TESTIMONIO DE MADRES CONTRA LA VIOLENCIA DE BANDAS CALLEJERAS

Las mujeres de Catuche (barrio de Caracas, Venezuela) lograron con el diálogo pacificar a las bandas de dos sectores que mantenían una guerra que enlutaba a la comunidad. Es uno de los máximos ejemplos de las iniciativas que surgen en la sociedad venezolana como anticuerpos frente a su máximo mal: la muerte
La paz llegó a Catuche cuando las madres del barrio decidieron sepultar sus miedos en lugar de seguir enterrando a sus hijos. Lograron lo que parecía imposible: restablecer la convivencia entre dos sectores vecinos, La Quinta y Portillo, que habían sido arrastrados por una guerra entre bandas de jóvenes, que ni siquiera recordaban por qué comenzaron a vivir con la meta de exterminarse entre sí, sin importar quiénes caían alrededor. Son muchos los rostros de esas mujeres, pero su testimonio tiene la fuerza de una sola voz: “Era muy triste y muy duro ver cómo se mataban esos chamos que vimos nacer y crecer”. Se aferraron al único recurso que tenían, lo usaron como escudo y se amparan en él cuando sienten flaquezas: el diálogo. “Hablar. Eso fue lo que decidimos hacer”.

JULIO 2011

Es miércoles en la noche y las mujeres de La Quinta están con sus vecinas alrededor de la cancha de Portillo, donde niñas de los dos sectores practican voleibol. Las madres contrapuntean chistes e intercambian risas sonoras. “¡Qué felicidad!”, exclama Olga Padrón, quien sabe que cada minuto transcurrido es una victoria. Han pasado dos años y ocho meses desde el momento en que las mujeres de la comunidad tomaron la batuta y se acercaron a las bandas enfrentadas para ofrecerles una oportunidad: construir juntos un acuerdo de convivencia y un pliego de normas para resolver los conflictos sin disparar más tiros. Jaqueline Tovar no olvida la escala del logro: “Vamos a cumplir en septiembre tres años sin muertos y queremos celebrar con una torta bien grande”. 


Padrón es vecina de Portillo y Tovar de La Quinta. Los dos sectores, donde viven 110 familias, apenas están separados por una calle de tierra, de no más de 200 metros, llamada La Ribereña, porque a un lado corre la quebrada Catuche. En la mitad del camino había una frontera invisible, que lo dividía todo en el pasado. Hoy a ambos lados de ese límite existen comisiones de diálogo, una en cada sector, constituidas por mujeres. Padrón y Tovar integran las de sus respectivas comunidades. La experiencia del contacto directo con los jóvenes que antes se mantenían enfrentados dio resultados sorprendentes e inmediatos. “Estaban dispuestos a oír y a ayudar. Se sentían cansados de la violencia”, expresa una y la otra agrega: “Querían vivir sin estar asustados. Estudiar, ir a fiestas, hacer deportes”. 


La lección de las madres de Catuche destaca como un haz de luz en medio del desaliento y como un ejemplo de las iniciativas de la sociedad que surgen como anticuerpos ante el virus de la violencia. En la última década, los homicidios fueron la causa de más de 115.000 muertes en Venezuela, 25.000 en Caracas. Las tasas del país y de su capital figuran entre las más elevadas del mundo y en buena medida son abultadas por las guerras entre bandas. El mensaje surgido desde ese barrio caraqueño, en un contexto semejante, ha llegado al más alto nivel: un equipo multidisciplinario de la UCV y la UCAB recibió el apoyo del Consejo de Prevención del Delito y Seguridad Ciudadana del Ministerio de Relaciones Interiores y Justicia para estudiar la experiencia e identificar las claves susceptibles de ser replicadas en otras comunidades. Las mujeres de Portillo y La Quinta se asustan por la mera posibilidad de salir de sus sectores a enseñar lo aprendido: “Nos da un poquito de miedo”.


