La ‘hiperpaternidad’ (SOBREPROTECCIÓN) es una tendencia, y un problema que se extiende como una epidemia entre las familias, y que preocupa a psicólogos y expertos en educación. El concepto ha sido analizado en profundidad por la escritora y divulgadora Eva Millet en su estudio ¿Hijos perfectos o hipohijos?. El artículo que se ofrece propone, sin duda, la lectura del libro. Hay dos estilos educativos familiares, permisividad y sobreprotección, que normalmente van de la mano y se alternan. Ambos con efectos nefastos en la crianza. Y ambos cuentan con una excelente conformidad entre cada vez más familias bombardeadas con este paidocentrismo aderezado con la psicología «positiva» (el hijo- altar). El fenómeno además se desarrolla en paralelo al «adelgazamiento» de las familias, que suele implicar que el número de hermanos ha disminuido drásticamente. Para justificarse se evocan los terribles efectos del estilo autoritario en el que otras generaciones fueron educados (algo que no está tan claro ya en la generación que practica esta sobreprotección). No hay nada tan nefasto como un hijo abandonado o un niño apéndice del padre o de la madre, asfixiado por sus expectativas y proyecciones. Así que de vez en cuando, hacemos en este blog el recordatorio de esto. (manuelaraus)
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Padres que discuten con profesores por una nota, que intervienen en conflictos entre compañeros o que organizan la vida de sus hijos al milímetro, desde las extraescolares hasta las relaciones sociales. Son escenas cada vez más habituales en colegios e institutos y que responden a un fenómeno con nombre propio: la hiperpaternidad, un modelo de crianza basado en la sobreprotección y la implicación constante de los adultos en la vida de niños y adolescentes.
El concepto ha sido analizado en profundidad por la escritora y divulgadora Eva Millet en su estudio ¿Hijos perfectos o hipohijos?, donde describe una forma de educar marcada por la obsesión por el bienestar y el éxito infantil. Según explica, se trata de una crianza en la que los padres “no toleran que sus hijos sufran, se equivoquen o se frustren”, y en la que cualquier dificultad es rápidamente neutralizada por el adulto. El problema, advierte, es que esta intervención constante acaba teniendo un efecto contraproducente.
Millet señala que estos padres “confunden amor con control” y que, en su intento de proteger, terminan limitando el desarrollo emocional de los menores. El resultado son niños y jóvenes con menos herramientas para afrontar la vida adulta: menor autonomía, más inseguridad y una baja tolerancia a la frustración. De ahí el término “hipohijos”, con el que la autora se refiere a menores que, pese a crecer rodeados de atención, llegan a la adolescencia con carencias emocionales importantes.
La preocupación no es solo social o educativa, también científica. La psicología lleva años estudiando este estilo parental bajo el concepto de helicopter parenting, muy cercano a la hiperpaternidad. Una revisión publicada en la revista Frontiers in Psychology alerta de que este tipo de crianza se asocia de forma consistente con problemas de salud mental en jóvenes, especialmente ansiedad y síntomas depresivos. El estudio concluye que “la implicación parental excesiva puede interferir con el desarrollo de la autonomía y la autorregulación”, dos habilidades clave para el bienestar psicológico.
Los docentes, los que más sufren este fenómeno
Uno de los ámbitos donde más se percibe este fenómeno es el educativo. Profesores y orientadores describen un aumento de conflictos con familias que cuestionan decisiones académicas, sanciones o incluso la forma de impartir clase. Para los expertos, el mensaje implícito que reciben los alumnos es peligroso: que siempre habrá un adulto resolviendo los problemas por ellos. Según la investigación de Frontiers in Psychology, este patrón puede generar jóvenes con menor sensación de competencia personal y mayor dependencia emocional de sus padres.
La paradoja es evidente. Muchos padres hiperinvolucrados actúan movidos por el miedo: miedo al fracaso escolar, al sufrimiento emocional o a que sus hijos “se queden atrás”. Sin embargo, los estudios muestran que este control constante puede intensificar precisamente aquello que se quiere evitar. Tal y como apuntan los estudios, los jóvenes educados bajo este modelo tienen más dificultades para tomar decisiones y enfrentarse a situaciones nuevas sin experimentar ansiedad.
Eva Millet insiste en que no se trata de dejar de acompañar, sino más bien de aprender a soltar. “Educar también es permitir que los hijos se equivoquen y aprendan de sus errores”, sostiene en su análisis, donde subraya que la frustración forma parte del crecimiento.
Los especialistas en educación coinciden en la necesidad de recuperar un equilibrio entre apoyo y autonomía. Implicarse en la vida escolar sigue siendo fundamental, pero sin invadir el espacio que los niños y adolescentes necesitan para construir su identidad.
