¿Gutenberg ha muerto?

Lee este artículo. Leer… ¿que aporta?, ¿qué resta a la cultura digital?. ¿Qué hacemos cuando leemos?. LEE ESTE ARTÍCULO. 

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Nuestro siglo está sufriendo el desplome de la cultura lectora. Y es un problema muy grave porque gran parte de la sabiduría humana está codificada en libros. Leer no es solo juntar letras sino que supone vivir una profunda experiencia de inmersión en un mundo que nos plantea el escritor. Puede ser un testimonio, un ensayo, un tratado, un diálogo, una larga entrevista, una novela, poesía, teatro, biografía o las muy distintas formas que a lo largo de los siglos han ido surgiendo. Lo cierto es que una gran parte del patrimonio de lo humano se transmite mediante experiencias lectoras.

No se trata solamente de acceder a los contenidos. Hay quien piensa que por ver una película, una novela gráfica o un resumen de Moby Dick, ya se ha aprovechado el saber que encierra. Es como pretender que por ver un documental de Vietnam uno ha vivido el país. Lo más importante de Moby Dick no es conocer el argumento sino que ha tomado la forma de novela para propiciar una experiencia concreta. Vas a vivir un proceso que necesita la velocidad de la lectura.

Los ordenadores y pantallas nos han puesto más palabras ante nosotros, pero no nos han hecho leer más deprisa. Han hecho síntesis y nos mezclan imágenes, pero no acortan el tiempo de lectura. Tampoco las nuevas tecnologías han hecho que pensemos más deprisa. De hecho no han hecho ni que las conversaciones sean más rápidas.

Leer es una forma muy avanzada de participar. Cuando uno lee, hace suyo un texto, se mete dentro de él; lo convierte en sus propias palabras. El libro se mete en tu mente y tú te metes dentro del libro. Sucede a la velocidad adecuada: como escuchar una buena historia a la luz de la hoguera. Poco a poco, durante horas, ese mundo no deja de crecer dentro de ti mezclándose con tu propia historia y tus mundos. Mientras lees eres Ismael, también eres Ahab, eres el ballenero Pequod, eres toda la tripulación y hasta eres la ballena blanca Moby Dick.

Solo sometiéndote a esta aventura, exponiéndote, entregándote y arriesgándote a ella, puedes acceder a su sabiduría y su belleza. No hay otra forma. La película de John Huston nos lleva a la misma historia pero es otra experiencia diferente. Valiosa, pero distinta. Tiene dones que no tiene la novela. Y la novela tiene cosas que no están en la película. Pero en todo caso, la experiencia es diferente. E igual ocurre con las maravillosas ilustraciones de José Ramón Sánchez en su magnífica versión de Moby Dick: es otra experiencia. No hay que elegir. Hacemos todas las experiencias alrededor de esta apasionante historia.

El problema es que leer Moby Dick requiere muchas cosas. Primero, necesitas tiempo. En una cultura progresivamente acelerada, hay quien incluso considere leer una novela una pérdida de tiempo. Segundo, necesita atención. Para quien está enganchado hiperactivamente a la multitarea y no es capaz de estar media hora sin consultar las redes, pues le resulta difícil concentrarse. En tercer lugar, es necesario saber leer. ¡Ay, este es un gran problema!

Las estadísticas nos dicen que se lee mucho. El problema no es solamente si se lee sino qué se lee. Una parte de los editores publican fórmulas que nos hacen más simples. El mercado editorial está inundado de textos escritos con palabras simples, frases cortas de menos de doce palabras, párrafos de seis o menos líneas, capítulos cortos de cinco páginas como mucho, argumentos autoconclusivos de veinte páginas que se van sucediendo para mantener enganchado al lector. Muy parecido a muchas series televisivas preparadas para lo mismo: argumentos simples, lugares comunes, composiciones visuales convencionales, ciclos narrativos cortos de 15 minutos, una dosis de sexo y otra de violencia cada siete minutos. Es una fórmula comercial porque se trata sobre todo de vender, no es una misión cultural.

Cualquier texto complejo se ha hecho prácticamente ilegible para las nuevas generaciones e incluso para personas que fueron educadas en esa tradición lectora. Incluso son objeto de desprecio como si estuvieran totalmente obsoletos. Hay quien se ríe de que la gente siga leyendo poesía. Hay quien dice que el libro hace tiempo que está muerto.

Cada vez hay menos probabilidades de que se comprenda y disfrute un salmo, un diálogo de Sócrates, un cuento de Borges o una página de Henry Miller. Hay todo un patrimonio codificado en libros y que es ilegible, inaccesible, insoportable, inaceptable para la cultura actual. Tienen casi que pedir perdón por existir.

Hay gente que ha dado la vida por los libros para que no fueran quemados por las iglesias o los nazis. Hay quien luchó y entregó su vida para difundir los libros salidos de las imprentas de Gutenberg. Hay quien fue enviado al ostracismo por salvar jeroglíficos que tenían que ser destruidos. Hay quien murió por guardar una Biblia en Auschwitz o por no querer pisarla en el Japón imperial. No es broma.

El novelista Alberto Olmos critica en su buena novela Alabanza (publicada por Random House Mondadori) que el premio Nóbel a Bob Dylan marcó un año a partir del cual la literatura murió. Cualquier cosa parece literatura. Es posible. Lo que es cierto es que cualquier cosa es leer. Y cualquier cosa es escribir. Necesitamos críticos literarios cada vez más rigurosos y veraces que llamen a las cosas por su nombre.

El hecho es que nos encontramos ante el mayor desplome de la cultura lectora de toda la Modernidad. Hasta ahora siempre había aumentado el número de personas que se podían hacer cargo de los libros escritos en la aventura de la Humanidad. Es la primera vez que desciende drásticamente.

Las pantallas no son el enemigo. Proporcionan otras experiencias culturales de gran valor. El problema es que el complejo mundo que vivimos nos requiere un mayor esfuerzo para formarnos para comprender y vivir los diferentes formatos en que se cifra la sabiduría y belleza humana.

Igual que hubo un tiempo en que la solidaridad republicana tuvo su magna obra en la alfabetización rural, hoy en día también nos encontramos de nuevo ante esa misión de alfabetización urbana. Gutenberg no ha muerto del todo ni los libros han muerto del todo pero es otra de las especies en vías de extinción. Si queremos cultivar el espíritu quizás la vía más corta sea convocar a un grupo de valientes que en medio de la ciudad y contra todos los temporales se conjuren para leer Moby Dick. ¿Quién quiere cazar a esta ballena blanca?

Fernando Vidal para Entreparéntesis

 

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