Los investigadores que analizan la experiencia han pasado horas enteras en entrevistas con las madres. Ya anticipan conclusiones: “Su sabiduría radica en que han podido rescatar la humanidad de los muchachos a través del uso de la voz de la madre, que es una herramienta cultural muy importante”, indica Verónica Zubillaga, quien forma parte del equipo junto con la abogada Gilda Núñez y los psicólogos Manuel Llorens y John Souto. 

“Trabajar con los jóvenes bajo ese enfoque no entra en la estructura de las políticas tradicionales que tienden a ser represivas”, afirma Núñez. 


Parten del principio de que no puede considerarse la iniciativa como una caja de la que saldrán recetas mágicas ni salidas que dejen solo en las espaldas de las mujeres venezolanas un asunto en el cual el Estado tiene obligaciones que cumplir.



Respuesta final. No podía ser de otro modo: la reacción que sacudió a la comunidad provino de una madre a la que le mataron a su hijo de 17 años de edad en Portillo. El asesinato, ocurrido en agosto de 2007, hacía presagiar el recrudecimiento de una ola de homicidios que ya había hecho insoportable la situación del barrio. Los jóvenes se mataban, según los testimonios de las mujeres, porque habían asumido como propios viejos rencores y venganzas que comenzaron mucho tiempo antes, con las disputas de otros actores que estaban muertos o que no vivían allí. Joidy Medina, miembro de la comisión de paz de Portillo, recuerda aquel momento: “La mamá del muchacho asesinado quiso hacer algo para detener lo que pasaba. Era el segundo hijo que le mataban y no quería perder el que le quedaba”. 


La mujer acudió a una institución de Catuche en la que confiaba: Fe y Alegría, red educativa y social de la Iglesia Católica, que se transformó desde entonces en una plataforma para el diálogo. “Nos pidió una reunión. Nos dijo que no quería que otras madres pasaran por lo que ella estaba pasando”, dice Doris Barreto, quien acumula casi 3 décadas de servicio en el barrio como parte de la organización. La convocatoria fue exitosa: acudieron 25 personas. En esa asamblea de emergencia surgió la idea que cambió el curso de los acontecimientos. “Propuse a la gente de Portillo que organizara un grupo para hablar con la comunidad de La Quinta y aceptaron”, señala Barreto. La gestión la llevó al otro lado de La Ribereña: “Le pedí a la gente de La Quinta que también se organizara y estuvieron dispuestos”. Uno de los jóvenes involucrados en la violencia, incluso, brindó cooperación para que se estructurara la comisión de esa zona. 


Los grupos perfilaron un acuerdo de convivencia que fue aprobado en asambleas por los dos sectores. Su contenido arroja pistas sobre los códigos que pueden convertir una situación ordinaria en un enfrentamiento. Los muchachos se comprometieron, por ejemplo, a no provocar con señas a sus rivales. Tampoco podían hacerlo con yesqueros, linternas o luces láser, lo que usualmente derivaba en tiroteos. Los vecinos recuperarían la circulación libre por todas las áreas del barrio, pero los involucrados en el conflicto serían los únicos que no debían traspasar la frontera. 


Estos tenían que canalizar cualquier disgusto a través de los comités, que servirían como una instancia de contención. Nadie debía esgrimir de nuevo un arma y quien incumpliera cualquier disposición del pacto sería denunciado en bloque por las dos comisiones. Las comunidades, además, se comprometieron a silenciar los chismes. Xiomara Guevara, de la comisión de La Quinta, no elude las responsabilidades que han tenido las mujeres del barrio: “Esos chamos crecieron oyéndonos hablar de que alguna vez tal persona mató a su tío o a su primo. Y así les transmitimos un sentimiento negativo”. 


Gran momento. La primera reunión conjunta se llevó a cabo en la sede Fe y Alegría en La Quinta. Las horas previas estuvieron cargadas de tensión. “Teníamos mucho miedo por lo que podía pasar”.


