JÓVENES… ¿SIN JUVENTUD?

Presentamos la Editorial de la revista Autogestión n. 139. Se trata de unas pinceladas relacionadas con la situación de la juventud que este blog pretende, en muchos aspectos, profundizar. Valga simplemente para abrir temas de diálogo en torno a la educación de las nuevas generaciones. Y para que los mayores nos sigamos sintiendo responsables de ellos y no nos desentendamos. Si no hay adultos que seamos referencia para los jóvenes, la responsabilidad no es de los jóvenes. (manuelaraus)

Hablar de la juventud como grupo social y delimitarla por la edad resulta harto problemático para la sociología. Nos referiremos, por tanto, a la franja de población que oscila entre los 16 y los 30 años. Las perspectivas que se nos dibujan para estas edades no son nada halagüeñas.

En lo que se refiere al empleo, la tasa de paro es del 56,2%. La mitad de los que trabajan, además, lo hacen con un contrato temporal. Un panorama desalentador agravado por la llegada de la covid-19. Son las cifras más demoledoras de toda Europa ya que suponen que cerca de un 80% de los jóvenes se mueven en la más absoluta precariedad. Si resulta que el sector más cualificado- el de los títulos universitarios-  es el que consigue más empleo en estas condiciones (un empleo que requiere una cualificación bastante inferior a la que se tiene), ya nos podemos imaginar qué está siendo del sector menos y peor cualificado, o del que ha abandonado los estudios obligatorios antes de los 16 años.  

Cuando ponemos en nuestra mirada a los jóvenes concretos, en sus rostros y sus vidas, el horizonte de experiencias vitales que les está tocando vivir, no podemos menos que tratar de ir un poco más allá de los prejuicios. Desde el punto de vista existencial, no hay nada más demoledor que ver sucesivamente frustrados o aniquilados todos los horizontes de sentido y los proyectos vitales que nos han servido de acicate para movilizar todas nuestras energías: el proyecto de “cambiar el mundo”, el proyecto de familia, o el proyecto profesional.  El siguiente estadio, en el que se encuentran cada vez más jóvenes, es el de simplemente la ausencia de expectativas y de metas, el “vacío”. “¿Para qué?, ¿De qué servirían las metas?” “¿Para qué estudiar si acabas igual que si no lo hubieras hecho?” “¿Para qué formar una familia o tener hijos?”

Unos pocos jóvenes, menos de los que parecen, andan a codazos, literalmente compitiendo a muerte y desgastándose en capitalizar (convertirse en un buen “capital humano”), para luego opositar, o alcanzar un “puesto”, un “lugar”, un “rincón” en este mercado incierto y salvaje que les ha tocado vivir. Para ellos se ha montado una campaña de “positivismo” acaramelado que, mediante la oferta del “autoemprendimiento creativo” y la “happycracia”, les trata de seducir con los beneficios de la claudicación al sistema y la autoexplotación. “¡Si quieres, puedes!”, “Todo va a salir bien”, “No dejes de soñar”, “El que persiste, triunfa”. El marketing tiene cientos de “iconos” que les servirán de referentes, ocultando los codazos o zancadillas que tuvieron que poner para coronar el pódium. Como si el mundo al que trataran de acceder, ese mundo que se diseña en consejos de administración, think tank y cumbres de élites bien organizadas, dependiera casi exclusivamente de la fortaleza de “su” voluntad, de su “derecho a decidir”. Lo cierto es que para formar parte de esta opción hay que tener el aval de un cuantioso fondo de inversión familiar, o una “beca” filantrópica del Estado o de una empresa, o un crédito financiero-si te lo dan- que te endeudará para los siguientes 50 años.

Muchos otros jóvenes, mayoría, se encuentran ya en la acedia existencial. Han decidido vivir al día, como si el mañana no existiese, apostándose y jugándose igualmente la vida en cada instante, en experiencias delirantes, extremas, dopamínicas o psicodélicas. Incluyendo eso de probar a ser otro sexo, otro cuerpo u otra especie. “¡Que nadie ponga límite a tus sentimientos ni a tus deseos!” es la consigna.  El mercado del ocio y de la evasión, ahora con todo un universo virtual a su disposición, tiene aquí una de las clientelas más lucrativas. El “vacío” como horizonte no conoce otro límite que no sea el suicidio. Suicidio lento, o suicidio fulminante.

Si a las adicciones analógicas (sexo, droga y música), les sumamos las digitales (más sexo, más “drogas” y más música) y les añadimos las patologías y los trastornos del espectro tristeza y soledad (depresión, ansiedad, trauma, autolesiones…) con la consiguiente industria terapéutica y farmacológica…el panorama, ciertamente, asusta.

Es cierto que hay también un sector que se resiste a ambas ofertas y transita, al menos como experiencia complementaria, por el mundo de los ideales, por la entrega a los demás, y hasta por la militancia social y política. El problema aquí es que el mercado también lo sabe y genera no pocas ofertas “de sentido”, financiadas por los mismos que hacen las ofertas del “sin sentido”.   

8 Pero la situación de los jóvenes no puede explicarse sin el comportamiento colectivo que hemos tenido los adultos hacia ellos. Un comportamiento decididamente insolidario. Hemos apostado porque el ascensor social del bienestar (que no es lo mismo que el bien-ser) siguiera funcionando a costa de lo que fuera. Sin querer enterarnos de que sólo funcionaba porque habíamos trasladado a los más empobrecidos del planeta, invisibilizados en nuestro mundo privilegiado, el coste de nuestros nuevos “derechos” de enriquecidos. Los adultos, también hay que decirlo, nos hemos desentendido de cultivar en serio-jugándonos la vida-la solidaridad y la lucha por la justicia más allá de las fronteras del egoísmo personal o colectivo. El padre, con trabajo fijo y sueldo aceptable, experimentó en los años 90 del siglo pasado que el hijo ya no iba a recibir esa herencia. La conquista de “nuestros derechos” se corrompe cuando se abandona la perspectiva de la solidaridad internacionalista, cuando nuestra “dignidad” vale más que la de los parias de la Tierra. Las plusvalías salían de los pobres y los pobres, los más jóvenes, saltaron las fronteras. Tienen hambre, y están dispuestos a trabajar por mucho menos. Nadie de acordó de ellos en las minas, en las plantaciones de esclavos ni en las maquilas y las zonas francas de producción. El mensaje que hemos transmitido a los jóvenes es muy claro: ¡sálvate a ti mismo!  ¡O húndete sólo!

Lo que también es innegable y no queremos ocultar es que hay un sector de la humanidad (y de la juventud) excluido del poder y de la riqueza, que no sale en la tele ni en las redes sociales, que sigue apostando por la búsqueda de la verdad y la justicia, por el servicio a los demás como horizonte de felicidad y que construye con generosidad una cultura de la solidaridad y de la colaboración por la existencia.

Es necesario que la juventud reciba la referencia y el testimonio, silencioso pero real, de tantas y tantas personas que han sido y son capaces de encarnar esta cultura de la fraternidad. Y además es nuestra responsabilidad. Tal vez así los jóvenes españoles empezarán a tener motivos para una esperanza creativa, que les haga parecer ridícula tanta desesperanza destructiva.

Editorial de la Revista Autogestión n. 139

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