¿Jovenes “conectados” o “enredados”?

Mi amigo y educador Oscar Arcera, con el que tuve el privilegio de compartir la experiencia educativa de la Casa Escuela Iqbal Masih (él como el coordinador y responsable y yo como pequeño colaborador), nos hace una reflexión imprescindible para los tiempos que corren en dónde el debate sobre la “bondad” o la “maldad” de las redes sociales en relación a los jóvenes está al orden del día. 

Habla pues desde la experiencia. Es decir, desde el conocimiento vital REFLEXIONADO, compartido con otros, ampliado con la reflexión de otros. Se trata por tanto de una documentos de consulta, no de una mera entrada de lectura rápida. Ya sabéis que aquí no estamos para ofrecer “recetas” de consumo educativo rápido, sino para fomentar una acción reflexiva liberadora de las condiciones que nos imponen para ser meros instrumentos de una sociedad excluyente y clasista. Muchas gracias Oscar por este trabajo que sé que consideras imperfecto e incompleto. Como todos. Como siempre. Abierto al diálogo.

Introducción

Marco: Voy a intentar abordar un tema complejo y muy amplio, con muchas caras, y que no se manifiesta con la misma intensidad a nivel mundial. Evidentemente de lo que vamos a hablar está muy marcado por lo que conocemos como brecha digital, esa brecha que separa a los países enriquecidos de los empobrecidos. Me voy a referir a datos de informes y análisis sobre la relación entre jóvenes y redes y nuevas tecnologías aquí en España. Creo que es de gran interés conocer cómo se comportan los jóvenes que conviven a diario con nosotros en estos nuevos ámbitos de aprendizaje, cómo estos nuevos ámbitos nos reconfiguran, nos transforman hasta lo más íntimo de nuestro ser.

Hace 25 años más o menos, salía por primera vez al extranjero. Mi madre se comunicaba conmigo mediante conferencia a cobro revertido. Ya teníamos teléfono en casa, pero si hubiese ido 4 o 5 años antes, tendría que haber bajado hasta la telefonista a que la conectase una conferencia en una cabina… Con los amigos que hice durante aquella estancia de un mes, estuve manteniendo correo postal durante un par de años…

Este curso pasado, mi sobrino, 25 años después, ha pasado un año como Erasmus en Brasil. Se comunicaba prácticamente a diario con mi hermano por videoconferencia gratuita a través del Smartphone con Skype, y por mensajería a través de Whatsapp.

Esto es lo que vamos a tratar de analizar:los profundos cambios sociales provocados, entre otros factores por los acelerados cambios tecnológicos.

¿Estamos…? ¿Están los jóvenes conectados, comunicados, realmente en red? Una red que es un tejido que une hilos individuales o individualidades. ¿Están los jóvenes, estamos todos, en esa red que busca por definición acortar distancias? O por el contrario estamos enredados en una red que nos captura y nos impide movernos con libertad, que nos atrapa, que nos seduce…

Entre el nativo digital y el pánico moral. Las mediaciones tecnológicas

Los jóvenes usan los ordenadores, los teléfonos móviles y otras tecnologías de información y comunicación (TIC) para hacer las mismas cosas que hacían sin ellas en otros tiempos: charlar con amigos, quedar, informarse, ligar, coordinar las actividades cotidianas, felicitar, solicitar y ofrecer ayuda, chismorrear, propagar rumores, acosar, jugar, leer, escuchar música, consumir pornografía, etc. Pero al participar estos dispositivos digitales en esas acciones, cambian las maneras, los tiempos, los espacios, los gestos, los significados, las percepciones, los sentimientos,… 

Las mediaciones tecnológicas de las relaciones personales contemporáneas ofrecen una multiplicidad de formas y formatos: WhatsApps, foros, correos electrónicos, posts, páginas de contactos, redes sociales, blogs, microblogs y demás medios sociales, desde Tuenti hasta Flickr o Youtube, donde se comparten textos, mensajes, sonidos, fotos y vídeos. Se caracterizan por la adopción, omnipresencia y ubicuidad. Su amplia difusión, personalización y la posibilidad de conexión permanente que crean, contribuyen a reconfigurar numerosos aspectos de la vida cotidiana así como de los procesos de subjetivación y socialización contemporáneos. De tal manera que, no sería correcto ni productivo pensar la Red y sus aplicaciones como un instrumento que usamos, sino como un lugar de experiencia y de subjetivación, no tanto un medio de comunicación, como un espacio que habitamos y nos habita, una suerte de laboratorio del orden social.

