ESCUELA DE BARBIANA

Documental que describe la renovación pedagógica del maestro y cura Lorenzo Milani en los años 60 en un pequeño pueblo italiano. Por el cambio social, político y educativo.

LORENZO MILANI Y LA ESCUELA DE BARBIANA

Por Ismael Vidales Delgado

No son muchos los maestros  que saben de la Escuela de Barbiana, de ahí que este breve texto puede despertar en muchos el interés por conocer esta extraordinaria experiencia pedagógica ocurrida después del periodo fascista en una aldea marginal italiana. Carta a una profesora es el libro que relata la experiencia creada y dirigida por un sacerdote de nombre Lorenzo Milani, a quien la superioridad eclesiástica había desterrado a este ignoto lugar. La obra se encuentra en las librerías desde hace muchos años esperando que los maestros y los curas se animen a leerlo.

Carta a una profesora fue escrito por ocho alumnos de la Escuela icaron a una hipotética profesora tradicional de la que no esperan respuesta. Consiste en una extensa carta que describe un conjunto de hechos que ejemplifican lo que no debe ser ni una clase, ni el ambiente de un aula, ni una maestra, y deja constancia de diversos aspectos pedagógicos que les preocupan.

Milani nació en Florencia en 1923 y murió en 1967. Provenía de una familia burguesa, culta y liberal. Estudió sacerdocio y se convirtió en un extraordinario pedagogo que hizo fuertes críticas a la educación desigual de esa época que aprobaba a los ricos y expulsaba o reprobaba a los pobres.

Se inició en el magisterio por amor a los pobres, fundó una escuelita popular en su pueblo natal, Calenzano, lo cual incomodó a sus superiores, quienes ordenaron su traslado a la aldea inhóspita de Barbiana, donde en 1954 creó un modelo pedagógico parecido al de la liberación de los oprimidos de Paulo Freire, a la escuela activa de Rousseau y de Pestalozzi y al moderno constructivismo que tanto admiramos hoy día. Milani fue un iluminado, un visionario pedagógico.

La Carta a una profesora denuncia la discriminación que sufren los pobres en las escuelas cuando son rechazados, siendo que ellos son quienes más las necesitan; es como si un hospital curara a los sanos y rechazara a los enfermos, decía Milani.

Él denuncia las prácticas grotescas de los profesores que se ensañan con los alumnos más desprotegidos y vulnerables debido a su condición de pobreza, y les llenan su cuerpo de pellizcos, la cabeza de coscorrones y sus libretas de tachaduras; y todavía tienen la desvergüenza de informar a los padres que su hijo “no tiene cabeza para el estudio”, y el padre ignorante y humilde lleva a su mujer la triste noticia de “nos tocó un hijo que no sirve para la escuela”, lo mejor será llevármelo al trabajo.

Por el contrario, la Escuela de Barbiana sostiene que la alternativa es “abrirse el camino a codazos”, como se expresa en sentido figurado.

Un pilar fundamental de esta Escuela es la fuerza transformadora de la palabra. Al manejarla, los pobres serán capaces de elaborar una nueva cultura y de construir una nueva sociedad. La diferencia radica en el lenguaje, ya que a los pobres se les margina por seguir hablando su dialecto.

Los hijos de los campesinos arrastraban un desfase cultural histórico con respecto a los hijos de los burgueses, y por eso debían recuperar el tiempo perdido. Era necesario que la escuela fuera una herramienta que los capacitara para competir en la vida adulta en condiciones de igualdad. Por eso, no había tiempo que perder. Sobre este asunto, los autores de la carta a una profesora hacen una crítica a la actitud de los profesores de las escuelas oficiales.

“Pero ustedes -les decían- son unos miserables educadores, pues ofrecen 185 días de vacaciones contra 180 de clases. Cuatro horas de enseñanza contra doce sin enseñanza. El estúpido director que entra en el aula y dice: El superintendente decretó vacaciones también el 3 de noviembre, es acogido con gritos de alegría y se sonríe muy complacido. Si ustedes presentan el estudio como un mal, ¿cómo podrían quererlo los muchachos?”

En Barbiana se le daba un gran valor al tiempo. Eso se expresaba en un trabajo de doce horas diarias durante todos los días del año, sin fiestas ni vacaciones: “…todos los muchachitos iban a estudiar donde el cura. Desde la madrugada hasta que anochecía, en verano y en invierno.”
Otra estrategia pedagógica importante en esta nueva escuela fue la de no suspender ni reprobar a nadie, ni considerar que hubiera alumnos incapacitados para estudiar.

La Escuela de Barbiana acepta, incorpora y forma a estos alumnos rechazados, pero éste no es más que el primer paso. La práctica educativa cotidiana se hace ahí a contrapelo, casi tomando como modelo la escuela tradicional, para hacer todo lo contrario.

