EDUCAR COMO EN EL SIGLO XIX A LOS ESTUDIANTES DEL SIGLO XXI

 

Como en una especie de pesadilla que se repite sin parar veo pasar siempre las mismas cosas; escuchando a docentes, directivos y hasta “especialistas” esgrimir posiciones y argumentos que verdaderamente ya me parecen insostenibles a esta altura del siglo XXI. No podemos más educar a las nuevas generaciones con contenidos y métodos del siglo XIX: el mundo no lo resiste!

Ya que vengo dedicándome a escribir últimamente dentro de la saga que llamo “verdades incómodas”, pensé en iniciar una lista de todas aquellas prácticas que creo que deberían ser desterradas absolutamente y para las que sería necesario dejar de dar argumentos que ya no explican su supervivencia. Es probable que algun@s no coincidan con toda la lista, así que les propongo sumar sus ideas a ella.

En lo particular, creo que lo que hoy no debería sobrevivir en la escuela sería:

Clases centradas en la repetición de información: docentes al frente de un aula repitiendo lo mismo que se dice en un libro o datos que se googlean y obtienen en un segundo. Y no me refiero a que tengan que dejarse de lado las exposiciones sobre temas relevantes que ayudan y aclaran, pero cada vez deberían ocupar menos tiempo dentro de las jornadas escolares y nunca deberían reiterar información que se consigna en otro lado.

Exámenes tradicionales: en ellos se parte del supuesto de que el alumno “no sabe”, “no estudia” y que es necesario ejercer un poder policía para controlar la lectura o la mecanización de procedimientos producto de permanentes ejercitaciones tediosas. Sencillamente, la evaluación no debería hacerse mediante exámenes. Nos llenamos la boca con discursos referidos a la evaluación de procesos para terminar aplicando sistemas que solo sacan falsas radiografías estáticas de lo que decimos que es aprender cuando sabemos que no lo es.

Las materias divididas por bloques fijos de horarios: la fragmentación y disociación curricular va absolutamente en contra de las tendencias actuales en los campos científicos, a donde cada vez crecen más las articulaciones disciplinares para dar respuesta a la complejidad de los problemas que se presentan y resulta imposible pensar por separado soluciones, por lo que el mundo va a hacia la convergencia de campos mientras que la escuela se queda en la fragmentación y la disociación saberes.

Cuadernos y carpetas llenos de fotocopias pegadas: en este punto hay varias cuestiones por analizar. La primera es el por qué de la fotocopia: reproducir actividades sueltas de libros, cuando ni siquiera existe autorización de hacerlo porque se violan derechos de autor, para copiar propuestas que otros han hecho para contextos que nada que tiene que ver con el propio, resultan prácticamente un sinsentido. Sin embargo, cuadernos y carpetas “engordan” de más y más fotocopias en vez de diseñar propuestas didácticas a donde los estudiantes tengan que producir de manera original.

El uso de la “lapicera de pluma”: en nombre del logro de una supuesta “morticidad fina” que los chicos hoy poseen desde que nacen cuando interactúan con un control remoto o un celular a los pocos meses de nacer, se continúa este extraño ritual que ya debería ser más de museo que de la escuela. ¿Quiénes escriben hoy con lapicera de pluma más allá de nostálgicos o “vintage”? ¿Qué sentido tiene usar un artefacto descartado culturalmente?

La exigencia de que se escriba “a mano”: a pesar de inundar de computadoras, tablets, celulares y todo dispositivo imaginable, los docentes no abandonan la perseverancia por la escritura “a mano”. Más allá de que podamos acordar en la necesidad de aprender variadas formas de escritura: ¿por qué debemos obligar a las nuevas generaciones, con sus dispositivos en mano, a escribir manualmente? Y por favor no volvamos con la cantinela de la psicomotricidad que pertenece al pasado…

Leer todos el mismo libro, con los mismos tiempos y para exponer de qué se trata a los fines de ser evaluado: como si esto fuera poco, interpretarlo de una misma manera y hacer de él un destrozo de partes que lo escolariza hasta perder su identidad y entidad literaria.

