Alumnado y cultura juvenil

LA fuerza de la tradición escolar nos ha llevado a creer que la condición de alumno es consustancial a la de niño y joven. O sea, que, de manera natural, los chicos se comportarán como alumnos, de la misma forma que se comportan como hijos o como amigos de sus amigos. Pero nada más lejos de la realidad. El alumno, como la institución escolar, es un invento que se ha extendido a toda la población hace sólo algo más de cien años.

En la configuración de la identidad juvenil la condición de alumno es una suerte de artificio añadido que se va prolongando conforme pasan los años a medida que se alarga la escolarización obligatoria. Ahora bien, generalmente ser joven y alumno no son condiciones bien avenidas. Los niños lloran el primer día que sus madres o padres los llevan al colegio, los chicos se alegran el día que no tienen clase o salen de las escuelas y, en ciertos extremos -como ocurrió en 2005 y 2010 en París-, la ira juvenil se descarga contra los edificios escolares, los profesores y los propios compañeros. 

Al margen de esos episodios singulares que, afortunadamente, son poco representativos, la estancia de los jóvenes en las aulas está marcada por una conflictividad estructural, pues, al fin y al cabo, la clase es de ese tipo de reunión a la que nadie asiste voluntariamente, y tienen que hacerlo todos los días. Superponiéndose a la transmisión y adquisición de conocimiento, el control de la conducta de los alumnos se convierte en tarea primordial del quehacer cotidiano de los profesores. El Informe Talis de 2009 revelaba que en España más del 16% del tiempo de clase se emplea en mantener el orden, a lo que hay que sumar el tiempo ocupado en atraer la atención de los alumnos o en pasar lista para controlar la asistencia.

Un estudio de FETE-UGT publicado en 2011 concluía que las principales causas de estrés entre los docentes están relacionadas con el comportamiento del alumnado. Puesto que buena parte del conocimiento que se necesita para aprobar los exámenes está disponible en internet, Randy Turner llega a afirmar que la profesión docente se está convirtiendo en una actividad que no consiste exactamente en enseñar sino en cuidar de los alumnos, y, podría añadirse, en rellenar interminables formularios y documentos de muy dudosa utilidad.

Es cierto que el conflicto entre la escuela y la juventud no es algo nuevo, y es posible que tenga mucho con ver con la biología, pues mientras la enseñanza requiere más bien silencio, quietud o concentración, la naturaleza juvenil se mueve a veces justamente en latitudes opuestas. Pero lo que aporta la naturaleza al conflicto se multiplica geométricamente cuando lo que se confrontan son culturas y mundos distintos. El problema es que la distancia entre la cultura juvenil y la cultura escolar ha ido aumentando, sobre todo porque -a no ser que su única función sea la de alojar a los jóvenes durante buena parte del día- los sistemas escolares son instituciones obsoletas en la forma en que funcionan actualmente. El conflicto entre la escuela y los jóvenes se alimenta en parte también porque lo que la escuela les ofrece realmente es mucho menos de lo que les promete: ni es tanto lo que se aprende ni son tan valiosos los títulos escolares en el mercado laboral.

Con todo, al día de hoy la institución escolar resulta imprescindible porque potencialmente sigue siendo una pieza fundamental para lograr el acceso universal al conocimiento y la cultura, es decir, para fortalecer la libertad y la democracia. Se hace necesario, pues, una reforma en profundidad de la escolarización, no otra ley que meramente cambie el nombre de las asignaturas, que establezca más exámenes y reválidas o que burocratice al límite la tarea de enseñar y aprender, convirtiendo a los centros escolares en oficinas. No es, desde luego, asunto fácil, ni se trata de rendirse a la superficialidad y la banalidad pues el objetivo no es el entretenimiento. Se trata de lograr puntos de encuentro entre la cultura escolar y el mundo de los jóvenes, cuestionando los viejos sobreentendidos que sostienen el vetusto edificio de la escolarización: las asignaturas, los horarios, las calificaciones, los exámenes…

Lamentablemente para esa reforma en profundidad no podemos contar todavía con el concurso de la política educativa, generalmente miope, ajena a los problemas importantes de la educación y generalmente más atenta a los réditos que proporciona la publicidad y la propaganda.

  1. JAVIER MERCHÁN. ABC. Edición sevilla

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