RENOVAR LA ESCUELA, CUESTIÓN POLÍTICA

“Con frecuencia me preguntan los amigos cómo hago para llevar la escuela y cómo hago para tenerla llena. Insisten para que les escriba un método, que les precise los programas, las materias, la técnica didáctica. Equivocan la pregunta. No deberían preocuparse de cómo hay que hacer para dar escuela, sino sólo de cómo hay que ser para poder darla”.

Así escribe don Lorenzo Milani en Experiencias Pastorales, y continúa:

“Hay que tener las ideas claras respecto a los problemas sociales y políticos. No hay que ser interclasista, sino que es preciso tomar partido. Hay que arder del ansia de elevar al pobre a un nivel superior. No digo ya a un nivel igual al de la actual clase dirigente. Sino superior: más de hombre, más espiritual, más cristiano, más todo”.

El texto prosigue con muchas otras recomendaciones de carácter social y político, pero el que ha estado junto al cura de Barbiana, sabe bien que todos sus consejos se reducen, a la postre, a una única afirmación: para ser buenos docentes hay que querer mucho a los propios alumnos.

Preguntándose constantemente qué podría ser lo mejor para sus chicos, en vela hasta de noche para encontrar la forma de enganchar hasta al último de la clase, reflexionando continuamente sobre lo que nos enseñaba, fue como él construyó una escuela de vanguardia en cuanto a contenidos, métodos y objetivos. A juzgar por lo que ha escrito en su testamento, su beneficio a costa nuestra ha sido tan grande que hasta casi le puso en crisis: Os he querido más a vosotros que a Dios, pero tengo esperanza en que El no esté atento a estas sutilezas y haya escrito todo a su cuenta.

La invitación a querer a los propios alumnos es una invitación a comprometerse con todo el propio ser por una escuela más justa, más libre, más democrática, más profunda. Sin embargo, el poder la instrumentaliza para mantener la escuela en el inmovilismo, según una argumentación que tiene algo de diabólico: puesto que hacer escuela bien significa saber amar, y dado que el amor no se puede enseñar, la escuela pública está destinada a permanecer como una mala escuela, que es inútil tratar de cambiar. Es un buen ejemplo de cómo el sistema neutraliza las mejores experiencias poniéndolas en un altar y transformándolas en santas iniciativas que hay que venerar, pero no adoptar.

Para salir de este juego macabro hace falta alguna precisión. El amor no es un concepto absoluto sino una escalera con muchos peldaños que sólo algunos consiguen subir hasta los más altos de una total abnegación.

Pero, igual que para crear una buena sanidad no es necesario que los enfermeros y los médicos se prodiguen en besitos a los enfermos, sino que los traten con competencia y respeto, de la misma manera, para crear una buena escuela es suficiente con que los enseñantes adopten un comportamiento de responsabilidad, que puede y debe pretenderse de todos. Por ejemplo, sería un buen comienzo si abandonaran el papel de jueces y comenzaran a considerar a los chicos, no como objetos industriales que hay que seleccionar, sino como personas con el derecho a adquirir un bagaje cultural mínimo, independientemente de la clase a la que pertenezcan, del coeficiente intelectual, de sus defectos psico-físicos.

Habría que invertir el concepto: no es el muchacho quien debe ser juzgado por sus capacidades de aprendizaje, sino la escuela, por su capacidad de hacer aprender. Pero la verdad es que muchos enseñantes ya están en este orden de ideas, pero no logran actuar en consecuencia, porque la escuela está orientada para caminar en la dirección opuesta. Cuando la escuela se orienta como un tribunal, cuando los principios sobre los que se funda son el mérito y la selección, cuando las clases están abarrotadas, cuando no se garantizan los enseñantes de apoyo, cuando el tiempo es escaso, cuando no hay siquiera dinero para fotocopias, cuando las nociones son la base de los exámenes finales, hacer una escuela distinta es de héroes. Por eso es importante llamar la atención sobre la escuela como estructura y si hoy tuviéramos que volver a escribir la carta, tal vez habría que escribirla para el Ministerio de Educación.

En la Carta a una maestra, la invitación a querer mucho a los propios alumnos alienta en cada página, pero cuando se llega a las propuestas todas afectan al sistema: no hacer repetidores, escuela a tiempo pleno, escuela motivadora. De ahí hay que partir para construir una nueva escuela y empezar por redefinir la finalidad de las escuelas. ¿Escuela para formar buenos técnicos y pésimos ciudadanos al servicio de las empresas, o escuela para formar buenos ciudadanos al servicio de la democracia? Esta pregunta es el punto de partida y respecto a ella yo no tengo dudas. La función de la escuela es poner a todos en condiciones de ser ciudadanos soberanos.

Desde aquí se comienza para realizar una escuela viva, una escuela que mira al futuro y no al pasado, una escuela que no se da por vencida hasta permitir que también el muchacho con mayor dificultad posea el saber necesario para el ejercicio de la libertad, una escuela de solidaridad. Una vez más la cuestión es política. Hagamos una buena política y los comportamientos individuales correctos vendrán por sí mismos.

Naturalmente, a la espera de un nuevo orden, no hay que quedarse mano sobre mano y es un deber de todos y de cada uno enseñar lo mejor posible, aunque la escuela esté podrida. Es un deber hacia los chicos que hoy se sientan en sus bancos y es una obligación de coherencia. No se puede dejar de realizar enseguida a nivel personal lo que queremos que se realice a nivel del sistema. Pero también hay que ser conscientes de que la coherencia por sí sola no basta. También en el ámbito de la escuela como en el resto de ámbitos de la vida social y conómica, hay que incluir el compromiso político para transformar las reglas y las estructuras. Sólo uniendo coherencia y política en un matrimonio indisoluble es posible obtener un cambio duradero al servicio de todos.

Francuccio Gesualdi

exalumno de Barbiana y coordinador del Centro Nuevo Modelo de Desarrollo

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