El colegio español que derrota a los sicarios con lápices y libros

Derrotar el empobrecimiento es obra de promoción de personas libres desde el empobrecimiento. Cualquier otra acción que no tenga en cuenta no dejará de ser populismo o despotismo ilustrado, dos máscaras no tan nuevas de las dictaduras que quieren ser totalitarias.

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Por eso es tan importante CREER que el empobrecido no nos necesita DESDE ARRIBA, para dictarle lo que los listos (con muy buenas intenciones de las que anda empedrado el infierno), sino a su lado, desde abajo. Lo que requiere un ejercicio muy poco practicado pero muy cacareado: la solidaridad. Una solidaridad que empieza en el momento en el que empezamos a compartir lo que para nosotros es NECESARIO para vivir, o sea, lo que no nos sobra. A muchos nos queda un largo trecho para serlo.

Estas experiencias educativas nos ayudan a esperar activamente que, con paciencia y tesón, con convicciones muy a contracorriente, se pueden hacer las cosas bien. Pero no esperemos recompensas de los que reparten premios a los “mejores profesores”. Porque estos normalmente no tienen mucho tiempo para darse a conocer…ni lo van buscando.

El Colegio Español Padre Arrupe se ubica en una de las zonas más pobres de El Salvador. Los primeros lugares de las pruebas de bachillerato les pertenecen. ¿Su secreto? Formación de calidad, disciplina y lograr “evitar la calle”

Si hay un mantra que se repite en los análisis de pruebas internacionales como PISA es que los pobres sacan peores notas. No se dice tan claro, sino que se suele recurrir a eufemismos como «Los alumnos de entornos desfavorecidos se sitúan en el percentil con peores resultados…». Luego llega la reflexión pertinente sobre cómo ayudarles.

«Nosotros demostramos que eso no tiene por qué ser así: es mentira y, si lo hemos podido hacer aquí, lo podríamos hacer en cualquier sitio», argumenta Aurora Rato Salazar-Simpson, presidenta de la Fundación Padre Arrupe. La institución gestiona el Colegio Español de Soyapango. Aunque está situado en el segundo distrito más deprimido de El Salvador, el centro siempre consigue quedar entre los mejores del país. «¿Sabes las maras de las que habla Donald Trump como las más peligrosas del mundo? Pues son las que rodean nuestro colegio».

La pasión por la educación de los más pobres le viene de su tío Juan Ricardo Salazar Simpson, jesuita, ingeniero y pedagogo. «Cuando conoció al padre Ellacuría, le convenció para que se fuera a El Salvador, a llevar la parte de ingeniería de la Universidad Central Americana», explica.

Mudarse a El Salvador en los 90 era irse a un país con la extensión de Badajoz, la densidad de población de la Comunidad de Madrid… y en guerra civil. «Había campos de refugiados en cualquier sitio, de gente que huía de la guerra. Mi tío les ayudaba a que no se les vinieran abajo las casas y daba apoyo espiritual», recuerda Aurora.

La paz se firmó en 1992. Fue entonces cuando ella convenció a sus hermanos para que compraran unos terrenos y los donaran a una fundación. Pues bien, han pasado 26 años y el Colegio Español Padre Arrupe ha acabado segundo en las pruebas nacionales de fin de Bachillerato, fajándose con los colegios aristócratas de un país en el que apenas hay clase media. ¿El secreto? Unos profesores bien formados, con expectativas altas para los niños y un discurso de esfuerzo nada edulcorado para los alumnos.

LOS NIÑOS QUE NO ACUDEN A NUESTRO COLEGIO ESTÁN SOLOS

«Tenemos niños que llegan poco después de las seis de la mañana y se quedan hasta las seis de la tarde para cenar y meterse pronto en la cama», explica la presidenta de Padre Arrupe. «La idea es evitar la calle. Los que no acuden a nuestro colegio están solos; la escuela pública acaba a las 11 y las maras les regalan un balón, cualquier cosa, ya con cinco años, para que hagan de centinelas».

El siguiente propósito de Aurora es que el gobierno local les permita extender elmodelo Padre Arrupe, de eficacia demostrada, por todo el país. La intención es seguir formando a profesores, directores… Una tarea titánica en un país con aulas en colegios públicos que no tienen pupitres para todos los niños.

En El Salvador se acabó la guerra, pero no la violencia, explica. Las maras Salvatrucha y 18, que nacieron en EEUU, son clanes cada vez más agresivos y están por todas partes. Viven del miedo. Los 1.500 niños tienen prohibido hablar de ellos en el colegio: «Es muy impactante que muchos definan al colegio como un oasis de paz. Eso no pasa en España si le dices a los niños que hablen del suyo».

Juan Ricardo Salazar Simpson tardó seis años en tener el colegio listo, desde el día en el que enseñó a sus hermanos una montaña cubierta de bosque tropical. En 1998, terminado el edificio, se logró que el Gobierno de España lo reconociera como colegio español. Desde entonces, ofrece una doble titulación: la salvadoreña y la del bachillerato español.

«El 100% de los bachilleres podría irse a la universidad a España», dice, orgullosa, Aurora. Cuenta que su tío tenía claro que la manera de ayudar a los más necesitados era a través de la educación, «con el mismo nivel académico que querría cualquiera de nosotros para nuestros hijos». De ahí el orgullo de ver a sus antiguos pupilos en trabajos con otros salidos de colegios más elitistas. «Siempre conseguimos estar entre los mejores en la prueba final de bachillerato. En 2015 fuimos primeros. La autoestima de nuestros alumnos cuando se ven allí sentados es imbatible».

EL SECRETO SON UNOS PROFESORES BIEN FORMADOS, CON EXPECTATIVAS ALTAS PARA LOS NIÑOS Y UN DISCURSO DE ESFUERZO

¿Cómo lo hacen? «El seguimiento de la familia es muy importante. Tenemos una escuela de formación para padres, se aprende por ósmosis y no puedes enseñar algo que no sabes. Nos dimos cuenta de que los niños no cumplían con los objetivos. No rendían, se dormían y vimos qué comían. Los padres tenían remordimientos por no estar con ellos y les daban de cenar una bolsa de patatas fritas en vez de frijoles. Les enseñamos la pirámide nutricional», recuerda Aurora.

El colegio fue gratis el primer año. No funcionó. Los niños faltaban a clase y algunos padres no ponían interés. Ahora se cobra en función de las posibilidades económicas: «No paga lo mismo el conductor de un autobús que una madre soltera que recoge chatarra», aclara la presidenta de la Fundación.

Juan Ricardo Salazar Simpson murió en 1999; su hermana Felicidad, madre de Aurora, falleció hace dos años. Aurora cogió el testigo del proyecto del que su tío le hablaba en sus vacaciones españolas, cuando venía a recaudar fondos para poner al colegio en la élite del país. Donde ya está.

«Este año a Fernando Andrés Gil , uno de los alumnos, le han dado un premio en la Academia de Ciencias de Nueva York», presume Aurora. «Tenemos a muchos niños por el mundo, que se lo han ganado, con un mérito brutal. Son niños a los que les has cambiado la vida con la educación».

Es el milagro de la colina de Soyapango.

ELMUNDO.ES BERTA G. DE VEGA 5 DIC. 2018 02:34

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