Crece el número de escuelas que imparten habilidades manuales para fomentar la creatividad y la autonomía de los estudiantes. Es curioso que lo que se denigró en muchas escuelas «tradicionales» (coser, cocinar,…) pase a estar ahora en el candelero avalado por no se cuántos estudios y recomendado por la OCDE en sus informes educativos. Lo de los huertos escolares en los entornos urbanos tiene ya mucho recorrido. No debemos olvidar que la palabra «cultura» tiene su origen, no casual, con la palabra «cultivo». Se aduce un argumento de evidente sentido común: que la escuela prepare para la vida (Habría que preguntarse ¿para qué vida?, y esto también debería formar parte del currículum de la escuela). Pero si esto resulta innovador ahora es porque evidentemente lo que estamos viendo a diario es perderse habilidades manuales básicas que normalmente ya venían aprendidas: doblar un papel, recortar, forrar un libro (o cualquier cosa), pintar o rotular sin salirse de la línea, pegar, organizar el material, mantenerlo en disposición de usarse y cuidarlo, como las herramientas de trabajo que son,… Las manos (y con ellas el trabajo manual) son posiblemente el mayor y mejor desarrollador de la inteligencia que tenemos los seres humanos, con lo que ello implica de contacto directo con la materia y con los demás seres humanos. En fin. He aquí un relato sobre una pedagogía que pasa por innovadora recuperando aquello que el currículo escolar actual ha convertido en residual o marginal (manuelaraus)

En Irlanda, el Transition Year es un curso puente no obligatorio equivalente a cuarto de la ESO en España. Durante ese año, los centros reducen las asignaturas tradicionales y apuestan por experiencias más prácticas, con el objetivo de reforzar autonomía y habilidades para la vida adulta. Himba Morrisey, alumna madrileña de madre española y padre irlandés, decidió probar la experiencia un trimestre. “Lo que más me sorprendió fue que las clases eran mucho más prácticas que en España. Podía estudiar asignaturas muy variadas, como carpintería, metalurgia, informática o economía doméstica. Elegí esta última, tres horas a la semana, la misma que un par de años después eligió mi hermano Daren, en la que nos enseñaron, por ejemplo, a cocinar. Y nos encantó”, afirma.
Cada vez son más las voces que reclaman la vuelta de las habilidades prácticas, durante años relegadas por considerarse propias del pasado, como coser un botón, preparar un menú, arreglar una silla o cultivar tomates. Los expertos creen que la escuela debe reforzar las competencias manuales o house skills como se las conoce en inglés, que conectan el conocimiento con la vida cotidiana y refuerzan la independencia.
Al igual que en Suecia, Noruega y Dinamarca, la educación manual forma parte del currículo obligatorio. Los estudiantes trabajan madera, metal o textiles, planifican proyectos, organizan su espacio y cuidan sus materiales. No son manualidades aisladas: aprenden a medir, reparar, gestionar herramientas y aplicar la teoría. Los docentes destacan que este enfoque interioriza los conceptos teóricos y desarrolla paciencia, autonomía y creatividad.
En España, esa mirada más práctica empieza a abrirse paso, aunque todavía no forma parte del núcleo del sistema educativo. La iniciativa con mayor arraigo son los huertos escolares, convertidos en auténticas aulas al aire libre. Según el primer diagnóstico estatal del proyecto Enredándonos (2025), hay al menos 4.458 centros con huerto —alrededor del 16 % de las escuelas españolas— y se estima que la cifra real podría llegar a 5.00 o 6.000 si se incluyen proyectos no formalizados. Solo en los 278 colegios que respondieron al cuestionario detallado, más de 56.000 estudiantes participan activamente en actividades vinculadas al huert
En Madrid capital, con una red de más de 250 centros adscritos a ese proyecto, destaca el CEIP Joaquín Costa (Arganzuela), el colegio público más grande de la comunidad, con unos 1.400 alumnos. Su huerto no es novedad, sino un proyecto con casi 30 años de recorrido, que puso en marcha, junto con un pequeño bosque, uno de sus profesores más queridos, Baltasar Sánchez, Balta para sus alumnos. Aunque ya jubilado, Balta sigue pasándose de vez en cuando para comprobar cómo crecen su huerto y su bosque, convertidos en seña de identidad del colegio.
El coordinador actual, Carlos Negral, explica que el proyecto se ha mantenido vivo adaptándose a los nuevos tiempos. En los últimos años se ha reforzado con el programa Huertos Escolares del Ayuntamiento de Madrid, que aporta formación, planteles y apoyo técnico. Una empresa de jardinería prepara la tierra al inicio de curso y a lo largo del mismo resuelve incidencias de riego o mantenimiento.
En un centro de estas dimensiones, la organización es flexible: no hay periodicidad fija de visitas; cada nivel baja cuando encaja con su programación. La clave es que la experiencia esté conectada con el aula. “Funciona como una extensión natural de la clase”, explica Negral. “Cavar, plantar, tapar con tierra y regresar semanas después para observar el crecimiento convierte un contenido teórico en una experiencia que se recuerda”. El proyecto se complementa con la iniciativa Guardianes de Semillas, que promueve el cultivo de variedades autóctonas. Gracias a ella, el centro ha plantado habas de Perales de Tajuña y otras semillas tradicionales. La cosecha —lechugas, acelgas, coles o habas— se utiliza con fines didácticos y, de manera simbólica, también llega al comedor escolar. “No se trata de abastecerlo, sino de cerrar el círculo y dar sentido al proceso”, aclara Negral.
Rotación de entornos
Los expertos señalan que estas iniciativas dejan de ser anecdóticas y cobran más relevancia cuando se integran en el proyecto pedagógico del centro. Es lo que han hecho en la Escola Pública Jaume I, en el corazón del barrio de Sants, en Barcelona, con sus espacios de aprendizaje. El alumnado rota por entornos específicos coordinados por los tutores: aula literaria, marquetería, arte, impresión 3D o el coixidor, un taller de costura con mucho éxito. “En él, los más pequeños aprenden a dar puntadas y realizan proyectos sencillos, mientras que los cursos superiores han asumido retos como confeccionar el vestuario completo de un musical escolar”, desgrana el director del centro, Joan Clop. La propuesta ha sido tan bien recibida que la AFA ha puesto en marcha, por su parte, una actividad extraescolar de costura que tiene lista de espera.
Pero sin duda, uno de los espacios más representativos de esta escuela es su aula de cocina. “La iniciativa surgió a partir de la experiencia en el Soporte Intensivo para la Escolarización Inclusiva (SIEI), explica Clop, donde el alumnado con necesidades educativas especiales realizaba talleres culinarios sencillos. “El éxito de aquella experiencia nos llevó al equipo docente a ampliarla a todo el centro”, señala el director. Tras casi un año de planificación, diseñaron una cocina totalmente equipada y adaptada a la altura de los niños, con electrodomésticos y menaje reales. Allí no solo preparan todo tipo de platos, sino que además elaboran sus propios recetarios y también aprenden a organizarse, colaborar y responsabilizarse del cuidado del espacio común.
Cocinar, coser o cultivar no son solo actividades lúdicas: son habilidades que preparan a los alumnos para la vida, conectan la escuela con la realidad y devuelven sentido a lo que aprenden.
