Fracaso escolar, paro y violencia

El fracaso escolar es, como su nombre indica, el fracaso de la escuela obligatoria. Si a ello le sumamos la dinámica de desintegración y agresión en la que están espacios de socialización otrora tan importantes como la familia, el trabajo, el barrio,… el cóctel es explosivo. En medio de esta experiencia de violencia hacia los jóvenes, es posible que tengamos alguna clave de procesos tan destructivos de la persona como en los que estamos envueltos.

La enseñanza obligatoria en España es de las peores de Europa, según el informe Pisa. Aunque éste tampoco debiera ser el máximo referente, ya que otros países con sistemas educativos más eficaces desde el punto de vista mercantil adolecen de otros problemas no menos graves tales como el suicidio infantil o el abandono y el maltrato.

En España, además, tenemos un índice de fracaso en la educación obligatoria que supera el 31% al que hay que añadir un 25% en bachillerato. Este porcentaje es superior cuando consideramos clases sociales bajas y regiones más pobres. Independientemente de importantes consideraciones ideológicas sobre los contenidos que deben engullir nuestros escolares, una cuestión parece clara: muchos niños y jóvenes de nuestro país, especialmente los de extracción social más pobre, no encuentran ningún sentido al estudio y por tanto muestran un creciente desapego de una de las actividades que más les pueden enriquecer como personas. El sistema educativo se confirma como uno de los instrumentos más importantes de fomento del clasismo.

Por otro lado, la explotación del trabajo, la degradación de las condiciones laborales y la hipervaloración del capital sitúan a los jóvenes en una dinámica competitiva con un nivel de violencia psicológica y social muy grande. Los jóvenes están condenados a un mundo donde su vocación profesional, una de las dimensiones más importantes de la persona, está siendo pisoteada. España tiene un sistema educativo que fabrica frustrados en serie y analfabetos reales ya que la mayoría de los jóvenes terminan su escolarización ignorando las causas de los problemas sociales que les va a tocar vivir y con una capacidad de reflexión, análisis y diálogo prácticamente nula. La violencia está a flor de piel y se manifiesta de muchas maneras: celebraciones deportivas, ideologías totalitarias, agresiones en el seno de la familia y en las calles, vandalismo, y por supuesto el suicidio. Ya lo decía la militancia obrera: en un país de frustrados serán cada vez más necesarias las cárceles, los prostíbulos y los manicomios. ¡Y todo esto crece exponencialmente!

El fracaso educativo-cultural y la explotación laboral forman un cóctel explosivo al que hay que añadir la desintegración de instituciones que promovían una cultura de la solidaridad y que canalizaban estas situaciones hacia verdaderos proyectos de transformación social. La familias luchadoras, las asociaciones militantes políticas, sociales, sindicales, culturales y religiosas o no existen, o no están. Por todo ello es fundamental que la sociedad española se plantee este asunto como prioritario en el marco de un cambio radical de cultura y de sociedad.

¿Empezamos o dejamos que nuestros jóvenes se desangren?.

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