Las visiones populares y mediáticas acerca de la relación entre jóvenes y TIC oscilan entre el mito de “nativo digital”, dotado de facultades naturales para el uso de estas tecnologías de las que los adultos carecen, y los distintos “pánicos morales” ligados a la adicción de los hiperconectados, la alienación de una desconexión y aislamiento facilitados por las tecnologías, así como los riesgos asociados a la sexualidad y al acoso propiciados por estos dispositivos y sus distintas aplicaciones. Unos imaginarios acerca de adolescentes y jóvenes que no son en sí muy novedosos: la creencia en la “natural” disposición hacia lo nuevo que invisibiliza tanto la existencia y necesidad de procesos de aprendizaje como los elementos comunes entre las prácticas juveniles y las de los adultos, el que “estemos todos en esto”, en el aprendizaje y desarrollo de las mediaciones digitales de nuestras interacciones y vidas cotidianas.

Visiones enfrentadas y re-mediaciones digitales

¿Son las nuevas tecnologías, las redes, en definitiva las mediaciones tecnológicas buenas en sí mismas, malas, inocuas,…?

Al tratar de las relaciones entre personas y tecnologías nos encontramos a menudo con dos visiones contrapuestas pero igualmente erróneas: la de las tecnologías como instrumento neutral (cuyos usos y efectos dependen únicamente de la voluntad e intencionalidad de quienes los usan, y de los rasgos del contexto social donde se dan estos usos y prácticas) y la que defiende un destino autónomo de la tecnología, un determinismo tecnológico donde los rasgos técnicos y la mera presencia, invención y desarrollo de los dispositivos explicaría sus usos y efectos. En cierto modo la noción de “nativo digital” (Prensky, 2001) o de “Generación Net” (Tapscott, 1998) son ejemplos de este determinismo que entiende que el cambio tecnológico es el motor del cambio social, ya que las tecnologías crearían por su mera presencia brechas entre grupos de edad y generarían transformaciones cognitivas en los jóvenes.

No olvidemos que detrás de los profundos cambios que estamos sufriendo hay un cambio de modelo, un cambio de paradigma, un cambio de lente desde la que observar y juzgar la sociedad…

1945: Friedrich Hayek (filósofo, jurist y economist austriaco) escribe un artículo bajo el título “The use of knowledge in society”. Señalaba en este  artículo que los criterios que había que tener en cuenta para la asignación de recursos disponibles en la economía debían estar basados en el conocimiento y que el sistema económico más eficiente sería aquel que hiciera un uso pleno del conocimiento.

1975: surge el concepto de Sociedad de la Información en el marco de la OCDE, inspirado en la capacidad de almacenamiento  y transmisión de la información a partir de los procesos de digitalización. Al ponerse en marcha daría lugar a nuevas formas de organización y producción, de modelo político-económico,…

Principios de los 90: Peter Drucker retoma estas ideas refiriéndolas al ámbito laboral. Afirma que es posible aplicar conocimiento al conocimiento, para generar uno superior.

A finales de los 90: fruto de estos antecedentes y posicionándose como una alternativa a la sociedad de la información, surge el concepto de sociedad del conocimiento.

La UNESCO enseguida se subió al carro de este paradigma. El determinismo tecnológico entró en amplios sectores de la sociedad, muy fuertemente en el ámbito de la educación. Pero se volcó en las mediaciones tecnológicas, y ella misma, tiempo después, tuvo que reconocer la brecha tecnológica, no sólo entre enriquecidos y empobrecidos, sino también la brecha cognoscitiva. La preeminencia económica que estaba ya en el germen de la sociedad del conocimiento, de corte neoliberal, desplazó a la necesidad de formar navegadores críticos y creativos capaces de innovar las mediaciones y de reflexionar sobre sus contenidos.