Decía Millán, respecto de su escuela “Todos son incluidos en ella: pero quien no tenía las bases, quien era lento o desganado, se sentía predilecto. Era tratado como ustedes tratan al mejor alumno. Parecía que toda la escuela fuese para él. Hasta que él entendiera los demás seguían adelante.”
En este modelo educativo, el maestro juega un nuevo papel, actúa como un maestro capaz de revalorar a los alumnos, motivarlos, desarrollar su creatividad, orientarlos. Muchos de los alumnos se convertían en maestros.

“De pronto ni nos dábamos cuenta cuando uno de nosotros, sólo más grande que los demás, ya estaba enseñando al año siguiente, ya era maestro…”, cuenta un exalumno de Barbiana. “Para recorrer un atlas o explicar los quebrados no se precisaba título universitario. Si me equivocaba en algo, no importaba. Era hasta un alivio para los más chicos. Estudiábamos juntos. Las horas pasaban tranquilas y nadie se asustaba ni se acobardaba.”
En Barbiana los alumnos consideraban que el verdadero papel del profesor es compartir todo su saber sin mezquindades. Se fomentaba un gran espíritu de compañerismo.

Habla otro alumno “… Aprendí que el problema de los demás es igual al mío. Salir de él todos juntos es la política. Salir de él solos es avaricia. En época de exámenes tenía ganas de mandar al diablo a los demás chicos y estudiar para mí. Yo era un muchacho como los de la escuela tradicional, pero en Barbiana no podía confesarlo, ni a los demás ni a mí mismo. Me tocaba ser generoso aún cuando no lo era.”

Había reglas específicas para escribir un texto: “En Barbiana había aprendido que las reglas para escribir son las siguientes: tener algo importante que decir, o sea, útil para todos o para muchos. Saber a quién se dirige el escrito. Recopilar todo lo que sirve para la redacción. Encontrar una lógica para ordenarlo. Quitar toda palabra que no usamos hablando. No fijarse límites de tiempo.”

Así como la escritura tenía un sentido en sus vidas, también lo tenía la historia. Mientras que en las escuelas oficiales se enseñaba la historia de los reyes y gobernantes, a la vez que se presentaba que los buenos eran los vencedores y los malos eran los vencidos, las penas y las luchas de los trabajadores, se pasaban por alto o se las apartaba en un rincón. “Cuidadito a quien no guste de los generales o de los fabricantes de armas. En el libro de historia reputado como el más moderno, Gandhi aparece descrito en 9 renglones. Sin una mención a su pensamiento y menos aún a sus métodos”.

Asimismo, la Escuela de Barbiana hizo una fuerte crítica a la práctica tradicional de las escuelas oficiales para evaluar el conocimiento de los alumnos por medio de exámenes orales. Considera que éstos no implican enseñanza.

Señala Milani: “En el examen oral la clase está sumida en la ociosidad o en el terror. Hasta el chico que pasó al frente está perdiendo el tiempo. Trata de disimularlo. Abandona las ideas que entendió menos e insiste en las que conoce mejor… No hay que callarse nunca. Hay que llenar los huecos con palabras huecas. Repetir las opiniones de los autores aparentando haberlas leído en los textos originales.”

Lapidario, decía Milani “La enseñanza que selecciona, destruye la cultura. A los pobres les quita el medio de expresión, a los ricos les quita el conocimiento de las cosas”.

Los alumnos de Barbiana

En 1967, un grupo de ocho alumnos escribió una especie de manifiesto colectivo que, si bien –como dijimos antes– estaba destinado a una profesora imaginaria, interpelaba a los maestros reales que habían conocido en su historia de fracasos escolares, al sistema educativo y, en última instancia, a la sociedad que les había reservado el peor lugar y el peor futuro: la pobreza, la marginación, la desposesión.

Poco tiempo después (1968) las revueltas estudiantiles que conmoverían a Italia, a Francia (recordemos el “Mayo francés”), a Berlín, al Distrito Federal, recuperarían algunas de las frases de aquella larga carta para transformarlas en consignas estudiantiles contra una educación que consideraban absolutamente funcional reproductora y defensora de los intereses de las clases privilegiadas.

“No a la escuela de clases”. “No a los intereses patronales”. “No a la neutralidad que es complicidad”, fueron algunas de las frases que dispararon los estudiantes para agitar y organizar su movilización.

Carta a una profesora fue un documento que denunció el carácter de clase de la escuela italiana de entonces y enjuició al sistema educativo y político en su conjunto.

Desde 1954, Lorenzo Milani se hizo cargo de la escuela de Barbiana. No se trataba de un cura común, pero tampoco de una solitaria excepción. A mediados de los sesenta, obispos y sacerdotes de muchos países comenzaban a plantear la necesidad de que la iglesia llevara a la práctica su “opción por los pobres”. Se trataba del movimiento de la Teología de la Liberación o de los curas del Tercer Mundo.

