Experiencia: La escuela-milagro de Anand ‘Mathemagic’

Anand Kumar, un matemático que se desvive para que los más necesitados de India tengan una oportunidad. Cuando la profesión se pone al servicio del bien común. 

La Física lo explica todo. Eso, al menos, cree Dhananjay Kumar. Por eso ama esta ciencia. “Con ella entendemos todo el Universo”. Sin recursos y en mitad de un entorno hostil, este joven indio de 18 años ha luchado mucho para llegar donde ha llegado gracias a los estudios. Hasta le han apaleado por ello: en la cabeza tiene una brecha que le provocó una vara de bambú en manos de un vecino furioso porque al niño le había dado por los libros. Dhananjay acaba de terminar el curso en Super 30, una escuela gratuita del estado de Bihar, al norte de India, en la que una treintena de estudiantes pobres se prepara para entrar en la institución educativa más prestigiosa del país: los Institutos Indios de Tecnología (IIT).

Treinta cerebritos bajo la losa de no tener ni una rupia en el bolsillo. El sin igual colegio es obra de Anand Kumar, un matemático que se desvive para que los más necesitados de India tengan una oportunidad. De su aula han salido mentes brillantes que nunca soñaron con poder presentarse a uno de los exámenes más difíciles del mundo. Mucho menos con aprobarlo. Sus resultados, inauditos, hablan por sí solos. Las dificultades a las que se ha enfrentado Dhananjay desde pequeño radican en un ambiente que no cree en la necesidad del estudio, como ocurre en muchas zonas rurales de India, donde el campo llama a gritos a una juventud atrapada en un círculo familiar inquebrantable.

“En mi pueblo no hay ningún interés por que los niños estudien. Yo lo viví. Mi padre al principio no creía en mis estudios. Donde vivo, todos los niños de mi edad trabajan”, dice el chico, que tuvo que estudiar los últimos cursos por su cuenta, sin ir a clase. “Fui hasta sexto, luego me matriculaba y acudía a los exámenes pero estudiaba en casa porque tenía que trabajar con mi padre”. Su familia vive de una pequeña tienda en la que vende un poco de todo. Tiene seis hermanos a los que él mismo ha enseñado las materias básicas.

En este pequeño refugio para niños pobres con talento entran cada año 30 alumnos (de ahí el nombre de la escuela, Super 30) que deben pasar dos tests. Se presentan hasta 2.000 menores de toda India. “Hacemos una selección según la nota y el background familiar para descartar niños que se pueden pagar la educación”, comenta Pranav Kumar, hermano de Anand y director del proyecto. Aquí no pagan nada ni por estudiar, ni por dormir en la pensión para estudiantes que poseen cerca de la escuela, ni por la comida que prepara Jayanti Devi, madre de los fundadores. Durante un año, estudian Matemáticas, Física y Química, materias de las que se examinarán para acceder al IIT. Por las mañanas, tres horas de clase. Por las tardes, la pensión se convierte en una biblioteca en la que estudian en grupo. Sus paredes aguantan con grapas tablas periódicas y ejercicios matemáticos. Allí comparten conocimientos y dudas, una técnica que todos alaban.

Imagina un futuro

“Es lo que hace especial a este sitio. Todos son muy talentosos, 30 voces inteligentes, de modo que si cualquiera tiene un problema se resuelve entre todos”, explica Satyam Kumar, de 17, que cuenta que su padre, avergonzado, le dijo que no podía pagarle una buena escuela, así que se enteró de la existencia de Super 30 y se presentó a los exámenes. Los aprobó y ahora imagina un futuro como ingeniero mecánico. Su amigo Prempal Kumal tiene 18 años. Pisar esta escuela ha sido la mejor experiencia de su vida. “Estudiar aquí ha sido mi año dorado. Me siento mejor que en casa”. Ahora quieren estudiar una ingeniería y así evitar una vida dedicada al cultivo, como sus padres. “Después de estudiar en el IIT trabajaré para llevar dinero a casa porque vengo de una familia que no tiene nada”.

Todos sonríen al hablar de su maestro, a quien elogian por darles una educación diferente a la que han recibido antes. “Anand es un gran matemático. Te enseña una vía fácil y te da tiempo para encontrar el camino hacia la solución. En ese tiempo entiendes lo que estás haciendo y estructuras tu mente”, afirma Satyam, convencido de que “Super 30 es la mejor plataforma para cumplir mi sueño”. Ese sueño empieza por entrar en los IIT, una institución cuyo prestigio les abre las puertas dentro y fuera de India. A las pruebas de acceso se presentan casi un millón y medio de jóvenes (sólo un tercio son mujeres) y únicamente un 0,7% consigue pasar. Prácticamente imposible. Es un examen temido porque de lograrlo o no depende el camino que tomen en la vida. Y en India es muy duro volver a casa con la sensación de haber fracasado.

Las uñas de los aspirantes desaparecen esperando unos resultados que se dan en televisión y prensa. Por lo general, llegar a ese examen estaba reservado para las élites que se pueden pagar un colegio de alto nivel acorde a la exigencia de la prueba. En India sobreviven 300 millones de personas bajo el umbral de la pobreza. La electricidad es un lujo para millones. Aquí reside el 37% de los analfabetos del mundo y se calcula que la alfabetización universal no llegará antes de 2080. Además de que los gastos públicos en Educación son mínimos, muchos niños se ven obligados a abandonar la escuela para trabajar, lo que supone que más de cuatro millones de menores de 14 años sean mano de obra, según el censo indio, una cifra que las organizaciones humanitarias estiman mayor. Pequeña y humilde, la escuela Super 30 sita en Patna, capital de uno de los estados con más pobres (el 41% de su población), trata de luchar siendo la puerta a la esperanza para quienes tienen talento pero ninguna ocasión para demostrarlo. Los increíbles éxitos de este proyecto los confirma su historial: de los 390 jóvenes inscritos desde 2003 más de 300 han pasado la prueba del IIT y, desde el segundo año, cada curso la han superado más de 20. Durante tres años seguidos (2008, 2009 y 2010) hubo pleno y los 30 estudiantes cantaron victoria. El año pasado lo hicieron 27.