La obsesión por tener a todos los alumnos callados y quietos: este modelo tenía sentido en el enciclopedismo, cuando la enseñanza se acotaba a la mera transmisión de información proveniente del docente, y se perpetuaba un modelo de “disciplina” centrada en el control de los cuerpos (bien lo explicaba Foucault!). En la era del conocimiento y el trabajo colaborativo, ¿cómo podríamos sostener este modelo? La contradicción a la orden del día.

El uso de un único tipo de letra, en nuestro caso, la ponderación de la cursiva: la presión por el uso de la cursiva en las escuelas argentinas raya con el capricho. ¿Por qué deberíamos usar ESA letra y no otra? Cada uno puede escribir de la forma que le resulte más cómoda y adecuada para comunicarse, la finalidad de la escritura es la comunicación, no el formato de la letra…

La sanción por la mala ortografía:  en vez de enseñar a reflexionar sobre el lenguaje, la repetición mecánica de reglas y la suposición de que la buena ortografía es patrimonio de “los que leen más” y la practican a modo de ejercitación lleva a la perpetuación de un sistema que solo logra que cada vez se extiendan más los problemas en vez de encontrar las soluciones. Ni hablar de que si escribieran con procesadores de texto podrían utilizar los correctores ortográficos, que bien valdría la pena enseñar en la escuela a usarlos! No se aprende menos porque se tiene mala ortografía: es necesario separar las aguas y poder ver las cosas en su dimensión. La buena ortografía es necesaria para la adecuada comprensión de lo que se lee, ni más ni menos que eso.

Copiar del pizarrón: la práctica “unificadora” del discurso plasmada en la escritura en carpetas y cuadernos, a donde todos hacen lo mismo de la misma manera y en los mismos tiempos (para tranquilidad de los docentes) es el corazón de los modelos tradicionales de enseñanza.

La competencia y el exitismo, promovido por el sistema de calificaciones: una escuela cuya única motivación está centrada en las notas que se van a obtener, genera un sistema de competencia a donde la motivación real por el aprendizaje no tiene lugar.

Sancionar cuestiones actitudinales o de “disciplina” bajando la nota en las materias:vieja y muy arraigada costumbre, en vez de evaluar el aprendizaje se juzga desde el prejuicio por cuestiones subjetivas y se sanciona con bajas calificaciones en las asignaturas por cualquier comportamiento de orden personal.

Las humillaciones públicas a los alumnos: creer que ridiculizando a un estudiante ante otros se consigue “aleccionarlo” no se distancia demasiado del arrodillarse sobre los granos de maíz. La violencia psicológica de docentes a alumnos se equipara al castigo físico que fue eliminado hace rato, pero el otro se mantiene disfrazado de otra cosa.

El control de asistencia como forma de retener a los alumnos: una escuela que solo es capaz de retener a quienes tienen que aprender a través de artilugios burocráticos, y que no ofrece ninguna motivación diferente para pasar tiempo en ella, es definitivamente una escuela del siglo pasado.

La ejercitación reiterada y “por cantidad”: como una suerte de refuerzo por repetición bien propio del conductismo más recalcitrante, asistimos a la perpetuación de la ejercitación mecanizada y donde se identifica cantidad con calidad, naturalizando que cuanto más tarea reiterativa se lleve a cabo, más se va a “fijar” el aprendizaje.

Hasta aquí las que me parecen las principales. Si lográramos remover del sistema educativo solo algunas de estas prácticas anacrónicas seguramente tendríamos una escuela mucho mejor. Para eso necesitamos dejar de dar excusas y buscar fundamentos teóricos del siglo pasado para sostener algo que ya no tiene sentido.

De más está decir que existen tantos estudios que demuestran que estas prácticas ya no sirven como los que se esgrimen para sostenerlas: pero no se trata de investigaciones o palabras de especialistas, se trata simplemente de mirar la realidad y darnos cuenta de que si seguimos formando así a las nuevas generaciones, sencillamente los estamos condenando a no estar preparados para el mundo que les espera en su futuro.

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