Las mediaciones digitales son en realidad formas de re-mediación (Bolter y Grusin, 2000), de volver a mediar interacciones, prácticas, formas de comunicación, que ya estaban siendo mediadas. En primer lugar no deberíamos olvidar que la comunicación siempre está mediada, no sólo existen las mediaciones tecnológicas: el lenguaje, la escritura, la palabra, los acentos, la vestimenta, el peinado, el maquillaje, son formas de mediación que movilizan múltiples significados e interpretaciones. La noción de remediación se refiere, entre otros elementos, a los modos en los que una mediación tecnológicamente retoma, traduce e incorpora las anteriores mediaciones. Por ejemplo, podríamos ver en el blog una remediación de los diarios, ahora sin candado y de publicación inmediata. Las conversaciones por el móvil re-median las conversaciones por el fijo y las conversaciones cara a cara. Los procesos de remediación pueden favorecen cambios en nuestro modo de experimentar parte de la realidad o una determinada relación social. Siguiendo con el ejemplo del blog, podemos detectar toda una redefinición de la intimidad y la reflexividad ya que, por el mero hecho de publicarse inmediatamente y permitir respuestas de quienes lo leen, transforma el sentido de esta escritura (Estalella, 2012).

Usos, prácticas y consideraciones se ven modificadas, rearticuladas y reinterpretadas con la aparición y adopción de nuevas tecnologías.

En este entorno reconfigurado, diferentes maneras, diferentes tiempos, lugares, signi- ficados y sujetos emergen, implicados en actividades, relaciones e interacciones similares. Así, por ejemplo, “el cuarto propio conectado” (Zafra, 2010) actual sería una remediación de la habitación de los jóvenes donde ya se jugaban procesos de subjetivación y autonomía relativas al entorno familiar habilitadas por otras tecnologías y medios (aparatos de radio, reproductores de música, televisiones propias), abriendo ahora esas prácticas a formas de públicos en red (boyd) construidos a partir de privacidades conectadas, a formas de “ir por la vida en pijama” que desbordan los límites de lo doméstico en nuevas formas de intimidad pública y compartida.

Pero existe otro sentido del término re-mediación, relacionado con su etimología latina, se refiere a re- medio o cura. En este caso, la intención es remediar, solucionar, algo a través de las TIC, como hacer que la distancia no elimine la presencia o mantener las relaciones con los pares dentro del espacio y tiempo familiares, escapando también, al menos en parte, a las obligaciones de sincronizarse con la familia. Otros ejemplos tienen que ver con la resolución de roces y conflictos; así, por ejemplo, enviar un mensaje o escribir en el muro de un amigo puede ser una manera de distender una discusión previa. Cura y control pueden solaparse, por ejemplo, cuando la conexión permanente que mitiga la distancia y separación entre amigos o miembros de una pareja se con- vierte en vigilancia y control, cuando las prácticas que refuerzan el vínculo amoroso lo ponen en peligro, en el difícil equilibrio entre reconocimiento y dependencia, conexión y control. Otro ejemplo de la ambivalencia del remedio de las mediaciones digitales también se da en las interacciones entre padres e hijos (Cabello, 2013) cuando los dispositivos que facilitan un mayor control y conectividad (Green, 2001) también son percibidos como fuente de riesgos, cuya gestión visibiliza los conflictos y contradicciones alrededor de la progresiva autonomía de los hijos.

De este modo, abordar el análisis de los usos y prácticas de las redes sociales por parte de los jóvenes como formas de remediación nos facilita discernir qué es lo que se repite, qué es lo que se reanuda, qué es lo que se reemplaza, qué es lo que emerge y qué es lo que se olvida, qué hábitos se adquieren y cuáles se pierden, así como qué conflictos se producen ligados a las transformaciones, por ejemplo en lo que atañe a las obligaciones, expectativas, normas de etiqueta y comportamientos considerados como apropiados. Sin olvidar que estás prácticas se dan en un entorno tecnológico cambiante, donde se producen una multiplicidad de mediaciones que involucran a múltiples actores, con las consiguientes formas de articulación y potenciales conflictos entre ellas.

