Agresiones a la infancia y a la juventud (extracto)

‘TODA  la vida de TODO ser humano es sagrada’

Es verdad que cuando leemos el título de esta mesa, “Toda vida humana es sagrada”, lo primero que se nos viene a la cabeza son los atentados contra la dignidad de la vida que ocurren en dos momentos concretos de la misma: en su inicio, problema del aborto y en su final, problema de la eutanasia.
Pero las personas que han organizado este Congreso han considerado, creo que con acierto, que no sólo “toda vida humana es sagrada”, sino que “toda  la vida de todo ser humano es sagrada”, desde su comienzo en el momento de la fecundación hasta su final en el momento de la muerte natural, pero pasando también por todo lo que sucede entre esos dos momentos.

Por eso, creo que, además del aborto y de la eutanasia, hay que incluir entre los atentados contra la dignidad humana (y por tanto contra su carácter sagrado) cualquier otra agresión a la misma que suceda en cualquier parte del mundo en cualquier otra etapa de la vida: infancia, juventud, adultez o vejez.



Y de aquí, creo que puede decirse una primera conclusión: 
no es coherente estar en contra del aborto y de la eutanasia y, al mismo tiempo, no estar en contra de la manipulación de nuestros jóvenes, del paro que sufren muchos adultos, o del abandono en que se encuentran muchos de nuestros viejos, y viceversa…


A continuación me voy a referir a algunas de las agresiones, a mi juicio, más importantes que están sufriendo la infancia y la juventud de nuestro entorno más cercano. Y quiero subrayar lo de que me refiero a “nuestro entorno más cercano” porque no tienen punto de comparación con las que padecen los niños y niñas esclavizados, prostituidos, obligados a ser soldados, abandonados, hambrientos, los que viven en la calle… que son la mayoría de los niños y niñas del mundo.


Así pues, antes de referirme a estas agresiones podemos adelantar una segunda conclusión: no es coherente enfrentarse a las agresiones a la dignidad de la vida humana en nuestro entorno más cercano, olvidando la realidad en la que se desarrolla la vida de la mayoría de la humanidad. Y no sólo porque son la mayoría de la humanidad, ni siquiera porque las agresiones que sufren son más salvajes, sino porque las causas de unas y otras son las mismas.


Aquí, una de estas agresiones  es el fracaso escolar que en la educación obligatoria  en España, según datos oficiales, es superior al 30%.


Ya la situación es paradójica: Se obliga a los niños y jóvenes a ir a la escuela para permitir que uno de cada 3 fracase en ella.  Así durante cinco horas al día, durante al menos 10 años. ¿Hay quien pueda resistir esa agresión sin verse afectado por ella?


Por otra parte, con lo que más se relaciona este fracaso escolar es con la situación sociocultural de las familias, especialmente con el nivel de estudios de los padres y más en concreto de la madre. ¿Será que la escuela no está pensada para ellos?


Es cierto que no todos los hijos de personas sin estudios fracasan en la escuela y que también fracasan (cada vez más) hijos de familias con estudios, pero ¿cuántos gitanos, marroquíes, rumanos, iberoamericanos hijos de inmigrantes están en la universidad? Desde luego, que no en la proporción en que están presentes en la sociedad.


Es verdad que hace  años se inició un movimiento a favor de la inclusión de las personas con discapacidad en las aulas ordinarias, pero aun hay resistencias a la inclusión o, si no las hay, se acepta sin cuestionárselo que las personas con dificultades adquieran un nivel de aprendizaje más bajo que los demás.


Se dice que si se incluyen en clase personas con dificultades de aprendizaje o inmigrantes, o personas con discapacidad, se perjudica a los demás. Se utilizan las causas de los problemas (p.e. el nivel sociocultural de las familias) como razón que explica el fracaso, pero no como diana de la acción educativa. Si la escuela sabe que la causa del fracaso es el nivel sociocultural de las familias, ¿por qué no se plantea actuar sobre él? En definitiva, queremos para estos niños, algo diferente de lo que los mismos maestros queremos para nuestros hijos.


Es como si se estuviera a favor de la integración, de una educación para los más empobrecidos, de los que tienen dificultades, pero sin que estorben a los demás. Es como si razones de “solidaridad” nos empujaran a atender a estas realidades, pero la “racionalidad” nos dijera que para no perjudicar a los demás “cada uno en su aula y Dios en la de todos”.


Sin embargo, y esta sería una tercera propuesta, lo que dice la investigación educativa más relevante en el mundo entero es que la inclusión de la diversidad en el aula y en las escuelas, mejora el rendimiento de todos. Es decir, no hay que elegir entre racionalidad científica y solidaridad, sino que lo que es antirracional y anticientífico es la insolidaridad.


Un segundo ejemplo de agresión que sufre la juventud, al menos  la mayoría de los jóvenes que conozco, es la ausencia de proyecto de vida.


Uno de los objetivos que debe plantearse la educación, también la educación superior, es que un joven, mientras que es joven, decida cómo va a vivir su vida hasta que se muera, si se va a casar o no, si quiere vivir en un pueblo o en una gran ciudad, si quiere trabajar en una cosa o en otra, como va a desarrollar su vida política, etc. En definitiva, que el joven descubra cual es su vocación en lo personal, en lo profesional y en lo sociopolítico.


Sin embargo la mayoría de los jóvenes no toman decisiones importantes acerca de su vida, es como si siguieran un guión preestablecido, un guión escrito por otros, sin ser los protagonistas de su propia historia.


Los políticos, creo que para ganarse las simpatías de los jóvenes (es decir, con fines manipuladores), dicen que tenemos la mejor juventud de todos los tiempos, la mejor formada, que con esta juventud el futuro que nos aguarda es el mejor de los posibles. Por otra parte, algunos adultos de mi entorno dicen que los jóvenes cada vez están peor, que cada vez estudian y trabajan menos, que son más individualistas e insolidarios, que van a su bola.   


Yo, al contrario de los políticos profesionales, creo que los jóvenes pueden ser la esperanza del futuro o la amenaza, depende de cuál sea su proyecto de vida, y que si no se lo plantean (es decir, si siguen en su vida el guión que les escribe el imperio), serán más amenaza que esperanza.


Por otra parte, tampoco creo que la juventud hoy, sea peor que la de tiempos pasados, sino que lo tiene más difícil porque las agresiones y las posibilidades de manipulación son mayores. Y que, en todo caso, si es peor, la culpa la tenemos los adultos que no hemos sido capaces de crear ámbitos adecuados en los que crezcan; es decir, oasis de vida solidaria dentro de este desierto de insolidaridad.
Y esta podría ser una cuarta conclusión: la falta de vida asociada en los adultos es la que provoca el individualismo y la soledad en que viven muchos de nuestros jóvenes.


Extracto de la ponencia de Antonio Aguilera. Decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Sevilla en el Congreso Política y Solidaridad (Sevilla, España, marzo de 2009).
Autor: Antonio Aguilera

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