La obediencia a la autoridad. Los experimentos de Milgran

Este experimento tiene un gran transfondo en el intento de explicar cómo pudimos, como seres humanos, llegar a fenómenos como el exterminio Nazi. En la defensa de uno de sus principales ejecutores, el oficial Adolf Eichmann, se adujo “obediencia” de las órdenes de sus superiores. La pregunta que se hacía Hanna Arendt en su conocida reflexión sobre la “banalidad del mal”, giraba en torno a si podemos prescindir de atribuir responsabilidad ante el mal hecho si, estando en nuestro juicio, estamos sometidos a condiciones de extrema presión. Es pertinente hacernos esta pregunta hoy. Porque la barbarie del hambre, la guerra, los millones de abortos inducidos, las migraciones forzosas que obligan a vivir en degradantes campos de refugiados, los desahucios de todo tipo,… campa a nuestro alrededor y ya no podemos aducir ignorancia. Tampoco sobre nuestra responsabilidad en la misma. ¿O vamos a aducir simplemente indiferencia y anomía, que estamos ya por encima del bien y del mal?

En 1963 un profesor de psicología de la Universidad de Yale comenzó a desarrollar una serie de pruebas experimentales con el fin de determinar el nivel de obediencia en una persona cuando esta obediencia entra en directo conflicto con sus valores morales y humanos. Tras una larga serie de experimentos que dejaron atónitos a todos, ya que los resultados eran realmente inesperados, Milgram publicó en 1974 su obra: Obedience to Authority: An Experimental View -Obediencia a la Autoridad: Una Visión Experimental- en la que exponía con lujo de detalles lo acontecido.

El primer experimento de la serie transcurrió en la Universidad de Yale. Con el fin de reclutar individuos de prueba se realizó una solicitada en un periódico local, buscando personas de cualquier tipo y sin requerimiento previo alguno. Como recompensa se ofrecía una cierta cantidad de dinero y solo se debía participar en un simple experimento. Al aviso acudieron va- rias personas de distintos niveles, desde cuasi analfabetos hasta doctorados.

Una vez en el lugar donde transcurriría la experimentación, las personas, las que entraban individualmente y no en grupo, eran saludadas por el responsable del proyecto el cual las introducía con otra persona, un actor cómplice al experimento, como si éste fuera un participante más con el que harían juntos la prueba. Acto seguido les comunicaba que el experimento se basaría en estudiar el aprendizaje bajo castigo y presión indicándoles que uno tomaría el rol de “maestro” y el otro el de “alumno”. Por supuesto la prueba estaba arreglada para que al actor siempre le toque el puesto de “alumno” y a la otra persona el de “maestro”. A causa de esto la persona creía que era en el “alumno” en el que se realizaba el experimento e ignoraban que en realidad serían ellos utilizadas como conejillos de indias. Luego de repartir los roles eran separados en dos habitaciones diferentes, donde podían oírse pero no verse. Tras esto, al “maestro” se le daba un shock de 45 voltios indicándoles que esa sería la graduación más baja que el “alumno” recibiría, y que con cada respuesta errada el voltaje iría aumentando. Al iniciar el test las respuestas estaban estratégicamente ubicadas para cuando fuera necesario, por lo que el voltaje, y por ende el dolor del “alumno”, se incrementaría gradualmente. En la etapa final el alumno no sólo gemiría y golpearía las paredes del dolor, sino que además comunicaría sus problemas cardíacos.

El resultado

De los 14 especialistas a los que Milgram había pedido un ensayo sobre qué esperar en las reacciones de los individuos, todos, unánimemente, establecieron que sólo un 1.2% de los estudiados presentaría una conducta lo suficientemente sádica como para llegar al final del test. Sin embargo, la realidad fue mucho más espeluznante: de las personas en las que se realizó el experimento un 60%, a pesar del llanto y los pedidos de clemencia de la víctima llegaron a aplicar el shock final de 450 voltios. Curiosamente, la gran mayoría de los que llegaron al final lo hicieron bajo una inmensa presión y un gran dolor interno, muchos presionaban el botón temblando y algunos otros incluso se largaron en lágrimas mientras hacían las preguntas. Sin embargo, muy pocos se negaron a no obedecer. El experimento fue variando y siendo repetido decenas de veces a lo largo de los años. En todos los casos el resultado fue muy similar.

2 comentarios

  1. Me surge: ¿Esto no denuncia acaso la “naturaleza humana”? “Homo lupus hominis est”. El sadismo: unica especie sin depredadores, lo es de si mismo,

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    1. Esto es lo que ocurre cuando la persona dimite de su responsabilidad, que es la base de su libertad. Y, efectivamente, si no nos sentimos responsables de los demás o no queremos ser, nos convertimos el lobos los unos con los otros.

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