HABLEMOS DE LA EVALUACIÓN FINAL DEL CURSO del CORONAVIRUS. Otra página de un diario personal.

A la espera de instrucciones de las administraciones competentes.

Los docentes andamos a la caza de noticias sobre el final de curso. El Consejo Escolar del Estado emitió un informe en el que contemplaba dos escenarios. En uno de ellos, los chicos regresaban al colegio. En el otro, no. El Ministerio de Educación, dejando claro que las competencias educativas están en manos de las Comunidades Autónomas también se ha pronunciado. Nos vienen llegando ya también estas instrucciones en las Comunidades Autónomas. Aquí en Madrid, nos acaban de llegar.

En todos ellos queda bastante claro que la preocupación fundamental se centra en los cursos finales de etapa. En esta circunstancia se encuentra el final de la ESO (4º de la ESO), por ser la culminación de la etapa obligatoria y un momento de decisiones importantes de cara a la continuidad en el sistema educativo. También, lógicamente, Segundo de Bachillerato, porque es la antesala de la prueba EVAU, que abre o cierra puertas importantes para el trayecto que los alumnos van a emprender presumiblemente en las Universidades. Estos tramos merecerían otra reflexión aparte.

El escenario más previsible es el de la no incorporación de los alumnos a los centros educativos. Lo que se dice en torno al papel de la evaluación (diagnóstica, formativa, continua o progresiva, integral, bla, bla, bla) forma parte del bagaje que traemos aprendido los docentes desde, como dirían en las películas de abogados, el primero de carrera. Lo que se dice sobre la conveniencia o no de repetir, ni te cuento. Asumido que hemos puesto la escuela “patas arriba” a partir del mes de marzo, no le cabe duda a ningún organismo oficial de consulta, deliberación o ejecución que hay que tomar en consideración al alumnado que se ha visto más perjudicado por la modalidad telemática online en la que ha tratado de transcurrir el curso escolar. Es por ello por lo que ya estaba decidido que los temarios no debían avanzar y que los contenidos a trabajar y evaluar deben centrarse en lo básico y esencial del programa.

El Ministerio estima en un 10% el alumnado en “desventaja” tecnológica. Siempre me han llamado la atención estos datos que se sueltan en medio de la vorágine de un tsunami social (¿Estarían ya ahí y no nos habíamos enterado?). De repente sabemos algo estadísticamente que, por lo menos a las familias de mi barrio, jamás les han preguntado oficialmente. También temo eso que llaman las “medias”, que son muy graciosas, como todo el mundo sabe: si uno se come dos pollos y otro ninguno, pues la media dice que se han comido un pollo cada uno.

El debate está servido en este punto: ¿Qué hacer con la evaluación de estos alumnos con desventaja social y tecnológica? Si promocionan todos, ¿cómo beneficiar también a los que han estado realizando un esfuerzo importante en estas circunstancias? ¿De qué ha valido entonces el esfuerzo que han estado realizando los docentes para mantener, adaptadas por supuesto, las clases? Siempre hay que calibrar muy fino para que el famoso “igual para todos” no termine perjudicando a todos y resulte realmente “justo” para todos. Y en esos dimes y diretes transcurren las propuestas que se van haciendo llegar a la opinión pública antes que a la comunidad educativa, por supuesto.

Más allá de lo debatido y aprobado sobre evaluación. ¿Qué tenemos que evaluar?

Pero lo que a mi me gustaría es sobrevolar ese raquítico marco en el que tienen lugar casi todos los discursos sobre la evaluación. Lo que no implica en absoluto dejarlos de lado ni despreciarlos.

Evaluar no es una palabra muy adecuada en pedagogía en su acepción etimológica. Parece ser que procede del francés évaluer que significa “indicar, valorar, establecer, apreciar o calcular la importancia de una determinada cosa o asunto”. Viene ser algo así como “dar un valor”, “poner un valor”, a un alumno o alumna en función de la adquisición de una serie de objetivos (ahora se llaman “competencias”) que se proponen en el currículo escolar. Un valor que pretendiendo contener aspectos cualitativos termina necesariamente expresándose cuantitativamente. En la universidad se contabilizan “créditos” y el “valor” de los créditos determinan “el capital cultural y humano” que podemos aportar, vía credenciales o títulos, a la sociedad y a la empresa. Nuestro periplo por el sistema educativo, ya sea público o privado, va llenando nuestra tarjeta de crédito de “capital cultural o social o humano” o como se quiera llamar. Y, como se gasta pronto, hay que estar cargando la tarjeta de forma permanente (formación permanente se llama) con la “moneda” o “criptomoneda” que el mercado, ahora 4.0, ponga en circulación. El que no lo hace queda fuera de la circulación y/o condenado a los trabajos esclavos que nadie quiere. Incluso el que tiene tarjeta deambula en la precariedad. ¡El lenguaje no puede ser más neutral!

