¿aprovecharemos esta ocasión para repensar la escuela obligatoria?

No compartimos sólo artículos con los que nos sentimos plenamente identificados. Pero sí aquellos que nos ayudan a dialogar, a pensar juntos, a replantear lo que a lo mejor hemos dado por supuesto que no debe replantearse. Este es uno de ellos. Colea desde hace mucho tiempo un tema en el que nos tendremos algún día que meter: la diferencia que hay entre EDUCAR e INSTRUIR. Lo dejamos para otra ocasión, porque las consecuencias que se derivan de un planteamiento correcto del tema nos pueden sorprender.

Aprovechando la ocasión

La Antigüedad describía la Ocasión o la Oportunidad como una diosa con larga melena que le tapaba el rostro y calva por detrás. Un rostro tapado por el cabello que nos impedía descubrir quién era pero que, una vez que había pasado, ya era demasiado tarde porque no se la podía atrapar. Sabían que atrapar la oportunidad era para los audaces y para aquellos  capaces de intuir el verdadero rostro de la mujer que se aproximaba.  Sinceramente creo que estamos ante una Oportunidad de oro en la educación. Creo que la Oportunidad se nos está mostrando de una manera más que evidente pero el enredo político nos puede hacer que se nos escape.

La Pandemia que estos días asola nuestro país y la “Nueva Normalidad” que tarde o temprano llegará, nos pone en bandeja la posibilidad de acometer las reformas que la educación en España exige. A nadie se le escapa que los datos educativos en este país están muy lejos de ser los óptimos: bajos niveles en los informes internacionales, excesivo fracaso escolar, ausencia de enfoque competencial,… Todo esto es algo que los educadores de cualquier nivel pueden observar sin ninguna duda. Pero no solo ellos: los profesionales de cualquier campo se quejan de la enorme distancia entre lo aprendido en escuelas, institutos de formación profesional y universidades con las exigencias del mercado. Si analizamos los datos en investigación básica o en I+D la respuesta sigue siendo la misma. España necesita una profunda revisión del sistema educativo.

Sin embargo, cada reforma que se ha acometido se ha quedado en elementos superficiales (Pública Vs Concertada, Religión Vs Educación Cívica, sistema central Vs sistema autonómico) sin hacer frente a los problemas estructurales que la educación española tiene. La pandemia y el cambio que ha provocado y provocará en la nueva normalidad puede ser una oportunidad para asumir de una vez por todas los graves problemas que la sociedad española demanda.

A nadie se le escapa que la educación es una inversión. El M.I.T (Instituto Tecnológico de Massachussets) ha calculado que la tasa de retorno de la inversión en educación es de 17$ por cada dólar invertido. Ninguna actividad económica tiene esta rentabilidad. Pero es una rentabilidad as largo plazo: si hoy invertimos en ciencia básica y en investigación, si hoy dedicamos un mayor porcentaje de nuestro P.I.B. a las escuelas, si dedicamos más esfuerzos económicos, sociales y humanos en la formación de nuestros niños, adolescentes y jóvenes, podremos construir una sociedad más rentable. Pero este no es el único beneficio (ni siquiera es el beneficio más importante) conseguiremos una sociedad más comprometida éticamente, más crítica, más culta y, en definitiva, mejor.

La Pandemia y la post-pandemia nos proponen un horizonte soñado por cualquier docente de cualquier etapa educativa:

