El virus de la educación

Gregrio Luri nos ofrece esta reflexión a raíz de lo acontecido con la Escuela en el periodo de confinamiento. Repetimos que no nos identificamos necesariamente con todo lo que publicamos, pero no nos resistimos a seleccionar aquellas reflexiones que nos hagan pensar y debatir. Ojalá que lo podamos hacer juntos y que los profesores nos organicemos en grupos de lectura y reflexión de forma permanente para que podamos discernir juntos el sentido de nuestra función (manuelaraus). Os dejo con las palabras de G. Luri.

El confinamiento ha confirmado que con la escuela ya no hay suficiente, porque la trayectoria educativa es más compleja que la escolar. Y cada vez lo será más. Estamos asistiendo a una transformación de fondo de la concepción familiar de la educación que no debe pasarnos desapercibida

Poco después de que la ministra de Educación proclamara que los hijos no son propiedad de los padres, cerró las escuelas y mandó a los niños a sus casas, dejando su educación bajo la responsabilidad de las familias. Este hecho reviste una gran importancia, porque ha reforzado una percepción que estas últimas venían madurando lentamente: que son ellas las que han de asumir directamente la trayectoria educativa de sus hijos. Esto no significa que la escuela no siga siendo importante, sino que su importancia relativa declina y por ello los aprendizajes escolares han de ser completados y no meramente reforzados. No es casual que se dedique cada vez más tiempo a la lectura en voz alta a los hijos, a compartir con ellos actividades culturales… Antes del confinamiento, nueve de cada diez niños asistían a actividades extraescolares. Recalco este hecho porque el confinamiento ha confirmado que con la escuela ya no hay suficiente, porque la trayectoria educativa es más compleja que la escolar. Y cada vez lo será más. Estamos asistiendo a una transformación de fondo de la concepción familiar de la educación que no debe pasarnos desapercibida.

Algunas familias han comprobado que a sus hijos les ha ido bien durante el confinamiento y que han ido adquiriendo conocimientos nuevos. Son las que tienen hijos metódicos y autónomos (y con frecuencia introvertidos) a los que no les gusta ralentizar su ritmo de trabajo para esperar a los alumnos más lentos. Podemos añadir a algunos que sufrían bullying y se han visto libres de la ansiedad social. Les ha ido igualmente bien a las familias que han sabido asentar unos hábitos de trabajo comunes desde el primer día y han logrado reproducir en casa la relación cara a cara entre el maestro y el alumno, dedicando un promedio de seis horas diarias al trabajo académico. Podemos incluir en este grupo en torno al 15 % de la población escolar.

En el otro extremo nos encontramos con un porcentaje similar de los que podríamos llamar absentistas virtuales, alumnos que desconectaron de la escuela desde el primer día de la cuarentena. En gran medida coinciden con los que asistían pasivamente a clase. En algunas zonas, el porcentaje de alumnos que han desaparecido del radar del sistema escolar podría superar el 20 %. No culpemos a la brecha tecnológica. No es ella la que los ha empujado a hacerse invisibles, sino la brecha realmente importante, la cultural. Si desconectaron en marzo y no volverán a conectar con la escuela hasta septiembre, habrán estado seis meses olvidando los escasos conocimientos escolares que tenían.

Interrogantes para el nuevo curso

El resto de la población escolar –en torno al 70%–, ha intentado mantenerse vinculada a la escuela, pero ha padecido un creciente cansancio telemático que ha ido produciendo cada vez más roces en la convivencia familiar. Hay pantallas que atraen a los jóvenes con más fuerza que un Zoom escolar.

Obviamente, las diferentes situaciones tendrán diferentes repercusiones en el futuro. Los estudios del Banco Mundial estiman que cada año escolar perdido por un alumno puede suponerle una reducción del 9 % de sus ingresos futuros.

Me temo que no estamos calibrado bien la gravedad de la situación. En estos seis meses, unos han perdido y otros han ganado conocimientos. A los primeros les costará mucho más que a los segundos reengancharse en septiembre, especialmente si se encuentran con profesores nuevos. Y aún nos falta saber cómo evolucionará la pandemia a partir de octubre, o cómo debemos tratar en los centros educativos a los alumnos y profesores especialmente vulnerables al coronavirus o que estén conviviendo con familiares en situación de alta vulnerabilidad. Si ningún centro puede garantizar que reducirá a cero el grado de transmisión, ¿se puede obligar a los padres a llevar cada día sus hijos a la escuela?

Creo que se debería animar a las familias a las que les ha ido bien a que, si lo desean, continúen trabajando en casa a partir de septiembre. Esta medida protegería su progreso y permitiría liberar espacio físico para facilitar el distanciamiento social en los centros.

Para concluir, me parece necesario resaltar la flagrante falta de liderazgo de nuestras autoridades educativas a lo largo del confinamiento. Frecuentemente han sido, incluso, un elemento de confusión. Hoy deberíamos conocer qué prácticas telemáticas han tenido más éxito y por qué. Los profesores, puedo asegurarlo, han sido creativos, ¿pero alguien ha evaluado los resultados comparativos de sus métodos? ¿Qué ha funcionado y qué no?

Gregorio Luri. Maestro y filósofo

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