El pedagogo Miguel Ángel Santos Guerra decía con mucha gracia en una de sus columnas que escribe para el periódico La Opinión de Málaga algo que no voy a transcribir literalmente pero que explica con mucha claridad el trasunto. Venía a poner de manifiesto la cantidad de instrumentos, procedimientos, herramientas, esfuerzos, … que dentro de la escuela y del sistema educativo en general venimos dedicando a “pesar la gallina”. Y venía a decir que resulta absolutamente desproporcional el esfuerzo que hacemos por “pesar” con relación al esfuerzo y al tiempo que requiere un adecuado crecimiento (integral). Queremos pesar a cada momento la “gallina” (evaluar) sin haber tenido ni tiempo para darla de comer ni para esperar a que la comida que le demos, si es adecuada, la permita crecer adecuadamente. Ya entendemos todos que está muy lejos de su pretensión con esta metáfora comparar a los “alumnos” con las “gallinas” o “pollos”.

Pesar la gallina sin darla de comer

La evaluación se nos disfraza con mil vestidos maravillosos: diagnóstica, formativa, continua, integral, … y forma parte de una de las funciones que ciertamente más tiempo nos ocupa a los docentes. Pero lo cierto es que al final, el docente, que se supone que ha estudiado para orientar profesionalmente el proceso de enseñanza- aprendizaje, tiene que ponerse la toga de Juez. Y lo cierto es que “el peso de la nota”, condiciona necesariamente la vida y las expectativas “escolares” de todos y cada uno de los alumnos. Y lo cierto es que es uno de los instrumentos más insidiosos y cuestionados que se han inventado para la selección clasista que se produce, y no hay estudio que no demuestre lo contrario, en el transcurso del proceso educativo.

Al final hay que poner “notas”

Creo que el mejor diagnóstico de la Escuela se sigue encontrando en un “escrito colectivo” que realizaron un pequeño grupo de muchachos de Barbiana acompañados de D. Milani, el sacerdote con el que “hacían escuela”. El escrito en cuestión se llama “Carta a una Maestra” y si no te lo has leído, querido lector o lectora, ya estás tardando. Los alumnos de Barbiana, que habían vivido en su piel un caso de descarado e injusto descarte de un “desventajado social” (aún no se había producido siquiera la llamada “brecha digital”), sentenciaban en un momento de la Carta: “La escuela se ha convertido en un hospital que cura a los sanos y rechaza a los enfermos”. La imagen no puede resultarnos más actual en tiempos de coronavirus y UCIS saturadas. ¿Se imaginan que en los hospitales sólo se ocuparan de los “pacientes” que tienen garantía de sanar? Pues eso…

“La escuela se ha convertido en un hospital que cura a los sanos y rechaza a los enfermos”

La patada en la barriga no es sólo para vosotros, compañeros míos, sino para mí. A mí me duele formar parte año tras año de estos comités de evaluación y comprobar que, efectivamente, los “más enfermos”, mezclados heterogéneamente con muchos otros (¡vaya ratios!) con distintos diagnósticos, acaban en la cuneta. ¡Y NUNCA ES NUESTRA INTENCIÓN HACERLO, eso también lo puedo asegurar! Pero irremisiblemente, al final nos hacen ponernos la toga de juez, o la bata de tasadores de peso de “gallinas”. Nos perdimos las clases de sociología de la educación, pero allí quedaba claro cómo funciona una institución y un sistema, con independencia de las buenas intenciones y las loables y angelicales voluntades de los que forman parte de él.

