Francesco Tonucci: “La soledad es una grave enfermedad de los niños que hoy viven en las ciudades ricas”

Pregunta: Antes de ser investigador, usted ha sido maestro. ¿ Cómo influyó aquella experiencia en su actual dedicación a proyectos que toman al niño como parámetro para mejorar la vida de todos en las ciudades?

Respuesta: Estudié magisterio pero nunca di clases a niños de primaria. Proseguí mi formación y trabajé solamente dos años en la enseñanza media, con escolares entre los 12 y los 14 años. Debo reconocer sinceramente que, en aquel período, no comprendía muchas cosas. La universidad daba muchos conocimientos pero ninguno que pudiese ser útil para una relación adecuada y significativa con los alumnos. Mi verdadero aprendizaje llegó después, a través del conocimiento de la obra de Don Milani, mi profunda amistad con Mario Lodi, la militancia en el Movimiento de Cooperación Educativa y el conocimiento directo de la vida de la escuela y del aula en los muchos establecimientos en los que desarrollé mi actividad como investigador. Debo reconocer que mi sensibilidad educativa y mis ideas sobre la educación se formaron en las aulas más que en los libros.

Pregunta: En 1997 la Fundación publicó La ciudad de los niños, el libro en el que usted recogía las propuestas del proyecto, que con el mismo nombre, impulsó hace doce años en la ciudad italiana de Fano y que después se extendió a otras ciudades de Europa y de América Latina.

¿Qué era entonces lo más importante del proyecto?

Respuesta: A finales de la década de 1980, estaba estudiando el problema de la soledad infantil, que considero una grave enfermedad de los niños que hoy viven en nuestras ciudades ricas. Nuestros hijos están solos porque suelen ser hijos ú nicos; están solos porque no pueden salir de casa y encontrarse con sus amigos; están solos porque no tienen tiempos ni espacios propios. Las soluciones que sugiere nuestra sociedad consumista son las de la protección dentro de una casa-fortaleza y un automóvil y la de comprar más (videojuegos, televisión, juguetes). Me parecía claro que esas soluciones no eran las adecuadas. Los niños no necesitan defensa ni juguetes, sino una ciudad que sepa acogerlos. De ahí nace en 1991 el proyecto La ciudad de los niños, que proponía a los alcaldes una nueva filosofía de gobierno de la ciudad, adoptando a los niños como parámetro de valoración, de proyección y de cambio de la ciudad. El desafío que planteábamos a las ciudades era la restitución de los espacios públicos a los niños, la posibilidad de que ellos saliesen y recorriesen su ciudad. Hoy las ciudades que participan en el proyecto son más de cincuenta en Italia, unas veinte en España y las más grandes de Argentina.


Pregunta: En su nuevo libro Cuando los niños dicen ¡basta! ¿ por qué ha optado por dar la palabra directamente a los niños?

Respuesta: Les pedimos a los alcaldes que escuchen a los niños. Me parecía correcto comenzar precisamente por las ideas, las propuestas y las protestas de los niños para describir la experiencia de las ciudades. Elegí veintiséis frases de niños que se convirtieron en los veintiséis capítulos del libro. Hoy cada capítulo tiene un título, que remite a una serie de problemas más generales; la frase del niño; y una viñeta. Para cada capítulo me planteé dos preguntas: La primera, ¿por qué un niño dice esto? La suma de las respuestas me permitió describir, desde varios puntos de vista, la condición de los niños de hoy en nuestra sociedad. Y la segunda pregunta, ¿ qué sucedería si se tuviese en cuenta esta propuesta o protesta infantil? La suma de las respuestas me permite desarrollar las iniciativas que tomaron las ciudades en estos años después de recoger las demandas infantiles.


Pregunta: En este libro usted plantea el juego como un derecho y también como un deber de los niños…

Respuesta: En la jornada de un niño debería haber siempre un tiempo que él pueda administrar libremente para hacer lo que prefiere, dónde y con quién lo desee. Hace falta, pues, que los adultos no programen todo su tiempo y que haya sitios a los que pueda ir sin ser acompañado ni vigilado. Ya se ha sugerido a los padres que eviten ocupar todas las tardes de sus hijos inscribiéndolos en muchos cursos vespertinos. También hace falta que la escuela reduzca las exigencias que van más allá de los horarios escolares. Eso no significa que los niños no deban hacer nada para la escuela durante las tardes o los fines de semana o en período de vacaciones. Pero deberían dedicarse, mucho mejor si lo hacen sin sentirse obligados, a actividades que puedan controlar sin la asistencia de los adultos, como la lectura de un libro que ellos mismos hayan elegido, la descripción escrita o dibujada de alguna experiencia que los ha conmovido, de algú n problema irresuelto, de algú n descubrimiento. Debería sentirse como un privilegio llevar a la escuela algo personal, que se convertirá en material de trabajo y de debate para todos.


Pregunta: Los niños también tienen algo que decir sobre la ciudad…

Respuesta: Claro, claro. Se podría hacer todo lo posible para que las ciudades sean lo que los niños esperan, desean, solicitan, porque sus deseos representan también los “deseos” de la ciudad. Hacer lo que los niños piden significa esencialmente defender el propio ser de la ciudad, conservar su naturaleza, su vocación de ser lugares de encuentro y de intercambio para todos los ciudadanos. La ciudad puede ser el lugar donde los deseos pueden hallar forma, donde las personas se pueden encontrar, donde pueden pasar y perder su tiempo, reencontrar los lugares del pasado, preparar el futuro. Donde los niños pueden crecer, descubriendo cosas nuevas, observando a los adultos, admirando los monumentos.


Pueden aceptar, en cambio, ser arruinadas y borradas por los deseos más bajos de sus habitantes, en general de los más poderosos y prepotentes, por sus especulaciones, sus egoísmos, sus automóviles. Entonces las ciudades borran los deseos del anciano que quiere pasear, del niño que quiere jugar, del joven que quiere encontrar reserva e intimidad.


Pregunta: ¿ Qué significa para un niño tener que decir ¡basta!?

Respuesta: Decir basta para un niño no significa volverse prepotente, desobediente o soberbio, como piensan muchos adultos. Al contrario, estos doce años de experiencia nos muestran claramente que los niños que no sólo conocen sus derechos, sino que también poseen instrumentos adecuados para defenderlos desarrollan un gran sentido de responsabilidad y de civismo. Saben comprender las situaciones, aunque consideran justo y una obligación rebelarse contra los abusos. Éste es el significado del nuevo logotipo de nuestro proyecto internacional La città dei bambini. En él, la niña, que representa a todos los niños, observa su ciudad, convencida de que podrá hacer algo para mejorarla, para salvarla. El tirachinas que sostiene a su espalda, simboliza sus armas: la palabra, los deseos, las ideas, la protesta.


El Coliseo significa que la ciudad de Roma colabora con el CNR (Consejo Nacional de Investigaciones) en el proyecto internacional. Los niños, a los diez o a los once años se sienten ciudadanos, parte de su ciudad y responsables del bienestar de todos, especialmente de los más débiles.


Traducción de Mario Merlino

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