Los jóvenes y la crisis

“Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.”

(Jaime Gil Biedma, “Poemas póstumos” 1968).

 

El Estado de Bienestar se ha preocupado mucho por el colectivo joven y desde hace décadas viene desarrollando políticas para atender todas las áreas que puedan potenciar a este grupo social. Los jóvenes de hoy forman parte de la generación con más oportunidades formativas que nunca, con más posibilidades de acceso a la cultura, al deporte, al ocio, al intercambio con otros países…, y sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos, sus niveles de participación comunitaria son muy bajos. También es preocupante su dificultad en la incorporación laboral para la toma del relevo generacional, ¿qué está pasando?

Es posible que este universo seguro y protegido que los adultos han creado para los jóvenes esté equivocado. Que la construcción de un sistema de protección social con todas sus ventajas también haya tenido sombras que al principio no se pudieron dimensionar. Los mayores y los adultos contribuyeron y vivieron la conquista del Estado de Bienestar y con el deseo de promover unas condiciones sociales de igualdad y oportunidad, proyectaron sus propias carencias en sus planes para las nuevas generaciones. Se volcaron en darles aquello que ellos mismos no tuvieron, en alejarles de todas las penurias que padecieron. Prepararon un continente seguro para que la juventud viviera con la libertad que ellos no tuvieron, hasta el punto de llegar a idolatrar “lo joven”. Se volcaron por y para los jóvenes y en ese ejercicio de generar oportunidades, promovieron también una actitud profundamente dependiente. 

Quizá hay una explicación que va más allá del análisis del grado de acierto o error con las políticas de juventud. Una reflexión más profunda que tiene que ver con las emociones profundas del ser humano. Quizá la efervescencia de estas décadas ha hecho que los adultos hayan entrado en una competencia inconsciente con los jóvenes porque han descubierto, en la edad adulta, los parabienes del disfrute y de la libertad. Han sido seducidos por la idolatría de lo joven, y han descubierto que no quieren dejar de ser jóvenes. Es muy sintomático ese ejercicio por mantenerse y parecer jóvenes y es la manifestación más explícita de no querer abandonar un lugar en la sociedad, de desear retener su turno generacional, por lo que inconscientemente no permiten que los verdaderos jóvenes ocupen su lugar. Están dispuestos a seguir comiéndose el mundo y con actitudes juveniles en su vida adulta han mantenido el liderazgo, en un ejercicio en el que han desplazado a los verdaderamente jóvenes hacia espacios psíquicos más infantiles. 


Fomentar la dependencia en los jóvenes, por muy perverso que parezca, ha tenido ciertos beneficios para ese colectivo adulto que disfruta de una “juventud renovada”. Cuanto más frágiles y dependientes son las nuevas generaciones mas justificado está que los adultos no puedan abandonar su posición de liderazgo. Tienen que hacerse cargo de esos jóvenes que no pueden volar por sí solos, razón suficiente que les confirma que deben continuar teniendo la iniciativa y buscando soluciones por y para otros. Es una alianza en la que unos, a pesar de los años, siguen sintiéndose y viendo como jóvenes y otros, pueden disfrutar más tiempo de ser niños. 


Dos colectivos atrapados en un juego de roles que les permite acomodarse los hábitos de vida de una sociedad ociosa y consumista. 


Este juego de roles entre grupos no es el único, hay un tercero que cada día tiene más poder por número y, junto con la sociedad adulta, deja al colectivo joven en clara desventaja. Hablamos de los mayores, los verdaderos protagonistas en la Europa del siglo XXI. 


Sabemos que la crisis económica que estamos viviendo tambalea los cimientos de la sociedad del bienestar y pone encima de la mesa las dificultades que hay para sostener ciertas prestaciones como es el caso de las pensiones. Como nunca hasta ahora, ha saltado la alarma del envejecimiento global de Europa y de la dificultad existente para una renovación generacional que sostenga el sistema. Esta evidencia obliga a planificar el futuro y es cuando, en clave de futuro, se vuelve la mirada a los jóvenes porque ineludiblemente ellos son ese futuro del sistema de bienestar. Han disfrutado de pleno derecho de todos los logros que generaciones antes cosecharon y que ahora están en juego. Los gobiernos, los mayores y los adultos cuentan con ellos esperanzados en que contribuirán a sostener el sistema creado. 