Públicos y privacidades en red

La intimidad siempre ha estado sujeta a transformaciones, a cambios históricos y geográficos y siempre ha sido el objeto de distintas mediaciones. La conectividad constante fuerza la renegociación de límites entre privado y público que se opera en muchas de estas prácticas tecnológicas, a las que van asociadas transformaciones concomitantes de la intimidad: respecto de sus espacios, tiempos, situaciones, ámbitos, y también respecto de aquellas personas que comparten nuestra intimidad. Las conversaciones e intercambios íntimos pueden irrumpir en cualquier momento y espacio.

Además los espacios en la Red (webs, blogs, redes sociales, páginas de contacto) facilitan que temas de conversación y prácticas considerados íntimos, relacionados con el cuerpo, la sexualidad, los afectos, se compartan también con desconocidos. Se produce entonces una modulación de la intimidad y de los íntimos, sin que sea posible definir una frontera estable y clara entre lo que está protegido por las barreras del pudor y lo que puede ser revelado en público, entre los íntimos y los extraños. Entre la categoría de amigos, conocidos y desconocidos, ¿cómo situar a aquellos de nuestros contactos a quienes nunca hemos visto, pero que han visto, oído y comentado múltiples aspectos de nuestras vidas?, ¿cómo categorizar a aquellos a quienes pedimos ayuda  y contamos nuestras penas, o con los que hablamos periódicamente en foros o grupos de Facebook acerca de nuestros intereses lúdicos, musicales o deportivos?

Inscripciones digitales

Los smartphones, ordenadores, webs y aplicaciones no sólo son mediadores de comunicaciones orales, escritas y visuales; son verdaderas máquinas para realizar y guardar inscripciones, en forma de números, sonidos, imágenes y textos. Inscriben las comunicaciones, los mensajes, los contactos, nuestra apariencia; al tiempo que contribuyen a inscribir, configurar y guardar el rastro de subjetividades y relaciones interpersonales. Así visibilizan, tanto para los propios usuarios como para terceras partes, las redes sociales, la presencia de los otros significativos y de sus lazos afectivos materializados en los textos, sonidos e imágenes enviados y almacenados. Así, estos dispositivos proporcionan información acerca de la cohesión, intensidad y reciprocidad de las relaciones, que se miden y cuantifican a través de los registros de llamadas y mensajes, los historiales de conversaciones, las bandejas de entrada y salida de los correos, los contadores de visitas o el número de “me gusta” o de retuiteos. Son tecnologías afectivas y también tecnologías del yo (Foucault, 1990). Esto se produce en el doble sentido de sujeto, como subraya Foucault (1982), tanto en la configuración de las subjetividades y del self, como en los modos de sujeción a algo o a alguien, ya que constituirse como sujeto también implica el establecimiento y mantenimiento de distintos modos de dependencia, de estar sujeto al poder de otra personas, grupos… Estas formas de dependencia atañen tanto a la relación entre las personas y sus dispositivos, los objetos mismos y su contenido como a las dependencias respecto de los demás mediadas y articuladas digitalmente. Una encuesta reciente realizada por Telefónica, Global Millenium Survey, con jóvenes de entre 18 y 30 años en 27 países, revela que cerca de un 40% reconoce que no podría vivir sin su Smartphone (http://survey.telefonica.com/)

EL DIFICIL EQUILIBRIO

  • La mejor gestión del yo y el acomodamiento. Las nuevas tecnologías permiten tener todo integrado, todo en la mano, a la distancia de un click; ventana al mundo que te abre las puertas de la información, la comunicación, el entretenimiento y la diversión, en tiempo real y de forma cómoda y sencilla. Posibilidades que se interpretan desde la perspectiva de esa mejor gestión del yo, del tiempo y de las posibilidades, y que por ello se asume que otorgan autonomía al usuario: decido qué quiero hacer, cómo y cuándo. Pero la misma constatación de que los dispositivos electrónicos que integran todas esas posibilidades se constituyen en el centro de nuestros hábitos, rutinas y necesidades, y el ser conscientes de que no es necesario hacer grandes esfuerzos para disfrutar de todo ello (que está en tu mano, en tu smartphone), puede provocar lo que los propios usuarios entienden como cierto acomodamiento. En el sentido de mostrar una actitud o predisposición mucho menos activa en los ejercicios de interesarse, relacionarse, investigar, contrastar, acudir a las fuentes, informarse, comunicarse…