Y eso venía a propósito de las “instrucciones” que nos van a llegar para “evaluar” un curso a todas luces excepcional. ¿Dónde me rechina todo en todos los “discursos”? (Ahora se dice mucho eso de “generar narrativas”). Pues sencillamente en la reiterada contradicción que estamos siempre viviendo en la escuela. A ver si me explico.

Se nos pide, como ya he dicho, que pongamos la escuela “patas arriba”. Que nos la “reinventemos” desde casi la “nada” como “escuela online”, no presencial. Se nos hace la pelota por el esfuerzo que hemos hecho. Las administraciones se muestran empáticas con las dificultades de todo tipo que saben que estamos teniendo y son conscientes de él. Nunca se ha hablado tanto de la “desigualdad social” como condicionante indeleble de la educación. Pero TODO el discurso, absolutamente todo, para que nos sigamos moviendo en los parámetros del sistema educativo tal y cómo está diseñado: competencias (reducidas, pero no cambiadas), áreas o asignaturas establecidas con los contenidos que ahí se estipulan (sean o sean relevantes en la situación en la que estamos viviendo), refuerzos, horarios, … y finalmente criterios de evaluación para realizar evaluaciones. La maquinaria sólo puede ir en una dirección. ¡Menuda oportunidad para las empresas tecnológicas de por fin dar el salto a la Educación 4!0! ¡Menudo salto al futuro de la educación que sueñan los Bill Gates, BBVA, Telefónica y demás compañías!

¿Evaluando sólo carencias?

La premisa me parece, acepto estar equivocado, demencial. Vamos a hacer que acumulen una “deuda” que en el curso que viene nos encargaremos de cobrar con medidas compensatorias.  ¡Para no perjudicar a los que no han podido seguir la enseñanza que les teníamos que haber dado si no hubiésemos faltado a las clases! Y no digo que eso esté mal. Pero…

A ver si me explico. Va a resultar que lo más importante que tendrían que haber aprendido en esta situación excepcional y única que han vivido nuestros alumnos, tiene que ser lo que les estaba enseñando la escuela cuando no existía esta situación EXCEPCIONAL Y ÚNICA. Es decir, a ver si me lo sé, vamos a prescindir, para EVALUAR, de TODO lo que esta situación les ha hecho crecer, aprender y madurar. Y vamos a consignar en los informes personalizados sólo el déficit que se deriva de lo que no hemos podido ofrecerles en la escuela presencial. En definitiva, quedará recogida SOLAMENTE una DEUDA con el sistema educativo que les hemos diseñado a los de la “desventaja social”.

No estoy diciendo que no se produzca un déficit importantísimo con la falta de escuela presencial. Digo que no me parece de cajón que SÓLO valoremos y tomemos en consideración ESA DEUDA, sin sopesar- ¿no se trata de pesar? – integralmente lo que se ha aprendido.

Otra propuesta de evaluación

Cuando ha surgido el tema de la “evaluación” no sé por qué, se me ha venido a la memoria la primera experiencia educativa en la que, no siendo siquiera estudiante de magisterio, participé. Por entonces, hace más de 35 años, formábamos parte de algo que llamamos “doble-escuelas” (doposcuola en italiano), y que tenía que ver mucho con la Carta a una Maestra de la que os he hablado y con un librito que dio a conocer también a D. Lorenzo Milani en España y que editó la editorial CERO- ZYX con el nombre de “Contraescuela”. Sirva esto de agradecimiento a algunos de los compañeros que he tenido y tengo en el Centro en el que trabajo de Villaverde porque en este barrio funcionaba una de las más importantes de España. Teníamos un área que llamábamos “mundología”. Y en ella hacíamos el listado de los “aprendizajes” vitales que eran necesarios para que un muchacho de un barrio empobrecido pudiera valerse en la vida. En ellas, entre otras cosas, me inspiro para hacer esta propuesta.  