Con esa frase Nelly Pichardo, vecina de ese sector, resume el estado de ánimo colectivo. Pero rápidamente todo cambió y aquel momento marcó el resto del proceso. “Teníamos las mismas preocupaciones y queríamos las mismas cosas”, completa Joidy Medina. Hubo una explosión. “Lloramos, nos abrazamos”. Todo terminó más tarde a la venezolana: se salieron del guión, prepararon un buen sancocho y hubo una caimanera entre jóvenes que estaban al margen de la violencia, pero que hasta la fecha no podían aproximarse a las áreas vecinas sin correr riesgos. Ahí comprobaron que la comunicación también podía ser un arma poderosa. 

De las comisiones no sólo surgió el diálogo. La gente se organizó para efectuar operativos conjuntos de limpieza y jornadas sociales. Hay otro logro que llena de orgullo a las mujeres: la instalación del alumbrado público. El trabajo que por más de 25 años ha realizado en la zona el padre jesuita José Virtuoso, director del Centro Gumilla, se refleja en las nuevas tradiciones que reúnen hoy a los dos sectores en momentos especiales del año. Una es la instalación del pesebre en Navidad, el cual se despliega en el punto fronterizo entre Portillo y La Quinta: “Lo celebramos con una gran parranda”, dicen Carolina Martínez y Margarita Guevara. 


Ya lo han hecho en tres oportunidades. La programación de Semana Santa también los acerca. El último Domingo de Ramos, por ejemplo, Virtuoso presidió una Caminata por la Paz en La Ribereña. Participaron niños vestidos de blanco. 


El objetivo: irradiar el mensaje de la convivencia a otros lugares vecinos todavía sumidos en conflicto. 


Que la iniciativa por la convivencia prosperara en Catuche no es una casualidad para Virtuoso. La comunidad fue un emblema de organización en la década de los noventa para la ejecución de proyectos de vivienda popular. En Portillo, las familias residen en edificios que fueron construidos como parte de un programa de sustitución de casas de alto riesgo. Otras que fueron levantadas del mismo modo se perdieron cuando creció la quebrada con la vaguada de 1999. 


“La gente no se amilanó y llegó a un acuerdo con el Consejo Nacional de la Vivienda. Si la comunidad conseguía los terrenos, las autoridades los ayudarían con los proyectos.

Así se construyeron nuevos edificios en la Puerta de Caracas”, relata el sacerdote. La conclusión es clara: “Hay tejido social, hay gente que tiene la costumbre de reunirse, de organizarse, de ejecutar tareas”. 


Hoy las comisiones se reúnen quincenalmente por separado y tienen una cumbre una vez al mes. “Si hay una emergencia nos vemos de inmediato”, afirman las madres de Catuche, que ríen cuando se les compara con las Naciones Unidas. Mantienen abiertos los canales de comunicación para recibir las inquietudes de los muchachos. No se engañan: mantener el diálogo ha sido un proceso difícil, con altas y bajas, que ha constituido una prueba personal de gran exigencia. Profesores del posgrado de Psicología Clínica Comunitaria de la UCAB las asisten. Los investigadores que analizan la experiencia no dejan de tomar notas sobre la capacidad que han tenido las mujeres para enfrentar situaciones de máxima tensión. Por eso Llorens y Souto coinciden en la importancia de que dispongan del mayor acompañamiento institucional. 


De la galería de recursos a los que han echado mano, destacan uno: “Debemos ser imparciales”. Ha sido un criterio que las ha mantenido de pie en medio de aguas turbulentas. Las recompensas que han obtenido les hacen pensar que el esfuerzo ha valido la pena: “Antes eran tiros de aquí para allá y de allá para acá todos los día. No podíamos dormir. Si estabas fuera del barrio tenías que llamar para saber si había tiroteo”. A todas les contenta el haber podido recuperar finalmente la posibilidad de celebrar la llegada del Año Nuevo en la calle. Pero hay otros cambios importantes: la mayoría de los muchachos se integraron actividades deportivas o se encuentran distanciados de la violencia. Las comisiones mantienen el trabajo porque saben que la tranquilidad que lograron debe ser cuidada como el bien más frágil del mundo, uno que no debería perderse con tan sólo otro tiro.

 David González

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