  1. Diminución de ratio: un profesor para 10-15 alumnos es lo ideal en cualquiera de los manuales de pedagogía que podamos encontrar. Eso significa que debe haber un profesor para esos alumnos. Cualquier otra solución (un profesor para dos clases, clases presenciales y on-line de manera simultánea,…) es un parche que no resuelve el verdadero problema.
  2. Enfoque competencial: si algo ha sacado a la luz el confinamiento es que los contenidos y los currículos no son lo más importantes de la educación. Esto no significa que la educación deba prescindir de ellos; significa que el currículo debe estar al servicio de una interpretación del mundo y una mejora del mismo. Explicar funciones, tablas estadísticas, distribuciones poblacionales, pandemias, epidemias, virus, bacterias, P.I.B., … hoy se ha podido hacer observando una portada de periódico o viendo un programa de noticias. Explicar la ética de Kant y su deber, el emotivismo de Hume o la economía liberal nunca había sido tan fácil desde los datos que cotidianamente se ofrecían en las noticias. Por eso debemos continuar en la senda que nos haga mantener una estrecha relación entre la vida cotidiana y nuestros contenidos curriculares. La unión entre saber, saber hacer y saber ser ha sido (y debe seguir siendo) esencial.
  3. Autonomía de los docentes: otro factor que esta pandemia ha dejado claro es que las autoridades deben confiar en el criterio de los docentes. Confianza a la hora de impartir unos u otros contenidos; confianza en los métodos de evaluación, en la elección de las herramientas, modelos, plataformas… convenientes para cada alumno y cada situación. Autonomía que consiste en confiar en los magníficos profesionales que han dado una respuesta ejemplar a una situación muy compleja.
  4. Reformas de infraestructuras: si la educación a distancia ha salido a flote no ha sido gracias a la administración. Cada profesor y cada alumno ha tenido que utilizar sus recursos personales para que esto haya funcionado. ¿Cuántos profesores han tenido que contratar más ancho de banda para poder dar clases on-line? ¿Cuántos habrán tenido que comprarse un dispositivo adecuado para hacerlo? ¿Cuántas páginas se habrán tenido que imprimir desde casa? ¿Cuántas horas de más habrán dedicado los profesores para poder adecuarse a esta situación? A todo esto habría que añadir que la vuelta a la normalidad va a requerir una profunda transformación arquitectónica: espacios más amplios, mejor ventilados, con sistemas de señalización, más flexibles… algo que no es únicamente útil para la prevención del Covid-19 sino que es algo que las nuevas metodologías requieren y que los nuevos tiempos demandan. No se trata de hacer pequeñas reformas para adecuarnos al Covid, se trata de acometer grandes reformas que acompañen a los nuevos tiempos.
  5. Más educación y menos instrucción: ante un alumno que ha visto cómo alguno de sus familiares perdía su vida de manera absolutamente inhumana; ante un niño que ha perdido el sueño por el miedo a un virus, al paro o a una situación económica catastrófica; ante una familia que ha tendido que reconvertir habitaciones, salones, cocinas y pasillos en aulas, oficinas o pistas de deporte; ante todas las situaciones a las que nos hemos enfrentado, los maestros y profesores han tratado de acompañar, de ser un espacio de calma y de confianza. La educación emocional, la formación ética, cívica, espiritual,… han prevalecido frente a otros saberes más académicos. La escuela (en este caso a distancia) ha tenido ese papel fundamental que debe tener la escuela: ser un espacio de educación y de acompañamiento.
  6. Unión escuela-familia: el confinamiento ha puesto sobre las familias muchas de las tareas que, habitualmente, realizaba el colegio. No ha sido raro ver a colegios pidiendo a los padres y madres ayuda a la hora de evaluar al alumnado. Muchas de las observaciones que un profesor hace en clase (puntualidad, compromiso, responsabilidad o hábitos) los han tenido que hacer las familias. Eso ha supuesto una oportunidad de hacer reuniones de tutoría donde los padres daban información al profesorado sobre la marcha del alumno, donde unos entraban en el espacio de los otros y han tenido que coordinarse: padres que han podido ver por primera vez una clase de sus hijos, profesores que han visto a los padres y madres en sus ámbitos de intimidad. Esto nos ha hecho ser conocedores de la auténtica realidad del otro y es una conquista que debe mantenerse: sin la colaboración familia-escuela no es posible una educación de calidad.

La lista podría ser más larga y, probablemente, cada familia y cada educador podría añadir un buen número de oportunidades que nos ha brindado esta situación excepcional. Por lo tanto, si aprovechamos este tiempo de infortunio como tiempo de oportunidad saldremos mejores después de esta crisis. Si por el contrario no miramos a la Oportunidad a la cara y nos escondemos detrás de la cobardía estaremos condenando a una generación y a un país entero. Ese es el rostro de la Ocasión. Su despoblada nuca nos obligará a arrepentirnos. Esperemos que los políticos de este país (sean del partido que sean) sean capaces de mirar esta ocasión cara a cara y alumbren un futuro mucho más adecuado para todos. Pongamos a un lado las diferencias, pongámonos hombro con hombro para construir un futuro mucho más halagüeño. Aprendamos de esta circunstancia y convirtámosla en la Oportunidad o la Ocasión que realmente es.

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