ENTREVISTA A CHEMA CABALLERO SOBRE EL CENTRO SAINT MICHAEL PARA REHABILITAR A NIÑOS SOLDADO

¿Cómo empezó Saint Michael?
R.- Yo llegué a Sierra Leona en 1992, un año después del comienzo de la guerra. Desde un primer momento se vio que se estaban utilizando un gran número de niños soldados. La Iglesia Católica es la primera institución que comienza a pensar qué se puede hacer con ellos y crea algunos servicios de asistencia. En 1999, los javerianos pensamos en hacer un programa más formal, pues se ve que, si no, estos niños seguirán siempre en la guerrilla. Entonces, alguien nos donó Saint Michael, un antiguo hotel de cinco estrellas al lado de la playa. Se pensó que era el lugar ideal para desarrollar un programa de rehabilitación de niños soldados, pues está aislado y tiene un encanto especial.

P.- ¿Tú te preparaste de alguna manera para esto?
R.- Bueno, yo soy abogado de formación, e hice un máster en derechos humanos y resolución de conflictos, pero nunca me había planteado hacer un trabajo como éste. Yo trabajaba con cuestiones de derechos humanos y, cuando se planteó desarrollar este programa, mis superiores me pidieron que me encargase de él. Al principio, era muy escéptico, porque durante años había visto a estos niños actuar, manipulados y drogados, como auténticas máquinas de matar. Pensaba que no había forma de rehabilitarlos. No sabía muy bien qué hacer con ellos. Buscamos referentes, literatura sobre el tema y había muy poco. Tuvimos que inventar, usar mucho la intuición y recurrir a experiencias previas. Por ejemplo, a mí, haber conocido Proyecto Hombre en España me ayudó mucho. Pero se trataba, sobre todo, de ir probando, de ir viendo lo que funcionaba y lo que no. Así fuimos perfilando el programa.

P.- Los trabajadores eran sierraleoneses y tú te hiciste cargo del centro después de varios años en el país. ¿Crees que fue fundamental pensar un poco a la africana para sacar adelante el proyecto?
R.- Por supuesto. Si no hubiese conocido las costumbres, las tradiciones, el idioma, no habría podido comunicarme con los niños, ni con los trabajadores. Es muy importante respetar la tradición y utilizar los elementos positivos que hay en la cultura para llevar adelante cualquier programa que se haga. No podemos ir desde Occidente e imponer nuestras ideas, por muy buenas que sean.

P.- En ese sentido, parece que el trabajo de los misioneros es diferente del de las ONGs y las agencias de cooperación y de acción humanitaria internacionales.
R.- Bueno, tendemos a dar continuidad a las cosas. No hacemos programas que duran seis semanas o seis meses. No estamos preocupados por las estadísticas, sino que trabajamos con personas y nos interesan las personas. UNICEF nos decía que un niño no podía estar más de seis semanas en el centro. Nosotros les decíamos que un niño es una persona y que le daríamos todo el tiempo necesario. Si ellos no nos financiaban, buscaríamos vías alternativas de recabar fondos. Y esos fondos llegaron gracias a Manos Unidas y a grupos parroquiales de España. Con ellos, conseguimos trabajar con estos niños de forma diferente. Y seguimos haciéndolo ahora que a nadie le interesan los niños soldados, porque el tema ya no vende.

P.- ¿De dónde sacasteis la fuerza necesaria para pensar que Saint Michael iba a salir adelante, en medio del horror de una guerra civil tan cruel?
R.- De la fe. De estar seguro de que si tú estás allí no es por pura casualidad, sino fruto de que Alguien te ha guiado y te ha llevado y te ha ido conduciendo hasta allí. Y si Él te ha llevado, Él te dará la fuerza para seguir adelante. Quien me llevó allí me dio las fuerzas que necesitaba en momentos difíciles, de soledad, de duda.

P.- ¿Quién no tiene ese sustento de fe que usted, como religioso, a qué se agarra?
R.- Eso pregúnteselo a alguien que no sea religioso, yo te hablo desde mi experiencia.

P.- ¿Cómo recuperar a alguien que ha sufrido y hecho sufrir tanto como un niño soldado?
R.- La clave es la relación personal con el niño. La confianza. Hacerle sentirse seguro y protegido. Esa relación le ayuda a contar la experiencia que ha vivido, a sacar lo que lleva dentro de sí. Cuando consigues sacar a flote los sentimientos, la persona, puedes empezar a trabajar con el niño.

P.- Me imagino que es complicado llegar a conseguirlo. ¿De qué depende?
R.- Sobre todo, de saber estar. Saber guardar silencio, saber escuchar. Nunca juzgar, nunca condenar. Es difícil de explicar. Depende de la relación que tienes con cada uno de los niños y niñas. En el centro había una disciplina muy rígida, unos horarios muy fijados para no dejar tiempo al ocio, para que los niños se integrasen en el centro, en los talleres, en el colegio. Pero, al mismo tiempo, había un toque humano que ellos necesitaban. Ellos sabían que, si necesitaban algo, estábamos allí; que, si estaban enfermos, íbamos a estar a su lado. Es curioso: todos los niños que llegaban al centro comenzaban a sentirse enfermos. Era una manera de expresar la debilidad que sentían. La debilidad que no se permitía en la guerrilla. El saber que hay alguien a quien poder decir estas cosas supone romper la máscara de la violencia. Esos pequeños gestos iban haciendo que los niños recuperasen su humanidad. No se pueden dar plazos para eso. Había niños que en tres semanas estaban bien. Otros necesitaban tres meses, o un año.

