Aprender de los compañeros

Comparto esta reflexión en voz alta hecha por un profesor. Se la agradezco de todo corazón. Creo que tiene mucha importancia. La división teoría- práctica propugnada por concepciones ideológicas de amplio espectro es la puerta de entrada de la división listos- tontos, élites- masa, gobernantes- gobernados, expertos- curritos,…

Es cierto que ninguna práctica se convierte en auténtica experiencia sin estudio y reflexión. Ello implica un compromiso de lectura y de confrontación con muchas experiencias reflexionadas y compartidas por muchos que viven y vivieron antes que nosotros. Menudo trabajo tendríamos los humanos si hubiera no estuviéramos sobre los hombros de tantas y tantas generaciones que han compartido con nosotros sus experiencias. Y, no en vano, se institucionalizó la enseñanza para tratar de «democratizar» lo que algunos querían que fuera patrimonio exclusivo y excluyente. Pero la mejor teoría con la que podemos contar es siempre la que se somete al juicio sereno, contrastado pero implacable de su práctica, en una dialéctica perseverante que vigila con obstinación todo anquilosamiento y reduccionismo sectario ideológico. Compartir las vivencias nos obliga a pensarlas, aunque no sea nada más que para poder expresarlas en la carcasa del humano lenguaje. Compartir las vivencias nos obliga a escucharnos a nosotros mismos y a distanciarnos del fragor de la batalla diaria para apreciar lo que a la postre ha resultado fútil y poco sólido. O, al revés, tremendamente consistente a pesar de no haber tenido con ello la debida consideración. Compartir nos ayuda también a escuchar, sobre todo a escuchar, a los que, como nosotros, comparten el mismo campo de batalla. Y compartir nos hace protagonistas y sujetos de nuestras propias historias, que se ensanchan y se dilatan hasta mucho más allá de nosotros mismos…cuando somos capaces de compartirlas (manuelaraus)

Aprendemos cuando somos capaces de efectuar el análisis de nuestra propia experiencia. Cuando de ella podemos extraer una solución que, puesta a la práctica, nos ayuda a hacer mejor las cosas y nos permite vivir una nueva experiencia. Y cuando esto se realiza durante mucho de tiempo, en el pozo de la experiencia práctica queda una infinidad de cuestiones resueltas que puedo compartir con mis compañeros.

Desde el más remoto pasado, el proceso de la enseñanza y, de los que se han dedicado y se dedican a ella, ha sido objeto de discusión, comentarios, críticas, alabanzas, desprecio, e incluso, por desgracia, a menudo ha sido pasado por las normas, las formas y las armas.

Al ser la enseñanza una práctica social, de influencia ideológica y de carácter axiológico, ha estado y está en el punto de mira de todos los poderes. Pero su intervención se ha limitado al control, a dar al profesorado instrucciones, circulares, normas, diligencias, prescripciones…, despreciando su identidad profesional, su autonomía, su conocimiento y su capacidad para tomar decisiones. Como se está comprobando y agravando, últimamente, en la pandemia.

Muchas voces que podían comunicar-narrar-relatar tantas experiencias y conocimientos interesantes sobre la enseñanza, sobre la vida interna de las aulas y las escuelas, las vivencias propias y de sus compañeros, los años transcurridos junto a generaciones de alumnos, acumulando experiencias, compartiendo el conocimiento del oficio…, se pierden en el tiempo. Fueron, y lo son todavía, voces silenciadas o amortiguadas de los verdaderos protagonistas de la enseñanza. A menudo los relatos de las experiencias de otros nos ayudan a entender lo que nos sucede a nosotros mismos. Historias, relatos y experiencias de vidas educativas truncadas que pudieron aportar sus reflexiones y sus acciones, y a las cuales no hemos tenido la oportunidad de sumar a nuestra propia experiencia.

Demasiado a menudo, la voz, la experiencia y el conocimiento del profesorado ha sido silenciada. Se ha dado por sentado que para esgrimir cierta autoridad y poder hablar sobre la enseñanza y sobre la profesión que ellos ejercen, hacía falta impersonalizar la identidad profesional práctica y salir del aula y asumir otros papeles (inspección, asesoramiento, universidad, administración, etc., es decir, hablar de la escuela desde fuera de la escuela). Y se argumentaba que, el día a día, los absorbía tanto que no los dejaba tiempos para pensar, para reflexionar, para escribir, para investigar, para aportar elementos de cambio a una práctica que son ellos quienes mejor conocen. Una profesión que algunos han tildado, por eso, de subsidiaria y dependiente de otros, desprecio que ha calado profundamente en la cultura profesional del magisterio. Otros administraban, pensaban y decidían por ellos (el uso del “pasado” es más producto de mi deseo que de la realidad). Esto ha significado propiciar la subordinación a la producción del conocimiento educativo, la separación entre teoría y práctica educativa, el aislamiento y el silencio profesional, la marginación de los problemas morales, éticos y políticos vividos en la práctica, el gremialismo de algunos, la insolidaridad profesional de otros y la descontextualización de la práctica educativa.

