En esta artículo añadimos una segunda parte a la entrada anterior, la de la semana pasada. ¿Tiene la pobreza, de la que resulta la exclusión y el descarte social (¿o es al revés?) una base genética hereditaria? ¿Va a ser que son pobres por que así lo «dictan» sus circuitos neuronales cerebrales? No es un tema para bromas, porque esta forma de razonar ha tenido y tiene consecuencias dramáticas, genocidios incluidos, en nuestra historia pasada y reciente. Lo que parece claro para los estudios que se realizan es que el despliegue de la potencialidad de conectividad de nuestro cerebro está en relación directa con el ambiente- mundo institucional en el que éste se desarrolla. Y, por lo tanto, es perfectamente coherente que los déficit y carencias derivadas de una entorno inseguro, de riesgo, estresante…, impidan un desarrollo adecuado del cerebro. De esto trata este artículo (manuelaraus)

Mezclar neurociencia con sociología es siempre peliagudo. Imagina que encontráramos que el cerebro de las personas con bajo nivel socioeconómico fuera diferente al de los ricos. Imagina que hubiera realmente una correlación fuerte que te permitiera distinguir a unos de otros solo por la arquitectura de su sistema nervioso. Algunos gurús digitales no dudarían en tomar el estudio por bandera para clamar que la mentalidad de pobre existe. Que los ricos se merecen su éxito porque son biológicamente superiores. O que la sociedad no debería ponerle freno a la selección natural, por cruel que sea. Argumentos no aptos para las tripas de quien tenga un mínimo de conciencia social, pero que triunfan en las redes.
Algo así sucedió con las pruebas de inteligencia que Henry Goddard pasó a incontables inmigrantes recién desembarcados en EE.UU. Para muchos, esas pruebas justificaron la inferioridad de los extranjeros como si fuera una cuestión natural. Ahora tenemos claro que las condiciones en que se encontraban y el mal diseño de las pruebas invalidaba cualquier resultado. Ahora, un estudio publicado en la revista Science parece haber descubierto que el cerebro de los niños de bajo nivel socioeconómico muestra diferencias significativas con el de los niños ricos incluso a edades tempranas. Y las conclusiones parecen correctas, pero la clave es cómo los queramos interpretar, si como la causa de las desigualdades sociales o su consecuencia.
La naturaleza del taxista
Para entender la diferencia podemos recurrir al clásico estudio del año 2000 que analizó el cerebro de los taxistas londinenses. Para obtener la licencia en Londres, los conductores de taxis han de memorizar al dedillo el callejero de una ciudad más del doble de grande que Madrid. Los investigadores del proverbial estudio descubrieron que, precisamente, en los taxistas más veteranos el hipocampo posterior estaba más desarrollado (una estructura del cerebro especialmente relacionada con la memoria y la navegación por el espacio). Ahora bien. ¿El mayor tamaño del hipocampo era la consecuencia de haber estudiado el callejero o una característica innata necesaria para poder recordar cada calle y así aprobar el examen?
Algunos parecen haberse quedado con aquel ambiguo estudio del año 2000, pero en 2011, otra publicación científica logró aclarar la duda. El hipocampo aumentado era la consecuencia del entrenamiento. Dicho de otro modo: la correlación entre el cerebro de los taxistas y su profesión no nos hablaba de habilidades y limitaciones innatas, escritas en piedra. Todo lo contrario, nuestro cerebro es maleable y algo así sucede con el reciente estudio publicado en Science, puede que (en parte) los ricos tengan más oportunidades para triunfar en la vida por su cerebro, pero esos cerebros “aventajados” son como son, en gran medida, por haberse criado en entornos privilegiados.
No es cuestión de CI
Todo ello sin entrar en cuestiones como la red de contactos, el nivel educativo, o que solo estamos hablando de tendencias generales y no sugerimos que todos los cerebros de las personas en situaciones precarias muestren características únicas y ausentes en los cerberos de personas privilegiadas. Aunque, para ser precisos, el estudio no ha encontrado diferencia significativas en las estructuras relacionadas con las habilidades cognitivas, pero la “inteligencia” no es la única característica que nos puede dar ventajas en el sistema laboral que vivimos. «El estatus socioeconómico no es un destino» señalan los autores. De hecho, añaden, “aún no está claro cuándo surgen por primera vez las fuertes asociaciones entre el cerebro y el nivel socioeconómico o cuándo las intervenciones ambientales pueden ser más beneficiosas”.
Lo que sí parece claro es que, según han concluido los investigadores tras analizar a casi 649 variables de 10.000 niños de entre 9 y 10 años, hay dos características que afectan especialmente al desarrollo cerebral. Ambas, variables especialmente relacionadas con un nivel socioeconómico bajo: la falta de sueño y los altos niveles de estrés. A juzgar por las pruebas de imagen cerebral, los niños que puntuaban más alto en estas variables mostraban cerebros con una menor conectividad, esto es: menos comunicación entre distintas estructuras cerebrales. Y, a su vez, también presentaban una corteza cerebral más delgada. Esto último es algo más difícil de explicar, pero está relacionado con cuántas neuronas hay en la superficie cerebral y cuántas conexiones establecen con sus vecinas. Un adelgazamiento puede ser señal de que la red trabaja de manera óptima o, simplemente, de su deterioro.
De hecho, algunos estudios ya habían relacionado situaciones estresantes durante la infancia con el desarrollo de estructuras cerebrales en adultos que, aparentemente, eran más resistentes a los efectos del estrés. Porque la relación que puede existir entre determinadas condiciones vitales y el desarrollo del cerebro no es magia, es algo que, en parte, podemos comprender a una escala química pero que, si queremos paliarla para alcanzar la verdadera igualdad de oportunidades, deberemos atajarla a la escala donde nace, la social.
Autor: Ignacio Crespo. En La Razón.