Milani entendió la realidad de aquella pobre aldea de su país. El mérito de su obra es que concibió una escuela con amor al prójimo, favoreció el encuentro, la palabra y el aprendizaje autónomo de los estudiantes que llegaban allí con sus fracasos escolares en los institutos oficiales a cuestas.

El trabajo de Milani confrontó la restricción y el verbalismo manipulador con el diálogo. Era un pedagogo nato que escuchó las razones de sus estudiantes, que le mostraban cómo sus fracasos no les pertenecían a ellos sino al sistema que estaba diseñado para expulsarlos. Los jóvenes, entre trece y dieciséis años, eran expulsados por “tontos”, porque no aprendían, porque no tenían cabeza para el estudio, porque no tenían remedio, ni era conveniente invertir dinero en educarlos.
En la Escuela de Barbiana entendieron que su problema no era individual. Comenzaron a entender las causas económicas, sociales y políticas que determinaban su situación de desventaja.

También aprendieron a conquistar las palabras que les permitirían hacer pública su situación y reclamar justicia. Milani -según cuentan- los recibía diciéndoles que en la escuela conocerían doscientas palabras, pero que el patrón conocía mil. Y ésta era, concluía, una de las razones por las cuales seguía habiendo patrones y esclavos. Para Milani, la educación sólo podía concebirse como diálogo de los que no tienen voz y como instrumento para su liberación. (Gran parecido con la pedagogía de Freire).

No es fácil responder en qué medida estas cartas escritas por jóvenes campesinos que empezaban a descubrir el mundo en aquella escuelita de una aldea pueden todavía interpelarnos, casi cuatro décadas más tarde.



Carta a una profesora (fragmentos)

“Querida señora:
Usted no se acordará de mí, ni de mi nombre. Eliminó a tantos. Yo, en cambio, me acuerdo a menudo de usted, de sus colegas, de esa institución que ustedes llaman escuela y de los muchachos que ustedes “rechazan”.

Hace un año, en primero de Normal, yo me volví tímido frente a usted. Por cierto la timidez me acompañó toda la vida. Cuando era chico, no levantaba los ojos del suelo. Me pegaba a las paredes para que no me vieran. Al principio pensaba que era una enfermedad mía o a lo sumo de mi familia. Mamá es de las que se asustan ante un formulario de telegrama. Papá observa y escucha, pero no habla.

Más tarde creí que la timidez era el mal de la gente de montaña. Los campesinos de la llanura me parecían seguros de sí mismos. Los obreros, ni qué hablar. Ahora veo que los obreros dejan a los hijos de papá todos los puestos de responsabilidad en los partidos y todas las bancas del parlamento.

Por lo tanto son como nosotros. Y la timidez de los pobres es un misterio más antiguo. Yo no sé explicárselo porque estoy adentro. Tal vez no sea cobardía ni heroísmo. Es sólo falta de prepotencia […].

En primaria el Estado me ofreció una escuela de segunda categoría. Cinco clases en una sola aula. Una quinta parte de la escuela a la que yo tenía derecho. La peor escuela es para los pobres, desde chiquitos […].

La Escuela de Barbiana, cuando llegué, no me pareció una escuela. No había escritorio, ni pizarrón, ni bancos. Sólo grandes mesas que servían para ponerse a estudiar y para comer.
De cada libro había solo un ejemplar. Los chicos se amontonaban para leerlo. Ni nos dábamos cuenta cuando uno de nosotros, apenas más grande que los demás, ya nos estaba enseñando.
El mayor de los maestros tenía dieciséis años. El menor tenía doce, me llenaba de admiración. Desde el primer día decidí que yo también iba a enseñar […].

Allí también era dura la vida. Era tanta la disciplina y tales los escándalos que se armaban, que a uno se le iban las ganas de volver.

Pero quien no tenía las bases, quien era lento o desganado, se sentía el predilecto. Era tratado como ustedes tratan al mejor alumno. Parecía que toda la escuela fuese para él solamente […].
Además, enseñando uno aprendía muchas cosas.

Por ejemplo, aprendí que el problema de los demás es igual al mío. Salir de él todos juntos es la política. Salir de él solo es la avaricia […].

No vino ninguna de las niñas de las aldeas. Tal vez por lo dificultoso de los caminos. Tal vez por la mentalidad de los padres. Creen que una mujer puede vivir también con un cerebro de gallina. Los machos no le piden que sea inteligente. Esto también es racismo […].

Manuel tenía 15 años. Un metro setenta de altura, humillado y adulto. Los profesores lo habían decretado imbécil. Querían que repitiese primer año por tercera vez.

Juan tenía 14 años. Distraído y alérgico a la lectura. Los profesores sentenciaron que era un delincuente. Y no estaban tan errados, pero ésa no es una razón para que se lo saquen de encima […].”

Bibliografía

Milani, Lorenzo (1995). Dar la palabra a los pobres. Madrid: Acción Cultural Cristiana.
Alumnos de Barbiana. Carta a una profesora (2000). México: Ediciones Quinto Sol.

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