Enganchados a la teleniñera

Es cómoda, económica, siempre que la necesitamos está ahí y nunca pide aumento de sueldo. Puede que a veces no sea la más educada del mundo. O que le encante que la gente se pelee y grite cuanto más alto, mejor. Incluso que le dé por convencernos para que compremos productos de lo más peregrino.


Pero lo cierto es que mantiene a los más pequeños a raya, y cuando se acaba de llegar de la oficina y toca preparar baños, cenas y coladas, eso suena a gloria. Al menos, es la opinión del 97% de padres que fueron consultados en una encuesta de la web babycenter.com, en la que reconocieron por mayoría que dejaban ver la televisión a sus hijos pequeños para poder descansar, aunque ese tiempo de “descanso” adulto, en realidad, se empleara en realizar tareas domésticas.

Otros datos parecen confirmar esa misma teoría que dice que sin la tele seríamos incapaces de ocuparnos de casa, trabajo e hijos. Por ejemplo, que los niños españoles pasan 990 horas anuales delante este aparato, frente a las 960 horas que están en el colegio, según revela el estudio “El libro blanco: la educación en el entorno audiovisual”. Una de las razones que explicarían esos datos es que la tele no cierra en vacaciones. De hecho, es en períodos vacacionales como la Semana Santa cuando más horas televisivas consumen los niños. 

Y no quedan ahí los datos llamativos: el estudio “La Generación Interactiva en España” concluye que casi el 40% de los pequeños tiene televisión en su cuarto. O que cuando se les pregunta por el tiempo que dedican a verla, un 12% pierde la cuenta: no sabe medir el tiempo de visionado. Mientras, otra investigación, esta del Institut de Creativitat i Innovació Educatives de la Universitat de Valencia, nos recuerda que el 30% de los menores dice que lo primero que hace nada más llegar a casa es encender la televisión. Solo el 18,8% juega.

La influencia de la “caja tonta” Para algunos expertos, las consecuencias de estas cifras ya se aprecian. “La infancia se está reduciendo de una forma tremenda a costa de anticipar la adolescencia, y la televisión tiene mucho que ver en ello”, explica Petra Pérez, catedrática de Teoría de la Educación de la Universitad de Valencia. “Recuerdo que en mis primeros estudios, los niños jugaban hasta los 12 años. Ahora a los nueve o 10 dejan de jugar. Y cuando son más pequeños, juegan mucho menos que antes, porque dedican ese tiempo a la televisión.

Sin embargo, el juego con otros niños es importantísimo. A través de él aprenden a imaginar, que es fundamental para su competencia emocional. Pero también a evocar, a experimentar, a respetar la norma…”, continúa diciendo. “La televisión no da nada de eso. Por el contrario, a través de ella los niños se apropian de conductas adultas que se les presentan de manera muy atractiva, porque no hay que olvidar que ofrece una visión panorámica de la realidad, pero no es la realidad, y el problema es que ellos creen que lo ven en la ficción es lo real, lo acaban normalizando porque no tienen una actitud crítica frente a ella”, concluye.

Esa actitud crítica de la que habla es la misma que la directora del Observatorio Europeo de la Televisión Infantil (OETI), Cristina Tresserres, cree que habría que fomentar. “Lo importante, además de que los contenidos sean los apropiados a su edad, es que los niños sepan interpretar lo que están viendo. Que entre todos seamos capaces de convertirlos en personas críticas y activas.

Por ejemplo, en los países nórdicos, más avanzados que nosotros en alfabetización mediática, el currículum escolar incluye una asignatura de medios. En el OETI trabajamos desde hace 15 años para sensibilizar a la sociedad en este sentido, desde los productores de contenidos hasta las familias, los niños y las escuelas”, explica.

Cuestión de responsabilidad

Tres elementos (familia, escuela y productores de contenidos) son los que los especialistas señalan como fundamentales a la hora de calibrar la influencia de la televisión en los niños. Cuando en 2004 las cadenas generalistas firmaban el denominado “Código de autorregulación de contenidos televisivos e infancia”, con el que se pretendía un mayor compromiso para cumplir con la normativa vigente y fomentar una oferta audiovisual adecuada para la infancia, parecía que la responsabilidad de qué ven los niños recaía, principalmente, en las cadenas.

Sin embargo, con la llegada de la TDT, la pelota volvía al tejado de los padres. “Ahora, con la llegada de los canales específicos para niños, puedo estar más de acuerdo o no con los valores de las series que emiten, pero sé que en ellos no me va a salir de repente una Belén Esteban peleándose con el vecino”, explica Carmen Galera, profesora de Investigación de Audiencias de la Universidad Rey Juan Carlos. “Es un cambio significativo, aunque eso no quiere decir que no debería haber una mayor concienciación sobre los derechos de la infancia en las cadenas generalistas, al menos en los horarios de especial protección, de ocho a nueve de la mañana y de cinco a ocho de la tarde”, explica.

¿Buena o mala?

Tamara Vázquez Barrio, profesora de Opinión Pública e investigadora del Centro de Estudios e Investigación sobre la Comunicación y la Infancia de la Universidad San Pablo CEU, también cree que la llegada de la TDT ha favorecido que la cantidad de productos televisivos para los niños haya aumentado, aunque eso no nos libre de la supervisión: “Un problema que plantean estos canales es que, al estar dirigidos a niños, los padres pueden bajar la guardia. Sobre todo porque se identifica dibujo animado con niño, cuando hay series para adultos.

El ejemplo más claro es “Los Simpson”, que siempre aparece en el ranking de las series más vistas por los niños sin estar dirigida a ellos. Muchas veces no comprenden su ironía y se quedan con el modelo de un padre como Homer, por ejemplo”. Entre los “males” de la televisión, los estudios citan el fomento de la obesidad, multiplicar la predisposición a laviolencia, reducir la interacción entre padres e hijos, etc.
Sin embargo, los especialistas también encuentran virtudes. Solo hay que saber utilizarla.

“Producciones españolas, como Pocoyó o los Lunnis, se cotizan al alza porque son muy buenas. Muchas incluso cuentan con pedagogos en sus equipos de trabajo y fomentan valores positivos. A veces somos demasiado alarmistas, pensando que nuestros hijos acabarán trastornados por la tele, cuando el problema es que se vea sin control ni orientación. Incluso los mensajes negativos pueden servir para abrir un debate que, de otra forma, no se produciría”, dice Tamara Vázquez. “La televisión también es un medio de aprendizaje si hay un mediador que ayude al niño a interpretar lo que ve”, continúa Carmen Galera. De hecho, según la directora del Observatorio Europeo de la Televisión Infantil, Cristina Tresserres, bien utilizada se convierte en un elemento importantísimo de formación. ¿Ángel disfrazado de demonio o demonio disfrazado de ángel?

| 01 may 2011

 MUJERHOY.COM – BEATRIZ GONZÁLEZ

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