En un ejercicio de expresión de un deseo que no veo en absoluto irrealizable, me atrevo a proponer, al menos para Primaria (y puede que para parte de secundaria), los siguientes ITEM de EVALUACIÓN complementarios, si no sustitutivos, del informe de evaluación que tenemos que hacer. Evidentemente habría que adaptarlos según la edad y habría que diseñar el modo de recoger la información. En algunos casos habría que recogerla cuando podemos tener una entrevista personal con ellos, que tal vez sea ya en el curso que viene. Aun así, merecería la pena. Allá van:

  • Sé por qué estoy encerrado y confinado en mi casa
  • Conozco algunos consejos importantes para evitar ser contagiado por el coronavirus y para cuidarme cuando estoy en casa.
  • He sabido organizarme bastante bien el tiempo y suelo seguir un horario
  • Hemos organizado muy bien los espacios de casa para poder convivir de la mejor manera posible.
  • Realizo tareas de casa que antes casi nunca hacía (redondeo aquí qué tareas ya sé hacer con cierta seguridad: hacer la cama, preparar el desayuno, poner la mesa y recogerla, fregar o poner el lavaplatos, poner la lavadora, tender, recoger la ropa, ordenar la ropa en el armario, ordenar mi cuarto…)
  • Podría hacer una lista de compra con los productos principales que necesitamos para sobrevivir en casa.
  • Manejo mucho mejor el correo electrónico. Sé poner bien la dirección del destinatario, el asunto, el mensaje y hasta sé mandar documentos y fotos.
  • Sé cómo se hace una videollamada por varios medios: Whattsapp, Skype, Meet, Zoom, (poner los que has utilizado)
  • He encontrado en internet canales de vídeos muy chulos para hacer ejercicio físico. Me ha gustado mucho… (poner el canal o canales que más ha usado)
  • He encontrado en internet páginas muy interesantes para repasar matemáticas, lengua y otras asignaturas. La que más me ha gustado ha sido…  
  • He hecho unos trabajos de plástica que me han quedado fenomenal: Dibujos, collages, manualidades, …
  • He podido leerme los siguientes libros: (poner libros leídos, títulos, …) Los que más me han gustado han sido…
  • He disfrutado con las siguientes películas de cine y/o series (poner 2)
  • Me he controlado bastante (o nada) con los videojuegos o videoconsolas.
  • He echado mucho de menos a mis abuelos y he aprendido todo lo que hacen por mí.
  • Sé decir qué oficios y personas han tenido que seguir trabajando (y mucho) mientras estábamos encerrados en casa.
  • He estado atento a las noticias que iban saliendo sobre el coronavirus porque veía con mis padres el telediario o me las iban comentando.
  • Puedo decir qué juegos de mesa son muy divertidos y cuáles son muy aburridos.
  • He echado mucho de menos a mis compañeros de clase porque me doy cuenta de que tengo entre ellos a mis mejores amigos y/o amigas
  • Te sabría decir cuáles son algunos de los síntomas que tenemos cuando tenemos el coronavirus.
  • Me he enterado de qué es una epidemia.
  • Incluso sé la diferencia que hay entre epidemia y pandemia.
  • Podría decirte qué sentimientos y emociones he tenido en diferentes momentos del encierro.
  • He escrito un diario dónde cuento muchas cosas que he hecho y que me han pasado estos días. Lo guardaré como un tesoro…
  • Me he dado cuenta de que hay muchas personas que lo han pasado muy mal porque no tenían vivienda, porque están viviendo solos, porque sus padres están sin recibir ningún ingreso, porque se han quedado en el paro, … Incluso te sabría decir personas y familias que conozco así en mi calle.

Y se podrían poner muchas más cosas que seguro que han tenido que vivir y aprender, aunque no se pusieran a hacer las tareas del cole.

¿Nos animamos a averiguarlo? ¿Las tenemos en cuenta y las ponemos en valor o van a dar igual y sólo van a ser objeto de algunas dinámicas cuando volvamos de vuelta al aula? ¿Nos servirán para reflexionar y poder acortar el divorcio escuela- vida del que tanto se ha hablado siempre? ¿Nos servirá para replantearnos qué escuela obligatoria es necesaria para hacer una alfabetización efectiva, que tenga en cuenta el “saber” no académico que muchos chicos “desescolarizados” tienen en abundancia sin reflejo en el currículo escolar? ¿Evaluamos aprendizajes valiosos para crecer como personas o sólo las “competencias” que se deciden que son valiosas para tener “valor” en la sociedad y en el “mercado de trabajo”?

Bueno. Aquí lo dejo por hoy. Perdonar estos desahogos. A lo peor sirven para recuperar algo de cordura y sentido común.

Autor: Manuel Araus

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