Estoy convencido que uno de los motivos del porqué la enseñanza ha avanzado tan poco, o avanza tan despacio, es por el hecho que no se ha escuchado la voz propia de aquellos que la viven intensamente, por supuesto con excepciones y matices, sino que eran y son voces situadas en un segundo o tercer nivel las que opinaban sobre esto, voces que analizan la enseñanza desde puntos de vista alejados de la realidad de las escuelas y, a veces, voces con relatos poco humanizados y teóricos, llenos de una gran cantidad de racionalidad técnica y de normatividad absurda, imbuidos de una supuesta objetividad.

A veces, en el sector educativo, no damos importancia a quien desde la proximidad nos narra una vivencia profesional y personal, un conocimiento docente. En cambio, prestamos oído a voces que narran historias prestadas o expropiadas que a menudo solo sirven para alimentarse a sí mismas, que resultan contemplativas, que solo se miran en el espejo de sus palabras “eruditas”, a las cuales no parece interesarles la mejora real y práctica de la enseñanza y del profesorado. Y finalmente el que nos ha quedado es esta dicotomía entre teóricos y prácticos que tanto mal hace a la profesión educativa. Diferencia entre los que se dedican a administrar, a pensar, a decidir y los que trabajan en la práctica educativa. A este hiato entre el pensamiento educativo y la acción, con la falsa creencia que lo primero dirige al segundo. Una brecha que se puede romper dando voz propia (o recuperándola) a las prácticas y experiencias del profesorado, a sus experiencias e historias de vida educativa y conocimiento profesional, o favoreciendo el escuchar y el compartir unas vivencias personales que pueden ayudar a otros a avanzar y, a la vez, a expresarse con voz propia. A perder el miedo de escribir, a explicar, a compartir… No tiene que ser una voz refugiada en el “yo” sino que salga de la abstracción para convertirse en el “nosotros”, para incidir en un conocimiento más profundo de sí mismo (valores, creencias, supuestos…), del entorno del trabajo (social, político, cultural…), del conocimiento y las destrezas que tiene que trabajar, de los constructos teóricos de la enseñanza, del aprendizaje y del currículum (planificación, metodología, evaluación, organización, materiales…).

Habría que pensar que los mejores docentes son los más capaces en la hora de compartir lo que saben, pero tenemos que hacer prevalecer más la autenticidad de la vivencia que la habilidad técnica para saberla compartir, ya que esa habilidad muchas veces entorpece su publicación o intercambio. La dimensión personal, tantas veces marginada cuando se recomendaba indirectamente que el profesorado ocultara sus propias emociones, tendría que asumir una enorme importancia en la interacción de lo que se comparte.

Aprendemos cuando somos capaces de efectuar el análisis de nuestra propia experiencia. Cuando de ella podemos extraer una solución que, puesta a la práctica, nos ayuda a hacer mejor las cosas y nos permite vivir una nueva experiencia. Y cuando esto se realiza durante mucho de tiempo, en el pozo de la experiencia práctica queda una infinidad de cuestiones resueltas que puedo compartir con mis compañeros. Es cuestión de dar valor al que sabe y dar valor también al que el compañero o la compañera sabe. Romper el silencio de esta voz que calla porque no se atreve a expresarse, porque piensa que no aporta nada o porque otros lo saben mejor que un mismo. Es necesario romper con la ignorancia de tantos que dan consejos a otros o quieren solucionar problemas desde fuera, para compartir la práctica profesional y las angustias con los compañeros de al lado, los que están en las aulas vecinas y a la sala de profesorado, y con los cuales ejercen en instituciones próximas una función similar, aunque estén lejanas en el espacio.

El compartir la experiencia y el conocimiento a la enseñanza es muy importante. Y es un revulsivo crítico contra tantas políticas conservadoras o erráticas.  Por este motivo, todavía es más importante la comunicación entre el profesorado, el compartir los problemas, las angustias, hablar de todo, la de agruparse en un proyecto común para ayudar a superar la desmoralización y recuperar las herramientas que permiten trabajar mucho mejor en el oficio de educar. No hay peor lucha que la que no se hace.

Es necesario reubicar y dar importancia a la experiencia del trabajo docente para aumentar el conocimiento educativo, la consideración y el estatus social. Y a todo esto ayudará una verdadera colegialidad entre iguales, con la participación de todos los que intervienen en la educación. Solo la autenticidad de la experiencia docente, relatada por las voces del profesorado que han vivido las diversas situaciones contextuales, puede acabar impregnando las ideas y las vidas de otras personas que participan también de una misma actividad o profesión educativa

Francisco Imbernón. Foro Educativo Sevilla. eldiariodelaeducación.com

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