Relato ganador del I Certamen de relato corto “Iqbal Masih” en Zaragoza

Subimos a la web el relato corto ganador del I Certamen “Iqbal Masih” sobre Esclavitud Infantil en Zaragoza. Convocado por nuestros amigos del Movimiento Cultural Cristiano y Camino Juvenil Solidario:

 

Otro Punto de Vista

Hola, me llamo Dida. Soy un balón de la marca “Adidas”, de ahí mi nombre. Pertenezco a Jaime, Jaime Rodríguez. Es un niño de siete años, cuya mayor preocupación en el mundo es jugar a fútbol. El fútbol es su vida. Juega en un club de Zaragoza con sus amigos, y es el mejor jugador de su equipo. Pero para él no es suficiente con los entrenamientos o partidos. No. Todas las tardes cuando termina su tarea, abre el armario donde estamos guardados todos (en total somos cinco balones) y me recoge con suavidad. Sus pequeñas manos me acarician y comienza a botarme al salir de casa, mientras espera con impaciencia a sus compañeros. Risas, gritos, enfados, sonrisas, lloros… yo lo vivía con pasión, y disfrutaba de lo lindo, aunque acababa lleno de barro o hierba al finalizar.

Para vosotros seguro que la de Jaime, es como otra cualquiera, os parece de lo más normal, una vida más. Lo más probable es que lo sea, pero os digo que no es así en el resto del mundo. Os voy a contar mi historia, que describe perfectamente esto. Empiezo por el principio.

Yo vengo de China, los materiales por los que he sido fabricado son de allí. Sinceramente no podría describiros con palabras cómo se siente estando allí. Es totalmente horrible. Niños. Cientos y cientos de niños, de la edad de Jaime o tal vez más pequeños. Manos minúsculas y finitas que les permitían cosernos bien.

Era una gran sala enorme y fría. Oscura, negra, pálida, triste. Había de todo menos felicidad. ¿Alguien había visto alguna sonrisa allí? Parecerías raro. Nadie era feliz. Por lo menos ninguno de los niños. Ellos se limitaban a hacer lo que ordenaban sus mayores, sus jefes, ya que si no lo hacían, sufrían un terrible castigo de ser azotados con unos látigos de espinas. Lloraban y lloraban. Llantos ahogados en agua salada, que flotaban en el ambiente. Aquellos truhanes carecían de sentimiento alguno. Gritaban tanto que parecía salírseles las gargantas del cuerpo. Era una cárcel.

Recuerdo cómo nací. Me cosió un pequeñín que estaba muerto de miedo. Él lo único que quería era salir y ver a sus padres y a su hermano mayor, que vivían en una pobreza extrema de la que no podían salir. Por ello el pequeño tenía que pasar allí sus días.

Me acuerdo con claridad. El niño terminó de coserme. Le gusté y él a mí me gustó. Lo supimos. Por ello me cogió y me llevó a guardarme a una esquina. En ese momento me asusté. No debía haberlo hecho. Saltarse las normas. No podía. Y menos de aquella manera.

Nada más apartarme de los demás balones, mi joven amigo salió corriendo. Sin antes mirar a los lados, sin preocuparse, sin nada. Solamente corrió y corrió como un pájaro libre. Quería sentirse fuera de aquellos barrotes que le cortaban la alegría. Quería jugar a fútbol y sonreír. Quería dejar a un lado la aguja y el hilo, dejar a una lado el trabajar. Eso era cosa de mayores. Él no quería eso.

Pero tristemente, la vida es muy dura a veces. Y alguien quiso castigar a aquel pobre pájaro enjaulado por buscar su felicidad. Nada más volver a su puesto de trabajo, se plantó un hombre más fuerte que un roble delante de él. El pequeño comenzó a temblar. Yo desde la esquina, no quería ni pensar en las consecuencias.

¿QUÉ CREES QUE ESTÁS HACIENDO?- se oyó por toda la nave, haciendo un eco espeluznante.

El chico no supo qué responder. Sollozando. Lloraba. Mares de lágrimas brotaban de sus ojos, y parecían no parar nunca. Era horrible. La peor sensación que sentí nunca. Lo agarraron con fuerza, parecían cortarle la circulación sanguínea del brazo. Apareció otro hombre casi más grande que el anterior que lo sujetó por los pies. El niño pataleaba, lloraba, gemía, gritaba. Desapareció. De repente todo. De repente nada. Cómo cambian las cosas en cuestión de minutos. Sus ojos se cerraron, tristes. Parecía entreverse una lágrima sonriente, que mostraba que, aunque solo por un instante era libre. Se sintió especial, único, diferente y extraño. No un grano de arena más en este oscuro desierto. No. Y seguro que allí arriba continúa siendo libre. Pero más aún. Puede que se haya reencontrado con algún familiar. Tal vez abuelos o algún tío.

Después de la muerte del pequeño, a mí me metieron con los demás balones, en una caja enorme. Cogimos un avión destino en la India. Allí, a mí y a unos cuantos más nos destinaron a Zaragoza, en España. En todos los viajes les daba la lata a los balones con esta historia. Con ello intentaba hacer algo. No sé. Me sentía impotente al no poder hacer nada para traer a la vida a aquel pajarillo. Así que yo intenté encontrar mi llave para la felicidad.

Iba de tienda en tienda, esperando. En realidad no sabía muy bien qué buscaba, hasta que lo encontré; Jaime. Me recordaba muchísimo a mi viejo amiguito. Y lo supe nada más que pasó la puerta de entrada. Me compró. Me sentí feliz. Me hizo olvidar el pasado, la tristeza y el dolor.

Llevo ya casi un año junto a él y su familia. Todo el tiempo intentando hacerle ver a Jaime la importancia de su vida, de su escuela y de su familia. Sé que solo soy un balón, uno de esos raros que a nadie le gusta. Pero soy como soy. “El que la sigue la consigue”. Me lo repito todos los días. Y aunque no pueda solucionar nada en aquel lejano país, por lo menos podré concienciar a unas cuantas personas de todo esto. Solo necesito oportunidad. Gracias por tu atención. Aprecia tu vida, adiós.

Autora: E. Á. S. (14 años)

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