Entrevista a Javier Urra: “Primeros Auxilios emocionales…”

Javier Urra: “Estamos haciendo jóvenes que son como el cristal, duros por fuera, pero frágiles”

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  • El que fuera el primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid y uno de los padres de la ley de responsabilidad penal del menor 5/2000 acaba de presentar su libro Primeros auxilios emocionales para niños y adolescentes, una guía para padres que, según Urra, surge de una auténtica necesidad social.

¿Por qué este libro ahora?

Porque yo he montado un centro de educación especial, gané la oposición del Ministerio de Justicia, he trabajado en centros de reforma con chavales violadores, homicidas, psicópatas, fuguistas… he estado 30 años en la fiscalía del Tribunal Superior de Justicia y, por terminar, ahora dirijo un equipo de 106 personas dedicadas a padres e hijos en conflicto, y en las miles de entrevistas que he mantenido siempre ha surgido una frase: “Qué difícil es ser padre” y “No hay una guía para padres”. Que no se vuelva a repetir. Aquí hay una guía. Los padres la deben leer. No es que yo quiera que el libro se venda. Estoy encantado de que esté en librerías, pero sobre todo ha de estar en todas las bibliotecas. Léanlo, critíquenlo, táchenlo, pero léanlo.

 

¿A qué conclusión ha llegado, fruto de su dilatada carrera?

Concluyo que, en 2017, tenemos varios problemas: la sobreprotección, el acoso escolar -con la víctima, el agresor y los que les dan de lado-, la violencia de género entre adolescentes, las ideas autolíticas y las conductas suicidas, los niños que son abducidos por la yihad u otro tipo de fanatismo, que son adictos a sustancias o a la red… Esos son los problemas de los niños, los adolescentes y algunos jóvenes en España. Este es mi diagnóstico.

Frente a ellos, usted propone una serie de vacunas.

Sí, generalmente los psiquiatras, psicólogos y pedagogos coinciden en que los niños han de aceptar la frustración. Yo digo cómo: mande a un niño a los siete años a un campamento y sabrá qué es la soledad, la austeridad, mirar a las estrellas y hacerse preguntas inteligentes, compartir. No deberíamos perder tanta fuerza en el qué hacer, sino en el cómo.
¿Qué más vacunas existen?

Innumerables. El 75% de los jóvenes se van a separar: ¿Se está preparando para la ruptura? No. Ahí tenemos un grave problema. No te puedo obligar a que me sigas queriendo. Tú te enamoras, quieres a la otra persona, pero llega un día en que por lo que sea dejáis de quereros. No paséis del amor al odio. Eso requiere un hábito, una forma de conducirse, igual que en el coche te pones el cinturón, es un gesto aprendido, pero para eso tienes que haberlo hecho con reiteración. Tan importante como el yo es el tú. “Vamos a ir a ver a la abuela”. “No quiero, que dice tonterías”. “Claro, tiene demencia”. No es “¿Quieres?” es “Debemos”.

Más: “Hijo, estoy cansadísimo del trabajo hoy, ¿me puedes traer las zapatillas?” “¿Cómo?”, responde el chaval de 14 años. “¿Tú calculas la de veces que me he levantado yo por las noches para ver si tú estabas malito? ¿Tú crees que siempre me apetecía?”. Esta idea de ponerse en el lugar del otro, de ir al campamento, de ir a ver a la abuela que tiene demencia, de ir al hospital a ver a niños que están muy enfermos y se pueden curar o no… Esta idea de que no es tan importante si hoy hace frío. Si hace frío, te tapas, y si no coges un poco de frío, que tampoco pasa nada. Conviene relativizar, no girar todo en derredor del niño o la niña. Eso hace de vacuna.

Por ejemplo, “Este fin de semana te daremos cinco euros. ¿Quieres gastar los cinco? ¿Menos? ¿Dedicarlo a niños que tienen menos que tú? Es una decisión tuya”. Esas son las vacunas reales. Lo demás es palabrería.

El otro día me reuní con 600 chicos en Canarias. Les pregunté: “¿Alguno de vosotros es homófobo? ¿Alguno de vosotros es racista?” “Nooooo”, fue su respuesta. Les contesté: “Mentís clarísimamente”. No se admite muy bien al distinto, al transexual, etc. Esto también hay que trabajarlo.

Generalmente los psiquiatras, psicólogos y pedagogos coinciden en que los niños han de aceptar la frustración. Yo digo cómo: mandando a un niño a los siete años a un campamento donde sabrá qué es la soledad, la austeridad…

¿Y si el mal ya está hecho?