todo ello desde una perspectiva donde el discurso del deber ser del yo offline, no lo olvidemos, justifica la complementariedad con el yo online (es decir, que no serán buenos usos tecnológicos si sustituyen a las actividades “importantes” que se hacen presencialmente, y sí lo serán si las complementan y/ potencian).

  • El yo Online y el yo Ofline
  • La libertad y la dependencia. Resulta evidente que las nuevas tecnologías facilitan la vida en muchos sentidos, permiten una gestión del tiempo y de la propia persona que abre nuevos horizontes de comunicación, relación y diversión, y que generalizan muchas posibilidades antes más vedadas, desde el acceso a la información (a muy diversos tipos de información, y en base a los propios criterios de búsqueda y contrastación), la capacidad de comunicación, protesta y movilización, etc., etc. En este sentido, las redes sociales procuran lo que se asume es mayor libertad a quien las usa: mayor capacidad de movimiento, de decisión, de organización, mayores horizontes. En el polo contrario también se explicita cómo en torno a todas esas posibilidades se genera, se ha generado, una dependencia que antes no existía, una necesidad en torno a las TIC y las redes sociales sin las cuales adolescentes y jóvenes se sienten “aislados”, “incomunicados”, incompletos; sin las cuales parecen no saber cómo rellenar sus rutinas, pero además sin las cuales no podrán integrarse en el grupo de pares, ni socializarse de la manera que se espera que lo hagan. Por ello, tal “dependencia”, tal necesidad de “estar siempre pendientes”, de estar siempre, se vive de forma tan real e intensa que preguntados sobre si las redes sociales les hacen sentir “más libres o más dependientes”, los argumentos mayoritarios en las dinámicas grupales señalen, sin duda, que “más dependientes”.

 