Su misterioso método

Nadie encuentra explicación absoluta, pero desde que estos resultados se hicieron constantes tampoco hay quien cuestione sus métodos, que siguen guardando algo de misterio. “Mathemagic” apodó la prensa local a este mago de los números. En su casa se van acumulando trofeos y diplomas a los que ya es difícil encontrar sitio mientras su agenda se llena de conferencias. Sus clases no se ciñen a cifras y átomos. Son una lección de vida. “Yo estaría perdido si no fuese por este lugar. Ha cambiado mi vida dándome una oportunidad que nunca hubiera tenido”, dice Dhananjay. “No sólo nos enseña matemáticas, también aprendemos a sobrevivir en nuestro ambiente a través del conocimiento”. Cada uno se lleva a casa un valor. Dhananjay, la perseverancia. Satyam, la autoconfianza. Prempal, la solidaridad. Parece que ha calado hondo. “Tuve que luchar para poder estudiar. Por eso quiero trabajar para que otros no pasen por lo que pasé, y en Bihar hay mucha gente en mi situación”, afirma Prempal. Su amigo Satyam aspira a ser jefe de Distrito, quien dirige las provincias de los estados, “porque si alguien puede hacer algo es él, es la mejor forma de servir a tu país”.

El que les ha inculcado esos valores no es otro que Anand, un matemático de 42 años, hijo de un trabajador del servicio de correos y una ama de casa. Es hindú, engulle como si no hubiera un mañana y en su hogar perpetúa los roles de género de esta sociedad en la que ellas les sirven a ellos. Pasó sus primeros años correteando por el slum [poblado de chabolas] en el que vivía junto a las vías del tren. No pudo estudiar todo lo que quería, pero desde pequeño amaba las matemáticas gracias a las biografías de científicos históricos que su padre le traía desde Calcuta. “Ramanujan, Einstein, Newton… esos eran mis héroes, no los jugadores de criquet o las estrellas de Bollywood”, recuerda en el salón de su casa. Con el tiempo, sus resultados académicos le valieron el reconocimiento de profesores y revistas científicas. Al no conseguir patrocinador, no pudo estudiar en Cambridge, donde dice fue aceptado.

Tras la repentina muerte de su padre creó su propia escuela,Ramanujan School of Mathematics. Primero, con dos alumnos. A los tres años eran 500 y había lista de espera, así que empezó a cobrarles. “Un niño me dijo que era incapaz de pagar las 500 rupias (siete euros) que valía el curso. El chico era guarda de seguridad y vivía en condiciones lamentables. Hablé con mi familia y fundé Super 30 para que los más pobres, como yo, no se quedasen sin estudiar”, cuenta el profesor, que vive junto a su escuela con su mujer y su hijo de cinco años.

Su secreto es un método de comprensión fácil basado en la motivación de quienes nunca aspiraron a nada. “Lo primero es potenciar su autoconfianza porque llegan sin esperanzas. Les digo que, si quieren ser buenos matemáticos, tienen que ir dentro de la fórmula, a la razón que explica lo que tienen delante”. Lamenta Anand que cada año sólo tenga en su aula dos o tres niñas. “Es difícil encontrar estudiantes porque las familias no las mandan al colegio, quieren que se casen pronto”. Por eso la tasa de abandono femenino dobla al masculino. El matemático considera que el sistema educativo indio es muy malo “porque crea dos sistemas: para ricos y para pobres. Te cortan las oportunidades si eres lo segundo”.

Mafias y fusiles

Mathemagic está convencido de que el país sólo cambiará cuando todos los pequeños gocen de las mismas oportunidades sin tener que recurrir al trabajo infantil. El maestro asegura que no acepta donaciones. Ni de políticos como los primeros ministros Manmohan Singh o Narendra Modi ni de empresarios como el magnate Mukesh Ambani. Con ellos y muchos más se ha citado. “Pero de ninguno he tomado ni una rupia”. Financia Super 30, dice, dando clase a gente privilegiada algunos fines de semana y acudiendo a conferencias, porque con los ingresos de la escuela no llega… También se ha creado enemigos. “Trabajo para los pobres y la mafia no quiere que me gane la confianza de la gente”, dice antes de reconocer que vive con miedo porque no puede salir de casa sin sus dos escoltas armados con fusiles semiautomáticos. Se los proporcionó el gobierno regional después de que él y su personal sufriesen ataques.

Trece años después de empezar este proyecto, Anand sigue adelante a pesar de las amenazas. Está preparando un aula virtual para dar clases online y llegar a más gente. “Así podré financiar la escuela para que se convierta en Super 100”. Con un método infalible, alimenta la esperanza de quienes nunca optaron a ese derecho. Como Karan Kumar, un antiguo alumno que estudia biotecnología en Kerala, al sur. Quiere ser investigador en el prestigioso Instituto de Tecnología de Massachusetts, en EEUU. “Es difícil, pero ahora sé que no es imposible”

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