Si tenemos ya un problema con nuestro hijo, porque está enganchado a la red, tiene un grupo de amigos muy conflictivos, ha dejado el colegio o el instituto, se mete en páginas proanorexia… Si la vacuna no se puso en su momento correctamente o no ha surtido efecto, necesitamos un antídoto. Ahí se requiere de un profesional. Nosotros trabajamos con padres e hijos en conflicto. Los padres vienen a la sede y los chicos están a 70 kilómetros, porque entendemos que es muy necesario separarlos, trabajar con cada uno por un lado para que se reubiquen. Es lo que llamamos la patología del amor: Son padres e hijos que quieren quererse, pero hay que enseñarles a hacerlo.

¿Eso lo pueden hacer un padre y un hijo sin un profesional? Categóricamente no.

¿Se parece el manual a un libro de autoayuda?

Es lo contrario. Creo que es un buen libro porque tiene muchas ideas en pocas páginas [351]. Yo no tengo nada en contra de los libros de autoayuda, pero hay algunos de una simplicidad… Una cosa es hacer sencillos los contenidos que no lo son, que supone saber mucho, y otra cosa es tener una sola idea, que además puede estar equivocada, y repetirla en 180 páginas. Divulgar no es vulgarizar.

Este es el libro que creo que en estos momentos sirve para la sociedad e irá bien a los padres pero también a los profesionales, para entrar en por qué el 30% de los jóvenes cree que los celos son una prueba inequívoca de amor, por qué se confunde amar con poseer, por qué hay errores tan profundos, tan graves. Creo que todo eso el libro lo afianza desde la práctica: Fiscalía, Servicios Sociales, mi experiencia como profesor en la Complutense… Yo tengo la gran suerte de estar en muchos foros que me permiten conocer la realidad.

¿Qué hay de internet? Cualquier noticia con la palabra “hijos” es garantía de ‘clic’, ¿están hoy los padres más informados y a la vez más desorientados que nunca?

Yo creo que los padres lo intentan hacer bien, pero los padres en España empiezan a ser muy mayores, y además el hijo se ha convertido en un tesoro numéricamente. Antes la gente tenía cuatro, cinco… Hoy se tiene uno, y no solo hijos únicos sino hijos solos. Creo que los padres quieren ser perfectos, pero quieren ser perfectos en el trabajo, con la pareja, con los hijos… El ser humano no es perfecto. Es una de sus características: El ser humano duda, tiene incertidumbres, sombras.

Por otro lado, creo que esta sociedad es profundamente inculta: el 40% de la población no lee nada. Los que hacen un clic ya leen algo. Además, creo que se confunde información con conocimiento. Yo hice el doctorado en Psicología, en Ciencias de la Salud, pertenezco a la Academia de Psicología, que somos solo 24 miembros y creo que soy el más joven… Lo que diga es discutible, pero con datos, con criterio. En la red muchísimas cosas que se dicen no se ajustan a ningún estudio… Es una opinión de alguien que pasa por allí y que lo dice posiblemente con la mayor voluntad y a veces con gran desconocimiento. Es como si vas por la carretera y un motorista se cae. El consejo que te dan es: “Deje que venga el profesional y lo levante, no vaya a ser que porque usted lo intente incorporar acabe teniendo una parálisis para toda la vida”. Estudie usted y vea lo que decimos los expertos.

¿Pero la fórmula es infalible?

Esto es como las recetas: yo le digo cómo son las cosas bien hechas, ahora bien, luego usted le da el toque. Ustedes son los padres, ustedes tienen otros padres, que son los abuelos, ustedes tienen unos amigos… Tienen unos criterios religiosos, del tipo de colegio que les gusta, si privado o público, si prefieren que el niño haga teatro o se meta en grupos de deporte… Naturalmente. Solo faltaría. Dicho eso, yo he tenido la suerte, junto con mi mujer, junto con la familia, de educar a los hijos maravillosamente bien. Tengo dos hijos perfectamente educados: La pequeña tiene 32, el mayor tiene 38, ya hemos sido abuelos… Por lo tanto también tengo la experiencia de hacerlo y de hacerlo bien y sin sufrir… Quizá lo políticamente correcto sería decir “Yo también he tenido muchos problemas con mis hijos…”, pero no es verdad, no los he tenido y sigo sin tenerlos. Hemos tenido criterios, sabemos hacer las cosas, lo que son los límites, el respeto, un sentido moral de la vida, ético, educar con autoritas…

El problema es que la gente a veces dice “Deme usted un manual o unas instrucciones, que luego ya hago yo con mi vida lo que quiera” o “Una cosa es mi vida profesional y otra, mi vida personal”, “Una cosa es en el trabajo y otra, como padre”. Eso no es verdad. El ser humano es solo uno. Lo otro es una disonancia cognitiva y conductual muy grave, cuando no una esquizofrenia afectiva. Por tanto, yo creo que sabemos lo que hay que hacer, lo que hay que hacer es hacerlo.

Habla usted de ‘autoritas’, límites, respeto… ¿Cree que existe cierta tendencia a verlos como conceptos propios del pasado, frente a la idea de que, ante todo, los hijos han de ser felices?