De repente los “adultos de espíritu joven” toman conciencia de que el envejecimiento es real, de que la juventud no dura siempre y de que su sentimiento joven no es más que algo subjetivo e irreal frente a la evidencia de la edad cronológica colectiva. Y de pronto, tienen que ir en contra de sus conquistas sociales y empezar a plantearse que han de aumentar la edad de jubilación y afrontar recortes en todos los órdenes hasta ahora impensables. Se han despertado de esa despreocupación por el futuro y han salido de golpe del presentismo en el que los adultos también estaban instalados. 


Los “adultos de espíritu joven” toman conciencia desde una perspectiva distinta del importante papel que el colectivo “realmente joven” tiene para la supervivencia de cualquier sociedad. Es imprescindible su vitalidad, su dinamismo, su fuerza porque eso es lo que impulsa la vida de cualquier grupo humano. Pero, ¿son así los jóvenes de las sociedades avanzadas? Desgraciadamente no lo sabemos del todo. 


En este periodo en el que les hemos desplazado en su verdadero “rol” social como jóvenes y los hemos infantilizado, se han abotargado en su impulso natural. Estar prolongadamente en una enorme antesala a la vida adulta llena de cursos, cursillos, programas, actividades y alternativas ha frenado el ímpetu joven. Un lugar en el que podían seguirse preparando sin límite hasta que pudieran ser ciudadanos de pleno derecho y totalmente independientes. Esa contención del impulso joven se ha producido en la sociedad de la abundancia, despreocupada y gozosa de los parabienes de todos los derechos y alejada de sus deberes. Instalados en un presente, seguros de que antes o después les proveerán de opciones en las que ellos solo tendrán que elegir. Son las víctimas de una sociedad henchida de satisfacción, de bienestar y de seguridad ficticia que ha inutilizado uno de los principales mecanismos de defensa para la supervivencia, la necesidad. 


Cuando un sujeto está carente, cuando tiene dificultades, el instinto de vida le lleva a compensarlas, a superarlas y buscar soluciones, a intentar adaptarse y sobrevivir en circunstancias hostiles. El ejercicio de superación es, en si mismo, un ejercicio de crecimiento. Estos hijos del disfrute no han conocido las carencias de las necesidades más primarias y han crecido en entornos seguros protegidos de cualquier riesgo. Viven en sociedades sobreestimuladas, desconocedores del poder del silencio; de las enseñanzas de la frustración; de la creatividad que ofrece el aburrimiento. No saben qué es la disciplina porque no han sido presionados por ella. Viven ajenos a la cultura del esfuerzo, embriagados por la cultura del disfrute. No conocen la imaginación que procura la escasez. Carecen de modelos de liderazgo próximo porque han asistido a la denostación de la autoridad adulta. Se han quedado hipotecados por los beneficios de la sociedad del bienestar, por la mercadotecnia del consumo y no pueden alzar el vuelo. 


Se han convertido sin saberlo en los representantes de una sociedad envejecida, herederos del proyecto de sostener lo que sus padres y abuelos crearon, pero sin la capacidad de dar salida a su impulso joven más profundo. Esto es un nuevo golpe para este colectivo que han crecido consentidos como niños, con proyectos individuales confusos y que ahora, sin haber sido avisados, van a tener que sostener la tambaleante sociedad del bienestar. Les hicieron protagonistas de la abundancia y príncipes en sus casas y, ahora, son las víctimas de sus consecuencias. 


Ahora bien, no todos los jóvenes son iguales, no se puede generalizar y contribuir frívolamente al fomento de una imagen negativa. Ellos son el bien más preciado de nuestra sociedad y no los debemos manchar con etiquetas falaces… En sus manos está el futuro de un pueblo y de ellos depende. No todos los jóvenes son así y, aunque en el todavía primer mundo haya diferencias entre unos y otros, la brecha que verdaderamente los distingue se abre entre los jóvenes del mundo desarrollado y los jóvenes de los países empobrecidos. 


Los países “emergentes”, con sociedades jóvenes y con la potencialidad del progreso, tienen un horizonte de intereses y oportunidades que sintonizan con el ímpetu propio del momento evolutivo de la juventud y con las necesidades de progresar. Sin embargo, en las sociedades envejecidas cuyos niveles de desarrollo son elevados y tienen sistemas de protección y seguridad sólidos, no han logrado incentivar la participación ciudadana ni estimular la movilización propia de la juventud. 