P.- El proceso parece doble: romper la máscara y ayudarles a reestructurar su vida.
R.- Sí. El niño tenía que contarnos sus sentimientos, su verdadera historia. No la historia “he matado, he violado o he cortado manos”, sino la historia “tenía miedo, he pasado frío, me acordaba de mi madre, me han pegado”. Hasta que un niño no cuenta eso, no puedes empezar a trabajar con él. Hasta ese momento, un niño no se humaniza. Entonces empiezan a aflorar sentimientos, la persona y puedes hablar con él sobre qué quiere ser, qué le puedes ofrecer y qué es lo que él busca.

P.- Debe ser muy difícil ver una persona en un chaval de a lo mejor trece años que te cuenta que ha violado, que ha matado, que ha mutilado.
R.- Es muy duro. Y más cuando es uno, y luego otro y luego otro el que te cuenta esas historias. Lo importante en ese momento es ser consciente de que no puedes juzgar y no puedes condenar a nadie. Lo importante en ese momento es escuchar, no tus sentimientos. Yo hasta que salí de Sierra Leona un mes, después de dos años seguidos de trabajo, no pude liberarme de todo eso, no pude sentir el miedo ni la angustia que supone estar escuchando esas historias o estar viviendo situaciones límite.

P.- Es un juego de máscaras: la del niño contra la tuya.
R.- No sé si se trata de una máscara. Se trata de saber que lo importante es el niño. Tampoco es una máscara. Es parte de nuestro ser misionero: estar al lado de las personas que sufren.

P.- Vosotros no erais expertos en psicoterapia.
R.- Bueno, puedo decirte que fueron expertos occidentales en psicoterapia y sus técnicas nunca funcionaron. Nosotros, con los trabajadores locales, hemos conseguido que, a través de la música, del teatro, los cuentos y las historias tradicionales, estos niños expresen sus sentimientos. La cultura de Sierra Leona es una cultura de calle. Todo se discute en la calle, hasta lo más íntimo y personal, a diferencia de nuestra psicología, que funciona más de tú a tú, en lo privado.

P.- La mayoría de los niños que pasaron por Saint Michael están hoy rehabilitados.
R.- Sí. La mayoría vive con sus familias.

P.- Conseguir que la familia acepte al niño tiene que ser difícil.
R.- Sí, es algo muy duro. Hay niños que han sido obligados a matar al padre. Nosotros íbamos a la familia y le decíamos que habíamos encontrado a su hijo y que lo queríamos llevar de vuelta a casa. Imagínate el valor de esa madre y esos hermanos para aceptar a ese niño otra vez. Es un proceso muy laborioso en el que han intervenido equipos de trabajadores sociales, hablando con las autoridades y los ancianos de las aldeas, los líderes religiosos, las familias. Ha habido que cambiar la mentalidad. Conseguir que viesen a estos niños como víctimas. Es impresionante el valor de las familias sierraleonesas para aceptar de nuevo a estos niños, para saber perdonarles.

P.- ¿El centro sigue funcionando?
R.- No. El 2002 se firma la paz en Sierra Leona. Los niños que han querido abandonar las armas ya lo han hecho, aunque muchos han continuado luchando como mercenarios en Liberia y luego en Costa de Marfil. Un centro de acogida y rehabilitación no tiene ya sentido. Ahora estamos en una segunda fase del proyecto que son los pisos de acogida. Quedan 200 niños en esta fase del programa. Son los niños cuyas familias no han sido encontradas o no les han aceptado. Los chavales más jóvenes viven acogidos en familias. Los más mayores hacen vida independiente, con el apoyo del programa.

P.- La situación para ellos no debe ser fácil, pues el país está casi arruinado tras la guerra.
R.- Sí, es muy difícil encontrar trabajo. Muchas veces hemos tenido que ayudarles a montar pequeñas empresas. Ahora nos planteamos trabajar no sólo con niños soldados, sino también con los que han sido refugiados. Los javerianos estamos invirtiendo mucho en educación. Para nosotros, es la llave del desarrollo. La educación y la formación pueden servir para prevenir que en el futuro se vuelvan a dar situaciones de guerra en Sierra Leona. Si el país sigue teniendo un 75 por 100 de analfabetos, es más fácil que se vuelvan a producir situaciones tan crueles. Es un trabajo a largo plazo.

P.- A pesar de todo, ¿tú ves el futuro de Sierra Leona con esperanza?
R.- Lo que yo he aprendido de este proyecto es que siempre hay esperanza. No importa el infierno que haya vivido una persona, porque siempre tiene capacidad de recuperación. Y lo bonito de África es que es una sociedad muy vitalista. Posiblemente, porque se vive al día. No puedes pararte a mirarte el ombligo como aquí. Un niño de estos no puede quedarse a pensar que tiene un trauma, que ha sufrido. Tiene que seguir adelante. La debilidad puede suponer la muerte. Los africanos saben aceptar las cosas como vienen y seguir adelante. Es esa vitalidad la que hace que África siga adelante.

Entrevista a Chema Caballero

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