Yo he escrito un libro, ¿Qué se le puede pedir a la vida? Las niñas de 15 a 19 años en España de lo que más mueren no es de accidentes de tráfico, de cáncer… es de suicidio. Por lo tanto, tenemos un problema, porque estamos haciendo jóvenes que son como el cristal: duros por fuera, pero frágiles, y tendríamos que hacer que fueran como las pelotas de goma, que son flexibles y se deforman cuando chocan con el suelo pero luego vuelven a su ser. Por lo tanto, esta idea de “En la vida de lo que se trata es de ser feliz”… Yo no lo creo. No creo que el último día de mi vida piense “He sido muy feliz”. Pensaré “Ha habido bienestar, he buscado hacer felices a otros y ser feliz yo…” pero mi pregunta va a ser “¿Mereció la pena? ¿Para quién he vivido?”. Tras ser Defensor del Menor tuve un infarto, me pusieron tres stents… Me noté muy tranquilo, porque ya con 49 años había hecho cosas que yo creo que son importantes. Al menos para mí, y creo que socialmente también. Hay gente que busca solo la felicidad, su placer: “Yo salgo, me divierto, tomo copas, voy bien acompañado, me río, voy rápido con el coche…”. Eso al final genera un vacío y un hastío, porque el ser humano es mucho más que eso, es mucho más que cerebro. El ser humano también tiene mente. Y tiene alma, el sentimiento de que es mucho más que un cuerpo, y no estoy hablando de religiosidad, que a mí particularmente me parece bien. Esto el ser humano hay veces que lo capta y se debe transmitir a los chavales. Luego usted puede ser ateo o lo que quiera, pero ese sentimiento de, mirando al cosmos, decir “Por qué estoy aquí”, “Esto es puro azar”… Estas grandes preguntas se las hicieron hace 2.500 años los griegos y se siguen manteniendo. Por lo tanto, el consumo, las comodidades… están bien, pero no hacen a la gente más feliz. Un tipo que busque la felicidad será necesariamente infeliz. Me parece que la vida también es sufrimiento, aburrimiento, golpes de deslealtad…

¿Necesitamos más que nunca la educación emocional?

La educación es emocional. El ser humano es razón, que decía Aristóteles, pero sobre todo es emoción y es sentimiento. Por lo tanto hay que educar en el manejo de los sentimientos, la elaboración de las emociones. Tenemos que tener frenos de mano, cortafuegos emocionales ante situaciones que nos generan ira o cólera. ¿Más que antes? No. El mundo va mucho mejor que antes: muere mucha menos gente en guerras. El agua llega a casi todos los países del mundo. Hay muchas mujeres en parlamentos… El mundo está mejorando rapidísimamente, pero el ser humano ha bajado del árbol hace poco. Estamos en plena evolución. Hemos avanzado más en lo tecnológico que en lo emocional. Y ahí corremos un gran riesgo con algunos que han tomado la linde de la neurociencia, del cerebro, que está muy bien, pero el ser humano es mucho más que cerebro.

Habla de los padres, ¿y los educadores? ¿Se sienten muchas veces desarmados en un panorama muy complejo?

Tendríamos que elegir a los mejores. Si para ser profesor se necesitara una nota de corte muy alta se nos quitarían por el camino muchos incultos. Yo doy clases en Psicología, en Enfermería y en Medicina. La nota de corte se nota mucho. Tenemos muchos profesores profundamente incultos. Además, hay que buscar que la gente sea vocacional. En el equipo que tenemos somos 106 personas. No se ha ido nadie, pero yo los he elegido uno a uno. Son gente muy comprometida. ¿Se les paga bien? Sí. ¿La razón por la que no se van es que se les paga bien? Ayuda, pero no es la causa. Se van todos los días a 70 kilómetros… y si les preguntas si se vendrían a trabajar a Madrid te van a decir que no: “Pero si haces todos los días 140 kilómetros…” y te dirán, “Ya, pero yo trabajo muy a gusto con los chavales…”. Hemos conseguido que el profesorado tenga potestas. Si un chaval o un padre lo ridiculizan en el horario laboral les puede costar una sanción importante. Hay que volver a la autoritas. Yo doy clase en la Universidad y no permito que un chaval esté mal sentado, o que hable mientras estoy dando la clase… ¿Me lo da la norma o me lo da mi capacidad? ¿Por qué hay profesores que pueden con un aula de 27 alumnos y otros con los mismos 27 no pueden?

Tendríamos que elegir a los mejores. Si para ser profesor se necesitara una nota de corte muy alta se nos quitarían por el camino muchos incultos. Además, hay que buscar que la gente sea vocacional

El mal es social…

Hemos hecho una sociedad muy preocupante, porque el cliente siempre tiene la razón. Hay alumnos que dicen “Tú eres mi profesora porque te pagan mis padres”. Eso es estar profundamente equivocado. La gran suerte es que tengas un profesor o una profesora que está transmitiéndote el saber que ha adquirido.