  • La presencia necesaria y el exceso de exposición personal. Precisamente uno de los aspectos que contribuyen a complejizar los flujos relacionales es el hecho de encontrar el equilibrio entre la necesidad de estar siempre presente en las redes sociales (para no perder oportunidades de relación, “por si acaso”…), y la de procurar que esa exposición personal no traspase los límites deseables de privacidad e intimidad. Porque el yo online encuentra buena parte de su sentido desde la observación por parte de otros y la interacción con esos otros, y tal convicción justifica la necesidad de estar siempre localizable, disponible, incluso adaptar las estrategias de exposición personal para llegar a los interlocutores deseados, o para que esos interlocutores te perciban de la manera en que se desea. De igual modo, tal dualidad incide en el hecho de que en no pocas ocasiones se renuncie a “rechazar ” o “ignorar ” peticiones de comunicación o de “amistad”, prolongando una exposición pública quizás no tan deseada, pero que permite seguir participando del juego de proyecciones; seguir siendo observado u observada, ante la certeza de que otros tampoco te rechazarán o ignorarán, pues juegan con las mismas reglas y premisas. En este proceso, a veces, se asumen pérdidas de determinados grados de intimidad o privacidad, modulables en función de los intereses. En cualquier caso, un proceso complejo, de complicado equilibrio.
  • La tecnología que acerca y la tecnología que aleja. Las redes sociales permiten mantener y afianzar el contacto con personas físicamente muy alejadas, y facilitan el “roce” y la presencia que asientan afectos y sentimientos, que acortan las esperas, tranquilizan, acompañan y unen a parejas, familias, amigos, conocidos. Esa capacidad de poder sentirse cerca de las personas que están lejos es uno de los aspectos sin duda más destacados de las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías. Sin embargo, a partir de lo que los propios usuarios entienden son tendencias a la dependencia y el “enganche”, también se asientan “malos usos” (por lo general atribuidos a “otros”), que incidirían precisamente en el polo contrario: la incomunicación. O más bien la despersonalización o desnaturalización de las relaciones personales, desde la perspectiva del yo offline, pero no sólo. Porque se afirma que hacer girar todos los hábitos, el tiempo y las rutinas en torno a las redes sociales, puede aislar del entorno más cercano; porque la necesidad de estar siempre presente y siempre en tiempo real en las interacciones online puede provocar que se desatiendan las offline (estar físicamente con una persona mientras se habla con otra por WhatsApp, por ejemplo); y porque el ruido comunicacional (charlas simultáneas, chats grupales, conversaciones abiertas, participación sin contenido real o “de provecho”…) genera relaciones de baja intensidad (o “calidad”, como señalan), superfluas, volubles, despersonalizadas.
  • La comunicación voluble y la que deja rastro. Frente al lenguaje oral (acompañado del gestual) que define la comunicación cara a cara, y al que se atribuye el peso para transmitir las cosas “importantes” y “serias” (generalmente se interpreta que las cosas serias son las malas, problemáticas, o que implican conflicto), el lenguaje escrito en torno al cual se constituye la comunicación online (con ayuda del audiovisual y los emoticonos) propiciaría, según señalan los jóvenes usuarios, una comunicación distinta: ágil, flexible, voluble, tendente a la intrascendencia y la anécdota. Con independencia de que la premisa de la mejor gestión del yo exprima al máximo las posibilidades de la comunicación online frente a la presencial, y de la señalada asunción de que, a raíz de ello, en las redes sociales también tienen lugar conversaciones “serias”, lo cierto es que la propia contraposición del lenguaje que predomina en las redes sociales frente al oral, en los términos en los que el primero parece ser despojado de cierta credibilidad o de cierto peso, incurre en alguna paradoja (cuando no contradicción). Por un lado, porque al tiempo que habitualmente se asume que el lenguaje de las redes sociales tiende a la intrascendencia por su agilidad y por el calado de los mensajes que sustenta, también se reconoce que te ofrece una capacidad de reflexión (revisión y corrección de lo escrito, capacidad de repensar el mensaje a trasmitir, mayor posibilidad de controlar la respuesta) que permite proyectar una parte distinta de uno mismo, más pausada, más consciente, más intelectual incluso (aspectos en ocasiones puestos bajo la sospecha del engaño). Por otro lado, porque pese a que se interpreta que es una comunicación flexible y voluble, lo cierto es que deja huella (las palabras se las lleva el viento, pero los mensajes y las conversaciones de WhatsApp permanecen en el teléfono), y permite las rememoraciones tanto personales como grupales, de igual manera que conforman un “rastro” que también contribuye a dar forma a la manera en que eres visto por el resto.

 

  • La renovación y la saturación. Finalmente, la asunción de que estar integrado con y en torno a la tecnología supone capacidad de adaptarse a los cambios y al progreso, y el reconocimiento de la obsolescencia tecnológica como estrategia de la industria de las TIC, provoca la constante sensación de movimiento y la continua necesidad de renovarse y “estar a la última”. Tanto, que puede llegar a saturar: el flujo de información llega a resultar inmanejable, el ruido puede apoderarse de la comunicación, algunas relaciones pueden interpretarse como intrascendentes, puede generarse una sensación de añoranza de tiempos más “sencillos” (paradójicamente, como señalamos, se supone que la tecnología facilita la vida)… Consideraciones como éstas se sitúan en la base de los argumentos que esgrimen las personas que voluntariamente se posicionan en los márgenes de esa integración tecnológica, aun a sabiendas de que hay procesos contra los que no pueden competir (a nivel laboral, por ejemplo) y de que están comprando papeletas para ser objeto de marginaciones sociales de nuevo cuño. En cualquier caso, lo cierto es que estas posturas más desencantadas con la tecnología y más saturadas con el nuevo escenario, quedan diluidas entre el discurso mayoritario de adolescentes y jóvenes que disfrutan de las ventajas y las comodidades que les ofrecen las redes sociales, pagan con aparente gusto lo que interpretan que son contrapartidas menores y guían todos sus movimientos y hábitos al respecto en torno a lo que les resulta más práctico en cada momento.

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