Tras leer el trabajo colectivo realizado en el libro EL ECLIPSE DE LA ATENCIÓN (Coordinado por Amador Fernández Savater y Oier Etxeberria) he entresacado, de una de sus aportaciones los siguientes apuntes. Los pongo en común en esta entrada que no hace más que anticipar la presentación de un próximo trabajo divulgativo que publicará Ediciones Voz de los sin Voz en Octubre de 2025 y que tendrá como eje principal el problema atencional. El libro no tiene desperdicio y absolutamente recomendable. Lo edita NED ediciones, que es también una editorial independiente de libros de ensayo y pensamiento crítico.

El colapso atencional se encuentra en la encrucijada entre algunas tendencias clave del mundo actual: la economía que convierte la visibilidad en la mercancía más valorada, las formas de trabajo precarias y multitarea, el zapping y el scroll como modos de relación con las cosas, el horror vacui contemporáneo. La crisis de la atención es, seguramente, la que puede revelar con mayor precisión de qué está hecha la sociedad en que vivimos.
«Vivir intensamente significa vivir atentos» han dejado dicho, de muchas formas distintas, voces sabias a lo largo de los tiempos. Vivir atentos significa estar dentro de las situaciones que vivimos, vivir implicados. La atención es un arte de la presencia, del estar presentes en lo que nos toca vivir. Es la única plenitud a la que pueden optar existencias siempre abiertas e inacabadas como las humanas. La batalla de la atención es indisociable de la pelea por el deseo y el tiempo, por reapropiarnos de la capacidad de hacer y deshacer mundo; es, por tanto, otra dimensión más de la política emancipatoria, de la política como práctica de transformación del mundo, como pregunta colectiva por lo común
Ausentarse: la crisis de la atención en las sociedades contemporáneas
El modelo dominante de ser es el «sujeto de rendimiento»: constantemente movilizado, disponible y conectado, siempre gestionando y actualizando un «capital humano» que somos nosotros mismos (capacidades, relaciones, marca personal), siempre bregando para no naufragar en la precariedad, obligadamente autónomo, independiente y autosuficiente, flexible y sin «cargas». Es el modo de vida neoliberal, animado por la pulsión de «siempre más»
Este sujeto de rendimiento entra hoy en crisis por todas partes, tanto fuera como dentro de nosotros mismos: se multiplican los problemas sociales y ecológicos, las fisuras, las averías y los malestares íntimos (ataques de pánico y ansiedad, cansancio y depresión). Es decir, no somos capaces de ser según las formas de ser dominantes.
¿Qué se puede hacer con estas crisis?
Podemos simplemente buscar «prótesis» que nos permitan tapar los agujeros y seguir con el ritmo de la productividad incesante: terapias, pastillas, mindfulness, dopajes varios, intervalos de descanso y desconexión para quien pueda permitírselos, adicciones, afectividades compensatorias, consumo de identidades, de intensidades, de relaciones, chutes de autoestima (reconocimiento, likes), etc.
Podemos volver nuestro sufrimiento contra nosotros mismos: autoagresión, lesiones, rabia reactiva, resentimiento y búsqueda de un chivo expiatorio, de un «culpable» de lo que nos pasa.
Podemos buscar también formas de borrarnos del mapa. Frente al mandato de «siempre más» del sujeto de rendimiento, ensayar una retirada radical. «La vida no me interesa ya, hace demasiado daño, sin embargo, no me quiero morir». David Le Breton llama «blancura» a ese estado y repasa las diferentes maneras que hay de mantenerse lejos del mundo para no ser afectados por él: no ser nadie, librarse de toda responsabilidad, no exponerse, hibernar, dormir tal vez soñar, pero en todo caso nunca estar…
Frente al yo como unidad productiva siempre movilizada, desaparecer. Desaparecer en tu cuarto propio conectado (el hikikomori1 ), desaparecer en el exceso de alcohol y velocidad, desaparecer en una secta, desaparecer en la anorexia, desconectarse, desafiliarse, abdicar: no ser. Un fenómeno intensificado tras la pandemia del coronavirus: éxodo de las grandes ciudades, abandono del trabajo (el fenómeno de la «gran dimisión»), la gente que se niega a salir de su casa después de los confinamientos…
La «blancura», como fuga a un no lugar y huelga de identidades, es ambivalente: puede cronificarse, puede ser tan sólo una prótesis (tras un período de desaparición, volvemos con las pilas recargadas) o puede ser tal vez un principio de resistencia y bifurcación existencial.
Autor: manuelaraus. Autor del blog Educación para la Solidaridad.

Muchas gracias. A la espera de la aportación que anuncias para octubre.
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Muchas gracias. A la espera de la aportación que nos anuncias para octubre.
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