Educar en el silencio

Una reflexión breve pero necesaria en un mundo tan lleno de tapones, altavoces, orejeras, cascos de música,…y ruidos.

Hay  un momento del día, el sueño, que es indispensable para que todo se recomponga; para que podamos asimilar, con menos filtros, prejuicios o distracciones, todo aquello que no pudimos procesar durante la vigilia. Es un momento que requiere del silencio, de la ausencia de ruido.

También es necesario el silencio cuando no dormimos. Si no hubiera silencio no sería posible la percepción.  En cada instante recibimos  múltiples estímulos que provocan incontables sensaciones, todas al tiempo. Son los silencios, las ausencias, los que nos permiten distinguir entre unos estímulos y otros, los que hacen posible apreciar la diferencia. Son los intervalos que tenemos para comparar, ubicar y adquirir consciencia de lo percibido.

La música no sería posible sin el silencio, como tampoco la danza, la poesía, la narración, la pintura, la arquitectura ni cualquier otro arte o fenómeno que requiera del ritmo. Es decir, casi todos; porque el ritmo es el armazón de pautas y regularidades sobre el que transcurren los acontecimientos; es aquello que distribuye las acciones y las pausas en el espacio y el tiempo.

Pero están sucediendo muchas cosas a la vez. Se están ejecutando infinidad de melodías con distintos ritmos, que no siempre se corresponden y que casi nunca están en armonía.  El resultado suele ser una sensación confusa o contradictoria, en la que nuestros pensamientos discurren por un lado y nuestras sensaciones y sentimientos por otro. Aunque hay momentos en los que parece que todas las piezas casan, que cobran un sentido; hay momentos en los que el conjunto nos parece bello, sin que lleguemos a entenderlo del todo o podamos explicarlo con la razón.

Es posible que la belleza sea un concepto cultural, que esté relacionada con unos cánones admitidos por un colectivo; de manera que lo que se considera bello en un tiempo y un lugar pueda resultar feo en otro tiempo y lugar distintos. Pero también es posible que haya un arquetipo universal de belleza, reconocible y compartido por todos los seres humanos.

Tanto en un caso como en el otro, la belleza no puede separarse de la armonía, es decir, de la proporción, la correspondencia y la concordia entre las distintas partes de un conjunto. Hay armonía en una composición musical  cuando los diferentes sonidos que la forman suenan simultáneamente pero son acordes. Lo mismo que sucede en una pintura, cuando se eligen y se distribuyen adecuadamente las formas y los colores.

Puede haber armonía, o no haberla, en todo aquello que implique vibraciones, ciclos, movimiento y una relación entre las partes, una geometría; que son los mismos conceptos y herramientas con los que se maneja la Física. En su interpretación del mundo, la Ciencia y el Arte confluyen y se entremezclan. Hay preferencias estéticas en la búsqueda de leyes y estas leyes se aplican, conscientemente o no, en la creación artística.

El estudio es, de alguna manera, todo aquello que hacemos para encontrar el  sentido y el porqué de las cosas, confiando en que ese sentido existe y que se puede descubrir.  Es colocarnos en la disposición y en la situación de entendernos a nosotros mismos y entender lo que nos rodea. Y para eso se necesita silencio, se necesita eliminar los ruidos. No son tiempos propicios para ello.

Llamamos ruido a todo aquello que dificulta la percepción correcta de un mensaje. Vivimos en un mundo ruidoso, saturado de estímulos inconexos e intranscendentes, en el que lo accesorio oculta o distorsiona lo fundamental: motores, zumbidos, alarmas, radios y televisores, noticias, balances, series, anuncios, cotilleos y resultados deportivos; pero también ideologías, obsesiones, miedos y preocupaciones. Ruidos ajenos y ruidos propios.  Por eso es tan difícil estudiar, porque el ambiente y las circunstancias no ayudan a hacerlo. Pero eso, la forma de encontrar el silencio necesario, también se puede educar.

Para encontrar el silencio hay que ser conscientes del ruido, hay que aprender a reconocerlo más allá de lo evidente. Es ahí donde debe intervenir el educador.

Porque, más que con el sonido, el ruido tiene que ver con la armonía. Cuando hay armonía no hay ruido, puede encontrarse el silencio aunque todo esté sonando. Baste como ejemplo esas situaciones mágicas, que raras veces se consiguen, en las que todos los alumnos de una clase están en actividad, hablan, se mueven, manejan objetos y, sin embargo, están realmente estudiando, y por lo tanto aprendiendo, totalmente inmersos en lo que hacen.

Educar en el silencio consiste, por tanto, en mostrar cómo se reconoce lo armónico y, por oposición, todo aquello que no lo es, aquello que rompe o impide que se produzca la armonía. Se educa en el silencio señalando las distracciones, la forma de descubrirlas y evitarlas o, por lo menos, de convivir con ellas. Se educa en el silencio cuidando la disposición de los espacios, el reparto de los tiempos y la forma de desenvolverse en ellos; es decir, desarrollando el sentido del ritmo, para que cada cosa ocurra en su momento y su lugar.

Se educa en el silencio practicándolo, intentando vaciarse de ruidos. Solo así se puede transmitir.

por  el 29 marzo, 2015 en Educación

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