Hay padres que son equívocos abogados de los hijos, y tendríamos que ver qué normas coadyuvan a los profesores. Si yo en el aula tengo un chaval que está siempre dándome problemas, ¿qué puedo hacer, expulsarle una semana? ¿Expulsarle una semana es significativo, sirve para algo? Creo que tenemos una sociedad muy quejicosa. Se nos ha muerto una niña de 12 años por coma etílico en la Comunidad de Madrid y la ministra de Sanidad [Dolors Montserrat], recién aterrizada, dice: “Habría que avisar a los padres; a la segunda, que hagan un curso, y, a la tercera, multarles”. La sociedad se echa las manos a la cabeza: “¿Por ser padre tengo que responsabilizarme de lo que haga mi hijo?”. Naturalmente, ¿qué es la patria potestad?

Algo similar ocurre con los deberes. Han de ser lógicos, coherentes, en proporción a la edad y las características del niño, pero claro que tienen que hacer deberes en casa y tienen que subrayar y memorizar… Inmediatamente una asociación de padres se echa a la calle: “Deberes NO”.

El político es una profesión que generalmente es cobarde, y dice lo que la población quiere oír. A la población hay que decirle “Hay cosas que se pueden hacer y cosas que no se pueden hacer, que son inadmisibles”.

En nuestro centro llegan chavales de 17 años y les digo “No hay teléfono” “No hay ordenador”. Se te quedan mirando como “¿Qué dice?”. Cuatro horas de clase diarias, terapia, deporte, varear los olivos cuando toca… Y los chavales te dan las gracias.

¿Son preferibles otras medidas alternativas a la expulsión?

Es un poco tener criterio. Educar es cansado. Si quiero hacer un ajoarriero o una buena menestra de verduras requiere horas, no se puede hacer en el microondas. La gente quiere píldoras: Qué hago con mi hijo para que no se ponga nervioso. Vamos a ver. Vamos a ver qué prioriza usted en la vida, cómo se comporta usted… También es verdad que los padres hoy quieren sobreproteger, y en vez de hacer árboles hacen bonsáis: déjele que esté con otros chicos, mándele a un campamento, hágale que sea sano… No podemos evitar que un chaval entre en contacto con la droga, pero sí hay vacunas. Que juegue al baloncesto, que vaya a la piscina… ¿Contactará con la droga, incluida el alcohol? Casi seguro. ¿Si es deportista no caerá en la droga? Casi seguro que no. Eso hay que inocularlo desde muy corta edad. La gente se asusta del adolescente que tengo con 15 años, pero los incendios del verano se previenen limpiando la maleza en el invierno.

Conviene retomar los criterios de autoridad entendida como respeto, deber, formas, protocolo, urbanidad…

Pero, ¿cómo debe actuar el profesor de adolescentes si tiene varios focos en un aula de 30 alumnos?

Lo primero no bajar los brazos. Lo segundo, ver si uno está capacitado para trabajar en ciertos ámbitos. Lo fundamental yo creo que es la capacidad pedagógica. Si yo voy a un aula y les hablo de temas que les resultan muy atractivos, los chicos se comportan bien.

Tienes que tener instrumentos, estrategias. Yo no le voy a decir a un profesor qué tiene que hacer. Es como si a un cirujano le llega un enfermo y dice “La situación es dramática, ¿qué hago?”. Usted es el que sabe qué tiene que hacer. Hágalo. Hay colegios e institutos y zonas muy conflictivas y profesores que se ganan a los alumnos y a los padres de esos alumnos. No es fácil. También yo he trabajado en centros de reforma con chavales que han matado y claro que no es fácil. A mí me han puesto dos veces un pincho en el cuello, y he dicho “Podrás clavármelo, me podrás matar, pero no vas a salir seguro. Ahora haz lo que tengas que hacer”. Entonces el chaval se desmonta, pero para eso tienes que tener esa seguridad. Es verdad que la autoridad se ha diluido mucho, la de los padres, la del profesor, en general. Ahora se acerca un policía a unos jóvenes e igual le contestan mal, y eso en mi época era impensable. Conviene retomar los criterios de autoridad entendida como respeto, deber, formas, protocolo, urbanidad… Yo voy a dar mi clase con mi corbatita y creo que eso marca también las distancias óptimas… Si quieres ir en camiseta y tratarles de tú es cosa tuya si te funciona, pero les estás dando una distancia que a lo mejor alguno de ellos se va a equivocar. En la vida hay que tener criterio. La solución no puede venir de fuera. La tiene que dar el padre, el profesor… Cada uno en su lugar.

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