El papel y el significado de las tecnologías en estos dos grupos de jóvenes son diferentes. Para unos, no es más que la incorporación progresiva de nuevos medios en un ambiente previamente tecnologizado y, para los otros, las tecnologías llegan en entornos carenciales lo que aumenta todavía más su protagonismo y la potencialidad de aprendizaje, ejemplo de ellos son algunos jóvenes expertos informáticos de la India. La tecnología les abre a un mundo para ellos desconocido y relega a un segundo plano su condición más mísera. Han encontrado la puerta de salida de su aislamiento y se han topado con la oportunidad de participar. 


Sin embargo, los jóvenes occidentales han crecido con ellos en una dimensión más lúdica propia del entretenimiento. Son aspectos que pueden condicionar la asimilación, el uso y el papel que las tecnologías puedan jugar en los jóvenes del futuro. 


Los jóvenes de las sociedades desarrolladas están sobradamente preparados y en principio, tendrían muchas posibilidades de liderar el futuro. Los jóvenes de los países “emergentes” no están tan bien preparados pero tienen muchas más necesidades de avanzar y de progresar que los primeros, puesto que todavía no gozan de las opciones que estos tienen. 


Trabajaban por muy poco dinero y están dispuestos a seguir haciéndolo por tan solo un poquito más. Su punto de partida es mucho más carente, viven conscientes de que lo que pueden hacer es mejorar y cuentan con la energía para pelear por ello. Los jóvenes de las sociedades envejecidas no tienen la mismas condiciones de progreso de acuerdo a su propio punto de partida, están encaminados a un empeoramiento de sus condiciones vitales obligados por los recortes para intentar sostener el sistema que los ha sobreprotegido y que los ha desconectado con la esencia joven de un ser vivo. Podrán sobrevivir nuevamente a través de los logros alcanzados por sus padres, en una situación de empobrecimiento progresivo como el de una sociedad venida a menos. Muchos de ellos se enredarán en pelear por los derechos que un día sus padres tuvieron, se resistirán a ser príncipes y princesas destronados y, mientras ellos emplean un tiempo en elaborar y reaccionar a todo este cambio de situación, los jóvenes de los países “emergentes” seguirán avanzando. 


Por otro lado, las sociedades emergentes cuentan con un equilibrio en la pirámide de edad. Los jóvenes son muchos más con respecto a otros grupos y, por su naturaleza, empujan e impulsan con su energía a toda la sociedad. Situación que no acompaña a los jóvenes de los países desarrollados que son menos en número. Han sido los hijos deseados, traídos al mundo para darles las mejores opciones pero han sido tratados como niños porque sus padres querían ser ellos, ser también jóvenes. 


Criados en una confusión de roles y de funciones fomentado por la protección del Estado y la mercadotecnia del consumo. Los padres de estos jóvenes, antes divertidos ante unos polluelos gozosos y remolones al no alzar el vuelo, observan ahora desolados su falta de impulso. 


Los jóvenes de las sociedades “emergentes” también tienen lastres, sufren el peso de las condiciones de precariedad generalizadas heredadas de otras épocas; sin embargo, no tienen las cargas de una sociedad envejecida. Tampoco los adultos les han querido suplantar, ni quitarles el protagonismo de su juventud. Su condición joven es su principal fuente de riqueza, su efervescencia arrolladora es el motor necesario para cualquier crecimiento colectivo. 




Estas son circunstancias tan admiradas como temidas en los países con sociedades gastadas y desvaídas, poco halagüeñas para los jóvenes de la sociedad de la abundancia, criados y alimentados como príncipes y debilitados por el exceso de protección, ¿serán capaces de reaccionar a tiempo? La naturaleza es sabia y, posiblemente, una parte de ellos pueda cambiar su rumbo. Seguramente serán aquellos que estén menos apegados a su entorno seguro; los menos imbuidos en la mercadotecnia del consumo; los menos acomodados en el hogar familiar o en el propio. Podrán sumarse al futuro los más dispuestos a la movilidad y al intercambio, los que tengan un espíritu más abierto y flexible, los que puedan convivir con la incertidumbre del cambio permanente de espacios, de costumbres y de idioma. El futuro estará en manos de un nuevo perfil ciudadano, el nómada del siglo XXI como lo denomina Attali y ellos y ellas serán los que puedan sumarse a la renovación que traen las sociedades jóvenes. 

Extracto del informe de la juventud INJUVE. Marzo 2011

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