calle en busca de comida y no regresó nunca. Un amigo les dijo que había sido asesinado por uno de los señores de la guerra. Su padre enloqueció.


El triunfo de los talibanes, en 1996, fue un golpe más en una sucesión de desastres. Las mujeres vieron mutilada su identidad de personas. Se les obligó a cubrirse con el burka, se les impidió trabajar y salir a la calle sin la compañía de un hombre. Como consecuencia de estas leyes, muchas afganas murieron de hambre, solas y abandonadas.

Con el padre perturbado y el hermano muerto, no había futuro tampoco para Nadia, para su madre ni para sus hermanas. Entonces, con solo 11 años, tomó una decisión asombrosa: convertirse en un hombre. Enterrar a Nadia bajo capas de ropa masculina y convertirse en Zelmai, el hermano muerto. Lo pensó mientras convalecía de una nueva operación en el hospital de Jalalabad, atendido por médicos alemanes bajo la protección de la Media Luna Roja. Su madre opuso mucha resistencia, pero al final se rindió. Y Nadia se vistió ropas viejas de campesino y se cubrió la cabeza quemada con un turbante. Así pudo trabajar y evitar que su familia muriera de hambre.

En el Kabul destruido por la guerra y aterrorizado por los talibanes, trabajó como un campesino, cuidó del ganado, excavó pozos y recogió excrementos humanos en el vecindario para utilizar como abono. 

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Esas heridas… La bomba cayó en mi casa, quedé sepultada, quemada y con el cráneo abierto… Pasé seis meses en coma.

¿Qué edad tenía? 

Nueve años. Mi madre estuvo a mi lado, convencida de que sobreviviría: ella curó con emplastos de hierbas mis heridas del resto del cuerpo, a escondidas de los médicos.


¿Y el resto de la familia?

A mi hermano mayor, con 14 años, le mataron después, de un tiro en la calle. Mi padre, funcionario, se trastornó. A mis dos hermanas menores y mi madre no les pasó nada.

¿Cómo era su vida antes de la bomba? 

Muy feliz: juegos, escuela, televisión, amistades, reuniones, fiestas, bienestar…

¿Quién lanzó la bomba? ¿Quién mató a su hermano?

Yo lo sé, pero no se lo diré. Porque ellos siguen allí y tienen poder, ¿sabe? Fue durante las luchas entre los señores de la guerra…

Los muyahidines que vencieron a los soviéticos… 

Luego pelearon entre ellos por el poder, convirtiendo la vida en Kabul en un infierno: caos, violencia, bombas, violaciones…

¿Cuánto duró aquello? 

Cuando salí del coma, los talibanes habían impuesto su ley y orden. Me alegré: ya no había bombas ni sangre por las calles, y había paz. No libertad, pero sí paz.

Con montones de prohibiciones.

Sí: prohibido afeitarse, prohibida la música, el baile, las presentadoras de televisión, las novelas, el cine… Las mujeres sólo podían salir a la calle tapadas con burka.

¿Qué hizo usted al salir del coma? 
Sin casa, con mi padre trastornado, mis hermanas muy pequeñas y mi madre sin haber trabajado jamás fuera de casa…, vi que sólo yo podía sostener a mi familia.
¿Usted? ¿Con 10 años? 
Sí. Nadie daba trabajo a una chica, así que decidí hacerme pasar por chico: me vestí con un turbante, camisa, pantalón…
¿Y su madre qué dijo? 
Sufría, pero aceptó: ¡era nuestra única oportunidad de sobrevivir sin pedir nada a nadie! Ella siempre me había enseñado que somos capaces de todo si nos lo proponemos.
¿Qué trabajos consiguió hacer usted? 
Fui hortelana en huertos y albañil en obras, reparé bicicletas en un taller, crié palomas y otros animales, fui aprendiz de mulá, di clases de Corán a niños… Cada día conseguía llevar comida a casa. Era duro, pero yo estaba muy contenta por ver que lograba sobrevivir con mi familia.
¿Nadie sospechó de su travestismo? 
Lo hice bien: aprendí a comportarme como un chico, a bromear como mis amigos… Si veía a mis hermanas en la calle, gritaba: “¡Vosotras, a casa!”. Y mis amigos me decían: “No seas tan rígido con ellas, hombre”, ja, ja…* Actuaba como todo un mozo talibán… Ahora, con democracia, pasa lo mismo…
¿Se enamoró de usted alguna chica? 
Dos veces se me declararon. Las esquivé diciéndoles que no era el momento, que tenía que trabajar… Se quedaron muy tristes.
¿Y sus amigos? ¿Cómo ligaban? 
Hay miradas, piropos… Ellos me pedían que les dijera cosas a las chicas para ligar, admirados por mi atrevimiento: a mí no me daba corte. ¡Era muy popular entre mis colegas!
¿Y no deseaba vivir como mujer?
No, porque ser hombre da ventajas, pero sí me desesperaba viendo que no podría hacer lo que me gustaba: estudiar, estudiar…
¿Hasta dónde llegó su desesperación? 
Llegué a entender que un chico acepte morir atado a una bomba si con eso le garantizan que a su familia no le faltará de nada…
¿Hasta ese punto hubiera llegado?
Sí, porque yo estaba muy asustada viendo que a todos mis amigos les crecía bigote y barba…, y a mí no. ¿Cuánto tiempo más podría fingir sin que me descubrieran…? ¿Y qué sería luego de mi familia? Temblaba sólo de pensarlo…
¿Cómo salió de Afganistán para venir a Barcelona?
A los 20 años conocí allí a una periodista catalana, Mònica Bernabé, que me ayudó a venir a Barcelona para hacerme unas operaciones de mis heridas en el hospital Clínic.
¿Qué fue lo que más le chocó al llegar a Barcelona? 
Ver a chicas yendo en bicicleta por la calle. ¡Qué sorpresa! Y ver que las mujeres hacen aquí lo que les apetece, y poder caminar tranquilamente como mujer…
¿Le cuesta ser mujer aquí, ahora? 
Llevo ya cuatro años aquí, pero aún me cuesta ponerme falda… Y me encanta ver bailar a la gente. A mí me cuesta.
¿Qué añora más de su país?
El aire, los amigos, la familia, platos como el qabeli, a base de arroz, zanahoria, pistachos y pasas…
¿Y qué hace ahora aquí?
Me acoge la familia Soler Amigó, mi familia catalana, que son mis ángeles… Y estudio y trabajo para ayudar a mi familia de allí. Está bien allí, y me alegra poder ayudarla desde aquí. ¡Yo he tenido mucha suerte!
¿Cómo se plantea su futuro?
Me gustaría ayudar a mi país, colaborar con oenegés para que sean más eficaces sobre el terreno, ser útil a la gente, y conseguir que a mi familia no le falte de nada.
¿Qué le diría usted a un ni-ni que lea esta entrevista?
Aprovecha ahora para hacer algo, porque no te durarán siempre tus padres ni la ayuda del gobierno. ¡Ah, y nada es imposible!

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